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Opinión

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¿De qué sirvió el 20 de marzo del 2003?

A las 4 de la mañana del miércoles 20 de marzo del 2003 recibí una llamada telefónica en mi habitación del Hotel Palestina en Bagdad. Era Carlo Mauricio Pérez de la Red de Corresponsales de Noticieros Televisa en la ciudad de México. Eduardo ya se cumplió el ultimátum impuesto por Bush, ¿qué está ocurriendo en Bagdad? Yo contesté que la ciudad estaba tranquila, pero que la gente se encontraba muy atemorizada. Colgamos y traté de dormir.

Una hora y media después, entró Jorge Pliego, mi compañero camarógrafo de Noticieros Televisa, abruptamente a la habitación gritando: ¡Las sirenas, las sirenas! . Era el primer canto de las sirenas que estremecía a toda la ciudad y que anunciaba el inicio de la invasión estadounidense a Irak. De inmediato me levanté y cogí el teléfono para hablar a México: ¡Bueno! ¡bueno! ¡Carlo, Carlo, ya empezó!

En Chapultepec se abrió canal inmediatamente y fue como el Canal 2 de Televisa dio a conocer el inicio de la primera guerra del siglo XXI.

¡Joaquín, es impresionante lo que estamos viviendo, se escuchan explosiones en todas partes, en el norte, en el sur, al oriente, de repente se ilumina todo el cielo, parece que se convierte de día! ¡Otra, otra, explosión! ¡Aaah, Joaquín, ésta estuvo fuerte! ¡Es la más fuerte que hemos escuchado, tú la escuchas allá, nosotros en vivo y en directo!

Mientras narraba el comienzo de la guerra, el intenso bombardeo se recrudecía en Bagdad. A pesar de que empezaba a amanecer, el cielo se iluminaba de rojo con cada impacto; decenas y decenas de bolas de fuego disparadas por las baterías antiaéreas iraquíes volaban sobre nuestras cabezas sin hacer blanco en ninguna parte y se perdían en el cielo.

En cambio, los misiles de la coalición angloestadounidense dirigidos a edificios gubernamentales ubicados al otro lado del Tigris, a 500 metros de nuestra posición, hacían blanco perfecto. Cada impacto cimbraba los cimientos del Hotel Palestina. En el balcón, la onda expansiva erizaba el pelo y estremecían la valenciana del pantalón y las mangas de la camisa; el estómago se nos pegaba a la espalda. Era el infierno, en la tierra misma que vio nacer la civilización. Ese 20 de marzo fueron 12 series de bombardeos en una hora y media.

Recuerdo que el silencio entre bomba y bomba era angustiante y además se hacía eterno. La angustia nos invadía porque era imposible saber en dónde caería el siguiente misil. Sin duda, el peor amanecer de los que queríamos estar allá y el más horrible amanecer de los 24 millones de iraquíes que no escogieron vivir los horrores de una guerra.

Siete años después, al sentarme frente a la computadora para escribir esta colaboración especial para El Economista, aún resuenan en mí las explosiones de las bombas, aún permanece latente el dolor por los compañeros muertos, la memoria fresca de las caras de los niños del hospital mutilados por los ataques de la aviación estadounidense.

Decían que esta guerra sería corta, decían que: George Bush y sus aliados Tony Blair, de Gran Bretaña, y José María Aznar, de España, al aniquilar al gobierno de Saddam Hussein, Irak y el mundo estarían a salvo de un régimen que utilizaría sus armas de destrucción masiva para imponer sus condiciones.

Hoy, siete años después, el mundo entero sabe que se trató de un engaño. Saddam no poseía armas nucleares ni tampoco de destrucción masiva. Hoy, siete años después, Irak está destruido, 600,000 iraquíes han muerto desde entonces, mas de 1 millón han tenido que huir de sus lugares de origen y seguramente pasará mucho tiempo para que la cuna de la civilización vuelva a encontrar la paz en esa tierra descrita por la Biblia como el paraíso.

Hoy Saddam Hussein está muerto, George Bush ya no es Presidente de la nación más poderosa del mundo e Irak, un crisol de razas, religiones y culturas está inmerso en una guerra civil. ¿De qué sirvió el 20 de marzo del 2003? El tiempo lo dirá.

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