En la carta que López Obrador dirigió a los inversionistas, señaló que el modelo económico que plantea es similar al que rigió durante el desarrollo estabilizador. La semana pasada analicé la parte de la estabilidad macroeconómica y en este artículo analizo la parte del desarrollo.

La Segunda Guerra Mundial y en menor grado la Guerra de Corea otorgaron al incipiente sector industrial mexicano cierto grado de protección que favoreció su crecimiento, pero no fue sino hasta finales de la década de los 50 y principios de la de los 60 que explícitamente se instrumentó en México una política de desarrollo económico basada en el impulso a este sector.

La política de industrialización se basó principalmente en tres instrumentos: la protección comercial, subsidios al capital (fiscales, financieros y al precio de insumos como agua y energía) y el control del precio de los alimentos para evitar presiones sobre los salarios urbanos. El resultado fue obviamente impulsar el crecimiento de este sector (en los 60, mientras el PIB total creció a 7% promedio anual, el PIB industrial lo hizo a 11.5 por ciento). Visto así, la política fue un éxito; sin embargo, se generaron significativas distorsiones con un costo muy elevado.

Primero, la protección comercial al sector manufacturero actuó, implícitamente, como un impuesto al sector agrícola (castigado adicionalmente por los controles de precios a los alimentos y la reforma agraria), el cual expulsó factores de la producción, principalmente mano de obra que migró a las ciudades. Sin embargo, dado que la expansión de la industria estaba limitada por el tamaño del mercado interno, dado el sesgo naturalmente antiexportador de la protección y que este sector, por los subsidios, era relativamente intensivo en capital, el influjo de mano de obra se empleó mayoritariamente en el sector servicios, principalmente el comercio, actividad de bajo valor agregado.

Segundo, dado que el mercado relevante para el manufacturero era el interno, existió el incentivo para que las empresas productoras de bienes de consumo, así como sus proveedores de insumos se situarán cerca de los principales centros poblacionales, lo que generó un patrón de desarrollo regional centrado en tres grandes metrópolis (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, imanes para la migración rural-urbana). Esto también indujo para que las vías de comunicación (principalmente carreteras) se construyeran con un diseño troncal centrado en estas tres ciudades.

Tercero, la tecnología de producción fue mayormente importada y obsoleta. La dependencia para allegarse tecnologías desarrolladas en el exterior se reflejó en la estructura de la matrícula universitaria: un fuerte desincentivo para estudiar disciplinas relacionadas con la ciencia y el desarrollo tecnológico.

Finalmente, la protección a las empresas manufactureras, al enfrentarse a un mercado interno cautivo, les permitió apropiarse de rentas a costa del bienestar de los consumidores, quienes enfrentaron precios de los bienes por arriba de los internacionales, así como una menor calidad y diversidad de los mismos.

¿Es a esto a lo que quiere regresar López Obrador, un modelo agotado e ineficiente y tirar por la borda lo que se ha avanzado en las últimas tres décadas?

Hoy tenemos un sector manufacturero dinámico, moderno tecnológicamente e integrado a los mercados internacionales (Mexico es uno de los principales países del mundo en exportaciones manufactureras), con un desarrollo regional que refleja esta integración y, además, se eliminó el sesgo en contra de la agricultura. Finalmente, el gran beneficiado ha sido el consumidor: menores precios, mayor diversidad y mayor calidad.

Que no se nos olvide: independientemente de nuestra fuente de ingresos, todos somos consumidores. Regresar al proteccionismo de los 60 es lo que menos nos conviene.

IsaacKatz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.