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Opinión

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Del olvido al no me acuerdo: memorias para un Bicentenario

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La Independencia no se logró en un grito. No fue el cura Hidalgo el que recibió los vítores del pueblo liberado, y tuvieron que pasar once años, después de los tañidos de la campana de Dolores, para que los insurgentes pasaran de “revoltosos malhechores” a “héroes que nos dieron patria”. Los almanaques históricos vuelven a ser protagónicos e indican que la Consumación de la Independencia tuvo fecha precisa el 27 de septiembre de 1821 –día de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México– y que, por eso, este año estaremos celebrando tal bicentenario como uno de los acontecimientos más importantes de nuestra vida civil. Pero antes de que se pregunte usted, lector querido, por qué no esperamos a estar más cerca de tal día para hablar de ello, debe saber que mucha de la culpa es por la dificultad de separar tamaño acontecimiento nacional de la equívoca figura de un sólo hombre: Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu.

Primer Emperador de México, héroe y villano, llamado “el héroe de Iguala”, por unos y traidor a la patria, por otros, Agustín de Iturbide tuvo el tiempo a favor y contra y las páginas del calendario patrio pegadas a las de la historia de su vida. Y es que nació el 27 de septiembre de 1783 y fue fusilado un día como hoy, el 19 de julio de 1824, por lo que se cumplirían 197 años de su muerte.

Proveniente de una “buena familia con sólida educación religiosa”, Agustín fue hijo del español José Joaquín de Iturbide y la michoacana María Josefa de Aramburu. Fue educado en el Colegio Seminario Conciliar de San Pedro, uno de los más ilustres de la Nueva España, pero muy pronto descubrió que “el confesionario, las letras y las ciencias” no eran para su talante y renunció a él. Su plan era dedicarse a la administración de las haciendas de su familia, más su gusto por las armas y su capacidad como jinete se le atravesaron. Empeñado en destacar y creyendo haber hallado su vocación, se instruyó de tal modo en el arte ecuestre que acabó recibiendo el sobrenombre de “Dragón de Hierro”, en alusión a los soldados del ejército de la virreina. Fue así como –con gran felicidad de su familia– decidió ingresar a la milicia. Desde su primer cargo, como alférez, demostró “buena disciplina y obediencia” y a lo largo de cada posición obtenida, cada vez más talento y capacidad.

Durante la guerra de la Independencia, Agustín de Iturbide luchó desde el lado realista combatiendo a los insurgentes. Participó en la Conspiración de la Profesa, fue comisionado para acabar con José María Morelos y comisionado por el virrey Apodaca para destruir a las fuerzas de Vicente Guerrero. Sin embargo, y en un inteligente giro, decidió negociar con el Caudillo del Sur: hizo la paz con Guerrero en Acatempan y proclamó el Plan de Iguala. En él incitaba a los americanos a “la concordia y a evitar la guerra civil” e iniciaba el largo y heroico peregrinaje al frente del Ejército de las Tres Garantías, que había unido a los soldados, antes enemigos, bajo una misma bandera y estaría destinado a consumar la Independencia de México.

Una vez terminada la fiesta y apaciguado el ejército, todo cambiaría. Iturbide decidió hacerse cargo y nombró una Junta Gubernativa con una Regencia cargo de su padre. Henchido de poder y cegado por el triunfo, en mayo de 1822, aceptó cuando el “sargento Pío Marcha y el pueblo” lo proclamaron emperador. Al día siguiente, el Congreso ratificó la proclama y se levantó un acta en la que Iturbide era nombrado Agustín I (primero). La República había muerto y nacía el Primer Imperio Mexicano. Se hizo una ceremonia de coronación en la catedral.

No duraría mucho. Durante su mandato como emperador, Iturbide se enfrentó a diversos grupos opositores y a una gran indignación popular. Finalmente, en febrero de 1823, Antonio López de Santa Anna y José Antonio de Echávarri, promovieron el Plan de Casa Mata, que buscaba la restitución del Congreso y desconocía al gobierno de Iturbide. Así se hizo: el 20 de marzo de 1823 Iturbide abdicó al trono de México y se embarcó para el exilio.

Se cuenta en Europa, Iturbide sufría persecuciones y constantemente trataba de cambiar de residencia. Incluso escribió al Congreso Mexicano sobre sus deseos de “prestar sus servicios al gobierno de México cuya independencia corría gran peligro” y así, mal enterado de una supuesta reconquista española, decidió volver al país, partiendo desde Londres el 4 de mayo de 1824. No sabía que el gobierno había formulado un decreto de proscripción que lo condenaba a muerte en cuanto pisara tierras mexicanas.

Iturbide desembarcó el 14 de julio en Soto la Marina y fue capturado casi inmediatamente. Algunos dicen que iba mal disfrazado y su peculiar manera de montar lo delató. Tras un juicio apresurado fue fusilado a las seis de la tarde del 19 de julio de 1824 en Padilla, Tamaulipas. La fecha, si acaso se celebra, no se conmemora hoy ni se guardará en la memoria para futuras fiestas. Este Bicentenario dejará en el olvido su cumpleaños.

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