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Dos modelos alternativos de nación
Junto a los miles de mentiras que ha dicho el presidente López Obrador en sus monólogos de tres horas, a veces se pueden encontrar confesiones que rayan en la ingenuidad y la ignorancia. Lo mismo reconoce que sus hermanos han recibido dinero en efectivo en sobres amarillos, que presenta como su principal objetivo la destrucción de la Suprema Corte, el INE, el INAI y todo contrapeso que le impida actuar a capricho. Dentro de estos pequeños destellos de honestidad, dijo que en las elecciones de 2024 lo que estará en juego son dos modelos de país, antagónicos entre sí. Para todos fue claro que se refería a su “Cuarta Transformación”, por un lado, y a la democracia liberal, por el otro.
La democracia liberal tiene claros antecedentes en Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. El denominador común es que se entiende a las constituciones y las leyes como mecanismos para contener al poder del Estado y garantizar las libertades y derechos de los individuos frente al poder. El triunfo de los liberales en el siglo XIX y la democracia mexicana de 1997 a 2021 han sido momentos fuera de lo común en los que asumimos plenamente los valores de la democracia liberal. El resto de nuestra vida independiente ha consistido en una visión distorsionada de la democracia, y la Constitución y las leyes han servido más como instrumentos del poder que como garantías del ciudadano.
Es claro que el “proyecto” del presidente no tiene nada que ver con la democracia liberal; lo que es difícil de entender es en qué consiste realmente su “Cuarta Transformación”. A primera vista, se trata de un proyecto unipersonal de concentración del poder en el que todos los contrapesos deben ser eliminados. Como todos los populistas, ante la diversidad de opiniones de cualquier sociedad compleja, López Obrador simplifica el discurso a un aparente conflicto entre “nosotros” y “ellos”; siendo “nosotros” el pueblo, y “ellos”, las élites que no son pueblo. Los individuos y colectivos pueden pasar a ser “ellos” en el momento en que se opongan al caudillo, quien es el único capaz de interpretar la voluntad del pueblo. Así, los niños con cáncer, las feministas, los intelectuales, los académicos, los científicos, los periodistas, los médicos, los jueces, los consejeros del INE y del INAI, los ministros de la Suprema Corte y un largo etcétera han engrosado al grupo de “ellos”, quedando como pueblo solo aquellos que aún no han caído de la gracia del presidente. Hasta aquí, el modelo de la “Cuarta Transformación” consiste exclusivamente en concentrar y mantener el poder, pero ¿hay algo de fondo? ¿Hay un plan para el futuro?
En materia económica y de política social hemos visto que el presidente improvisa sobre la marcha, reaccionando a coyunturas políticas. Cuando la mala decisión de dejar de comprar gasolina causó desabasto, se inventó el supuesto combate al huachicol; en su afán centralista, creó el Insabi y destruyó el Seguro Popular, para después desaparecer al propio Insabi; convencido de una supuesta corrupción que nunca ha podido probar, desmanteló toda la cadena de suministro y distribución de medicamentos; para mantenerse en su macho, inundó el aeropuerto de Texcoco para construir uno completamente inservible. Quizá lo único que puede llegar a parecer una idea, es el desmantelamiento de la capacidad de gestión del gobierno para desviar recursos a programas asistencialistas y clientelares, con los que regalando dinero a nombre propio, como si fuera de él, López Obrador pretende mantener a su camarilla en el poder. Siendo generosos, podríamos pensar que la “Cuarta Transformación” es una regresión al Estado omnímodo que controla la economía, pero ni esa suposición se sostiene ante el desmantelamiento de la capacidad operativa del Estado. Parece que, en el fondo, la “Cuarta Transformación” no es otra cosa que la concentración de poder en un solo hombre, con el único objetivo de mantenerlo a toda costa, para evitar que los delitos cometidos sean investigados y sancionados. Más allá de esto, la “Cuarta Transformación” es nada.
@gsoriag

