Después de alcanzar un máximo histórico de 1,900 dólares por onza a principios de septiembre del 2011, el precio del oro sufrió un ajuste importante durante los últimos meses del año pasado, cerrando ligeramente por debajo de US1,600/oz. Esta caída de 17%, que en buena medida se debe a la apreciación del dólar en este periodo, se dio después de un rally prácticamente  ininterrumpido que lleva más de 10 años pero que se aceleró de manera considerable desde el 2010.

Para dar un poco de contexto, el precio del oro estuvo oscilando entre 250 y 400 dólares por onza durante más de una década, alcanzando un mínimo cercano a US250/oz. en 1999. A partir del 2000, el oro comenzó un proceso de apreciación consistente que se aceleró pronunciadamente a partir del 2005. Entre el 2000 y el 2005 el precio de la onza de oro pasó de 250 a 500 dólares aproximadamente. Entre el 2006 y el 2009 el precio se duplicó de nuevo, llegando a US1,000/oz. y del 2010 a mediados del 2011 el precio se volvió a duplicar, llegando casi a 2,000 dólares en septiembre del año pasado.

A pesar del pequeño respiro de los últimos meses del 2011, el oro ha tenido un comportamiento extraordinario, tanto en términos absolutos como en relación con otras clases de activos durante el mismo periodo.

El incremento en el valor del oro durante los últimos 10 años se puede explicar por una disminución paulatina en su oferta desde el 2001, pero sobre todo por un aumento muy significativo en su demanda. No obstante que el incremento en el precio del oro ha llevado a la explotación de nuevas minas, el impacto sobre la oferta es muy limitado en el corto plazo ya que normalmente pasan entre siete y 10 años entre el descubrimiento de un yacimiento y la etapa de producción en una mina.

La creciente demanda de oro viene de parte de inversionistas institucionales e inversionistas individuales, pero sobre todo de compras físicas por parte de bancos centrales, principalmente asiáticos, que vienen acumulando una gran cantidad de reservas internacionales.

La decisión de sustituir reservas denominadas en dólares, euros, yenes, libras esterlinas o francos suizos -que típicamente han funcionado como monedas de reserva- por oro, es una estrategia defensiva y una señal de pérdida de confianza en las monedas de esos países como monedas de reserva.

Esta estrategia defensiva es consecuencia de lo que está sucediendo con las finanzas públicas y las políticas monetarias de los países desarrollados cuyas monedas fungen como monedas de reserva.

En casi todos los casos, estos países han experimentado una explosión en los niveles de déficit público con su consecuente aumento en los niveles de endeudamiento para fondear dichos déficit. Asimismo, la mayoría de los bancos centrales del mundo desarrollado han llevado sus políticas monetarias al límite, reduciendo las tasas de interés a niveles cercanos a cero e inyectando grandes cantidades de liquidez a sus economías con el objetivo de reactivar el crecimiento económico y combatir la deflación.

La combinación de estos factores ha hecho que el oro deje de ser un simple commodity para convertirse de nuevo en moneda de reserva. De acuerdo con datos del FMI, la participación del dólar como principal moneda de reserva de los bancos centrales a nivel global ha disminuido de niveles cercanos a 75% del total de las reservas internacionales a 64 por ciento.

En el caso de los bancos centrales de mercados emergentes, donde se concentra la principal acumulación de reservas internacionales, la pérdida de participación del dólar es aún mayor.

Para la mayoría de los observadores, el reciente ajuste en el precio del oro representa sólo un pequeño respiro en una tendencia alcista bien soportada por fundamentos. El consenso de expectativas para el precio del oro para el cierre de este año se ubica ligeramente arriba de 2,000 dólares por onza, lo que representa un rendimiento potencial de casi 20% con respecto al precio actual. El rango alto de las expectativas de precio se encuentra ya cerca del máximo histórico ajustado por inflación alcanzado en 1980 que se sitúa aproximadamente en 2,300 dólares por onza.  

Esto contrasta de manera interesante con el resto de los commodities, que en su mayoría han tocado sus niveles máximos ajustados por inflación en los últimos años.

Todo parece indicar que la fiebre del oro está por reiniciar después de una pequeña pausa. Sin embargo, no hay que perder de vista el fuerte aumento en la volatilidad que ha sufrido el oro, provocado por una creciente participación de inversionistas individuales a través de ETFs que lo hace vulnerable a movimientos muy bruscos de corto plazo.