Cada que llegan las fiestas decembrinas, es inevitable encontrar publicaciones acerca de los kilos que se ganan durante las fiestas. Algunas de manera socarrona, otras en forma de “recomendación” para evitar ganar kilos, encierran de diferentes maneras, la forma en la que se concibe la alimentación contemporánea.

Cuando analizamos estos discursos, no nos estamos enfocando en su análisis desde la condición de obesidad de una persona. Lo hacemos, desde el análisis de la forma en la que abordan la alimentación y su consecuencia en los supuestos kilos de peso corporal que comporta no solo el alimentarse de manera diferente durante las fiestas, sino también el cambio de actividad. En realidad, muchos de ellos encierran una moral en la que los kilos ganados significarían un fracaso, mientras que el mantenimiento o incluso la pérdida de kilos son equivalentes a situaciones de éxito. Este tipo de dicotomía no hace sino provocar ansiedad en las personas que compran el discurso de los kilos que prevén aumentar en diciembre y que prevén disminuir en enero. Es como si el enfoque hacia el peso, está dado por recompensas y castigos, o por el disfrute que después acarreará consigo la penitencia y la consiguiente culpa.

Es común ver además recomendaciones de alimentos con los que se pueden sustituir las preparaciones de las fiestas. Es como si al final, estas recomendaciones encubrieran al final, el tema de que existen alimentos “buenos” que deberían de sustituir a los alimentos “malos” que en muchas ocasiones en el imaginario colectivo resultan ser los más codiciados en las fiestas. La realidad es que los hábitos de estilo de vida se construyen más allá de un período especial de fiestas.

Con la pandemia, nuestra relación con los alimentos fue puesta a prueba desde la cotidianeidad de lo que consumíamos, hasta las relaciones emocionales que nuestro estado mental establece con la comida. Quedó demostrado también que las circunstancias del entorno favorecen o desfavorecen ciertas elecciones y que las circunstancias sociales influyen indiscutiblemente en la manera de alimentarnos.

Ahora bien, estando en crisis sanitaria, las prioridades de vida cambian cuando lo que preocupa es no poder entrar en la misma talla de pantalón. Y no es que defendamos el hecho de tomar kilos como algo aconsejable cuando la persona se encuentra en una situación donde esto no conlleve un riesgo para su salud. Estamos hablando de la fluctuación en el peso corporal que cualquier persona experimenta a lo largo de su vida durante periodos especiales.

Los kilos que se toman durante dos semanas de diciembre no resultan trascendentales cuando la persona tiene un estilo de vida sustentable para mantener su salud. Son trascendentales cuando existe ya otro problema concomitante. Pero cuando algunas personas hablan de los kilos de peso corporal aumentados durante la navidad, en realidad lo hacen con una moralidad sobre el peso que habla de una relación problemática con la comida.

Más allá de cuestionarnos sobre los kilos de peso, en un año como este lo esencial radica en cuestionar cómo nuestros hábitos de vida, nos están poniendo o no en mayor riesgo de tener una enfermedad o una muerte prematura. En un año donde la salud física y mental de todos fue puesta a prueba, las prioridades se deberían de re considerar para contemplar que la salud se construye día a día con los hábitos que incorporamos.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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