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Del arte degenerado a la búsqueda de la paz: todavía hay mucho por hacer
Dedico este texto a todas las víctimas del desprecio y la discriminación.
El arte es una buena herramienta para interpretar la historia. Podemos entender las desigualdades de México gracias al legado de Rivera, Orozco y Siqueiros, de la misma forma que reconocemos el ascenso de Napoleón Bonaparte a través de las persuasivas pinceladas de Jacques-Louis David.
A diferencia de la mística medieval y la urgencia renacentista por conquistar el espacio, la creación plástica del Siglo XX se dedicó a analizar la decepción originada por dos grandes guerras. Fieles a su vocación de observadores, los artistas se dieron a la tarea de describir la capacidad destructiva de la modernidad. En este sentido, no hay mejor ejemplo que la abstracción de fines de los años cuarenta y su renuncia a plasmar la figura humana: ¿Para qué representar a los asesinos y cómplices de la muerte de millones de personas?
Siempre han existido entes más talentosos que otros. Para el que no lo sepa, Adolfo Hitler fue un pintor rechazado varias veces por la Academia de Bellas Artes de Viena. Quizá esto explique su urgencia por organizar la exposición “Arte Degenerado” (Entartete Kunst), insignia de su desprecio por el dibujo crítico de los expresionistas Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner y Erick Heckel y la denuncia a la corrupción de Beckmann y Grosz entre muchos otros talentos que trascendieron su época.
No contento con instrumentar el odio, la segregación y el homicidio sistemático de más de diez millones de personas por cuestiones raciales, políticas y religiosas, el Führer insistía en señalar a los artistas degenerados -no todos judíos-, como provocadores e instigadores del mal, convencido de que la erradicación del arte “de influencias judías y bolcheviques” rescataría la “pureza germana”.
El relato acaba mal: discriminados, suspendidos de la docencia y proscritos de la exhibición y la venta de su obra, los creadores se vieron obligados a migrar o a renunciar a su vocación, forzados a obedecer la perversa iniciativa hitleriana.
La vigencia de esta historia es tan desalentadora como la universalidad del odio. El Siglo XXI está manchado. Jamás hubiéramos imaginado algo parecido al asalto al Capitolio de los Estados Unidos, tampoco que una nación osara invadir a otra. Hoy, el mundo está plagado de desplazados, migrantes y refugiados que huyen de la pobreza, de los fenómenos naturales y la guerra, pero también de la intolerancia a la libertad de expresión y la defensa de las ideas ¿Cuántos periodistas mexicanos se han exiliado para salvarse de la muerte?
Los insultos y los dimes y diretes de los últimos días nos dejan un muy mal sabor. Se percibe una insatisfacción colectiva, pero también un silencio sepulcral. Pareciera que no hemos aprendido nada: en 1939 el odio atizó una inmensa hoguera en la calle de Köpenickerstrasse, cuyo fuego marcó el fin de más de 4000 obras de arte.
Lo doloroso es que la quema no sorprendió mucho, pues apenas unos meses antes, en noviembre de 1938, los ciudadanos alemanes presenciaban sin intervenir los linchamientos de las juventudes hitlerianas y otras fuerzas afiliadas al Nacionalsocialista en la llamada “noche de los cristales rotos”, un acto inédito de violencia en el que se destruyeron centenares de sinagogas y comercios judíos y se asesinaron a decenas de personas por el sólo hecho de haber nacido en el seno del pueblo hebreo.
En la oscuridad siempre hay una luz. En 1949, se celebraba en París el Primer Congreso por la Paz. Su cartel, diseñado por Pablo Picasso, plasmaba la inmortal “Paloma”, convertida desde entonces en el símbolo universal de la paz y la buena voluntad entre los pueblos.
La concordia no siempre resulta fácil, pero siempre es mejor.

