La OCDE ha reconocido que el PIB no es un indicador unívoco del bienestar y progreso de los habitantes de un país, por lo que ya desde hace varios años ha promovido la investigación para la construcción de mediciones con indicadores objetivos y subjetivos del bienestar. En este sentido, se ha demostrado que la alimentación juega un papel preponderante en esta valoración.

Básicamente, el asociar no sólo lo que comemos, sino cómo y con quién lo comemos, con el placer es una noción tan vieja como las grandes civilizaciones antiguas. Para los antiguos griegos, el placer derivado de comer era equiparable al placer obtenido por la actividad sexual. Ambos placeres eran atribuidos a un apetito natural de la persona que debía ser capaz de autorregularse para dar muestra de su grado de civilización.

Existen alimentos que se han asociado con la producción de endorfinas, que son básicamente las sustancias químicas cerebrales que nos ponen felices, como el chocolate. El poder de un alimento para determinar el estado de ánimo puede estar también asociado no sólo a las sustancias que tiene per se, sino a los efectos derivados del contexto en el que es consumido; por ejemplo, un buen pozole para alguna celebración familiar, una copa de vino tinto para romancear o una botana para ver un partido de futbol. Estas situaciones son subjetivamente catalogadas como instigadoras de felicidad y placer.

En un estudio en mujeres acerca de los motivos principales de su elección de un alimento, en el que por sus características generales fueron clasificadas en grupos como promotoras de la salud, gourmet, consumidoras con ideología y aquellas que seguían una dieta más o menos rigurosa, se observó que por sus características psicológicas, las que obtuvieron más bajas puntuaciones en indicadores de bienestar general fueron las que seguían alguna dieta más o menos rigurosa.

Aún más, se ha demostrado que los efectos de las compañías con las que comemos pueden reflejar actitudes positivas o negativas hacia distintos aspectos de la vida. En un estudio publicado este año realizado en la Universidad de Cornell, en diferentes grupos de bomberos, se estableció que aquellos que comían juntos tenían un mayor compromiso en actividades de equipo, por realizar una actividad tan banal y mundana como comer juntos.

Las diferentes investigaciones sobre los efectos benéficos del placer alimentario en la salud y el bienestar de las personas han hecho que por ejemplo, en algunas políticas públicas de alimentación, se consideren otros factores más allá del típico conteo de porciones y grupos alimenticios.

Así tenemos, por ejemplo, que mientras en Estados Unidos la política promovida por la primera dama llamada My Plate se centra básicamente en la distribución de grupos alimenticios por plato de comida, en la contraparte francesa, del PNNS (Programa Nacional de Nutrición y Salud), se adjudica la importancia de realizar comidas en compañía agradable, tomarse el tiempo de consumirlas y pasar un tiempo de convivencia alrededor de la mesa, para fomentar la salud.

Por nuestra parte, tenemos nuestro propio Plato del Bien Comer, versión más parecida a la de los vecinos del norte, en la que las dimensiones de placer son claramente omitidas. Habría que preguntarnos si el diseño de nuestros propios instrumentos de educación nutrimental son diseñados basándose en evidencia científica, no sólo acerca de los meros efectos de los alimentos, sino en las tendencias en investigación y las evidencias que claramente se producen día con día, que atribuyen claramente la importancia del contexto social y del placer para la preservación del bienestar.

@Lillie_ML