La cuenca del Amazonas es un ecosistema monumental, el río más caudaloso del mundo y sus tributarios forman la mayor cuenca del planeta, y mueven juntos más del 20% del agua dulce de todo el Planeta. La Amazonia, como conocemos a esta región de Sudamérica es un territorio que abarca 8 países, más de 7 millones de km², incluye la selva más conocida del mundo, y alimenta el sistema de humedales más grande del planeta, ubicado en Brasil Paraguay y Bolivia, y se considera que es el ecosistema con la mayor biodiversidad del globo, el Pantanal.

Pero la selva que bebe del Amazonas es la misma que termina alimentando nuevamente al río y sus afluentes. Los árboles de esta selva producen por sí solos casi la cuarta parte del oxígeno del planeta, y el subproducto de este proceso de respiración no es otra cosa que vapor de agua. Cada uno de estos gigantes “transpiran” a la atmósfera unos mil litros de agua por día. La selva del Amazonas en conjunto arroja a la atmósfera de la Tierra alrededor de 20,000 millones de toneladas de agua diariamente; para dar un poco de contexto necesitaríamos casi toda la producción mundial de electricidad para evaporar toda esta agua. Este proceso da lugar a un fenómeno hasta hace poco desconocido por la ciencia, la causa de que la Amazonia casi nunca se pueda ver desde el espacio: un río en el cielo, y no uno cualquiera, es el río más grande del mundo.

Desde la desembocadura del río, en el Atlántico al norte de Sudamérica todo el camino hacia el suroeste y la parte occidental de la cordillera de los Andes, este río de nubes transporta todos los días una cantidad mayor que todo el sistema del Amazonas junto. Eventualmente este sistema nuboso choca contra los picos más altos de la cordillera andina, donde los vientos fríos provocan lluvias torrenciales que regresan a alimentar el sistema fluvial del Amazonas nuevamente, y de paso nutren el suelo de la selva con el limo formado por los minerales que arrastra de las montañas. Parte de esta agua alimenta el Pantanal y contribuye a la fertilidad de las llanuras sudamericanas, pero sobre todo a la del suelo de la selva, en un círculo virtuoso que lleva más de 2 millones de años en funcionamiento.

Porque no es sólo el vapor de agua producido por la respiración de miles de millones de árboles en la Amazonia lo que ocasiona este sistema de lluvias. No todo el vapor de agua se convierte en gotas de lluvia, sin embargo; para que esto suceda las microgotas necesitan algo alrededor de lo cual juntarse para formar una gota como la conocemos. En ciertas épocas del año esto es gracias a la enorme cantidad de granos de arena rica en fósforo  que las tormentas del Sahara traen a través del Atlántico y depositan en la cuenca del Amazonas. Pero hoy sabemos que también los árboles les “dicen” a las nubes cuando llover. Además de vapor de agua, cuando las lluvias en la selva no han sido tan abundantes como debieran (y recordemos que en el Amazonas llueve casi a diario, al menos una vez) estudios demuestran que los árboles liberan ciertos compuestos orgánicos volátiles que resultan ser particularmente buenos formando gotas de lluvia, lo que a su vez asegura las precipitaciones, la lluvia es absorbida por las raíces de los árboles y el proceso da comienzo nuevamente.

Desgraciadamente no sabemos cuántos años más permitamos la existencia de este complejo sistema de ríos, un terrestre y uno aéreo; hasta el momento hemos destruido más de 900,000 hectáreas de selva amazónica, a un ritmo que más que disminuir aumenta y que inevitablemente tendrá repercusiones en el clima y en la biosfera de nuestro planeta, la capa que sostiene la vida de todos los seres vivos, animales, plantas y hongos; la capa de la atmósfera que le da su color característico al punto azul que de momento habitamos todos

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Ramón Martínez Leyva

Ingeniero

Un pálido punto azul

Es ingeniero en Sistemas Computacionales. Sus áreas de conocimiento son tecnologías, ciencia y medio ambiente.

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