Si algo me ha gustado desde muy jovencita son los libros o películas distópicas. Esa atracción malsana que nos producen a muchos los abismos es exactamente la sensación que me seduce de esas historias terroríficas de futuros cercanos absolutamente detestables.

De los primeros autores distópicos que me cautivaron está desde luego Aldous Huxley y por supuesto el multicitado (y casi choteado) George Orwell. Sus best sellers: Un mundo Feliz y 1984 arroparon perturbadoramente mi inocente niñez. La deshumanización, los malvados tiranos controladores y paranoicos, los paisajes desoladores con humanos idiotizados y subordinados me parecían tan espantosamente interesantes casi como cualquier película de madrastras de Disney.

Lo que nunca imaginé es que la vida me tenia reservada una gran sorpresa, ya que me daría la oportunidad de protagonizar y ser parte de una aventura totalmente antiutópica como se les llama también a estos desgarradores cuentos.

Sin saber cómo, el futuro me alcanzó y aquí estoy (y estamos muchos) después de casi año y medio de una pandemia espeluznante que ha dejado millones de muertes, enfermedad y pobreza en el mundo. El argumento es inmejorable, un enemigo invisible y con superpoderes ataca sin descanso a los habitantes de una sobrepoblada y violentada tierra, mientras muchos de los gobernantes están ebrios de poder (como diría mi abuelita) y les vale madres si sobrevivimos como especie o no. Pero, aún hay más…la situación económica es malísima, se han perdido cientos de miles de empleos, y hay cada vez más millones de pobres, pero a nadie tampoco le importa. 

Para darle más sabor al caldo, el crimen organizado se ha vuelto muy poderoso antes y durante la interminable pandemia y en este hipotético montaje a los delincuentes ya no se les combate, se les dan abrazos (bueno, bueno…recordemos que es una distopía).

La acción de esta peli es trepidante e interminable, tráfico y desaparición de vacunas (el virus no tiene cura, solo se previene) personas y personajes que han vuelto a los cubrebocas enemigos mortales de su poderío, millones de empresas quebradas, escasez de medicamentos, desgracias en el transporte colectivo, inundaciones y hasta una torre de control aéreo desquiciada. ¡De verdad es imposible aburrirse con este argumento!

Por si fuera poco, a pesar del aumento en el numero diario de contagios y del incremento pausado, pero constante del numero de muertes, no se toman las medidas posibles para al menos detener al enemigo invisible y proteger y alertar a la población. El desastre en esta distopía, como es evidente, es completo. 

En algunas de las decenas de films que he visto con este tipo de tramas aterradoras, existe por ahí, en medio de tanta tristeza, al final, como una pequeña esperanza para el planeta. O al menos queda la duda de si sería posible que esta locura se detuviera y pudiéramos volver a empezar de nuevo.

Hoy, al escribir este texto, con la noticia de casi 15 mil contagios en un día y 397 muertes más en mi país, me aferro desesperadamente a esa pequeña luz que en ocasiones puedo ver en el rostro de los que queremos salir de la oscuridad y luchar por un futuro democrático y mejor para todos. Mientras tanto aquí seguimos.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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