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De Joseph Conrad a Jorge Negrete. Travesía literaria-musical
Efemérides para abrir el mes que cierra el año.

En diciembre no hay valiente que no tiemble. Será de frío o de espanto o de pura anticipación, pero lo cierto es que ha llegado el mes más viejo y apenas 29 días quedan para agotar el calendario. Enfocados y bien dispuestos a embarcarnos en esta última travesía vale mucho, lector querido, abordar esta última semana —la primera de diciembre— con asuntos alegres y dispares, antes de que nos aparezca la Virgen y lleguen las Navidades. Hay tiempo todavía y por más que los proverbios digan que en diciembre la tierra se duerme, también aseguran que si en diciembre tiritando, buen enero y mejor año.
Comencemos hoy pues, por el principio.
La tinta del corazón de los mares
Joseph Conrad , escritor británico de origen polaco, nació el tercer día de diciembre de 1857 en Berdyczów. Primero fue marinero y luego escritor; antes de hablar inglés podía describir mejor en ucraniano todo lo oscuro que lo luminoso y antes de ser feliz era sarcástico. Su nombre de nacimiento fue Jozef Teodro Konrad Korzeniowski y su opera prima la novela La locura de Almayer. Probablemente su obra más conocida sea El corazón de las tinieblas, probablemente porque la película Apocalypse now de Francis Ford Coppola está basada en ella, ganó la Palma de Oro en Cannes y estampó para siempre a Marlon Brando, Martin Sheen y Robert Duvall en la lista de nuestros actores más temidos y favoritos.
Sin embargo, lo más significativo de la vida y obra de Conrad fue su pasión por el mar, porque a la manera del aire y los aviones con Saint Exupery, la verdadera dimensión del mundo se la otorgaron las aguas y los barcos. Muy joven se enroló como marinero mercante, falló al querer suicidarse a bordo de un inútil balazo en el pecho y, mientras planeaba libros como La línea de sombra, Nostromo y La flecha de oro, decidió no bajarse de su barco hasta llegar y volver de Australia. Navegando y escribiendo fue por el hundimiento del Titanic, cuando Conrad entró en verdadera depresión y una destemplada furia. Después de analizar el asunto, escribió un texto muy fuerte criticando la estructura, los materiales, el dispendio, la estupidez de los ingenieros y la ignorancia de los marinos. Amargo y con un tinte de ficción que no era más que genial sarcasmo, escribió así:
“En atención a intereses comerciales e industriales tendremos una nueva clase de Náutica, muy “progresista” y muy nueva. Si descubre algo de frente a su proa, por todos los medios ¡no trate de eludirlo!, ¡arramble con ello a toda máquina! (...) Contemplemos el aula del futuro imaginando la prueba final. Se aproxima el canoso examinador a un joven de aspecto modesto: “¿Está usted al corriente en lo que hace la Náutica Moderna?”. “Espero que sí, señor”. “Hum, veamos: se encuentra usted de noche en el puente de un buque de 150,000 toneladas, provisto de circuito para carreras motociclistas, sala para conciertos de órgano, con pasaje completo, con una tripulación de 1,5000 camareros, tres marinos y un grumete con tres botes plegables —conforme a las disposiciones del Consejo de Comercio— y navegando a tres cuartos de su velocidad de, digamos, unos cuarenta nudos. De pronto descubre por la proa y ya muy cerca algo que parece un gran témpano. ¿Qué haría?” “Poner timón a la vía, señor”. “Muy bien, ¿por qué?” “Para colisionar de frente”. “¿Y en qué se basa para desear semejante colisión?” “En que nuestros constructores nos enseñan que a mayor impacto, menor daño y porque las exigencias del material han de ser satisfechas”.
El texto provocó un escándalo. Conrad fue duramente criticado y conminado a retractarse, pero como respuesta, escribió otro texto: “Algunos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic”, donde desmontó uno por uno, todos los argumentos que la naviera había dado en su momento para justificar lo injustificable. Terminó con una frase, casi un consejo, que se volvería célebre. “Enfrentarse, siempre enfrentarse, es el modo de resolver cualquier problema”.
Que digan que está dormido
Un año antes de morir, Jorge Negrete hizo las dos cosas más legendarias, memorables y míticas de su vida: filmó Dos tipos de cuidado con Pedro Infante y se casó con María Félix, la bella diosa arrodillada.
Como todo buen ídolo que se convierte en ícono y después en leyenda, Negrete tuvo una muerte prematura, dolorosa y romántica y una historia que, de tan real, es difícil separar del artificio y tan imaginaria que parece verdadera.
Fallecido el 5 de diciembre de 1953, el también llamado Charro Cantor tuvo ilustres antepasados, aún más dignos que una película de Ismael Rodríguez, históricos y heroicos. Se sabe de cierto que las ramas más antiguas de su árbol genealógico se remontan a una estirpe de moros blancos que residían en Andalucía y que pelearon, al servicio de la Corona española, contra los ejércitos de Francisco I. Dicen que la indómita bravura de aquellos guerreros motivó que el mismo Carlos V los llamara “negretes” para distinguirlos de los demás, y que, de ahí parte el apellido ilustre del primer antepasado conocido de nuestra estrella del cine de oro nacional.
Por si lo anterior careciera de prosapia, por su lado materno, Negrete era descendiente directo del general Pedro María Anaya, célebre por haber sido el autor de aquella frase que todos quisiéramos contestar cuando nos preguntan sobre nuestro matrimonio, nuestro trabajo, nuestro mejor amigo, nuestro affaire o nuestra casa: “Si tuviéramos parque no estaría usted aquí”.
La leyenda de Jorge Negrete —como de película mexicana— empezó también a tejerse desde sus primeros pasos: cuentan que su temperamento de verdadero charro se demostró desde los tres años cuando un día su madre, antes de viajar en un carruaje que cruzaría el campo de los invasores, le pidió que no dijera que su padre era coronel. Luego le preguntó al niño, para cerciorarse que su recomendación había sido entendida: “¿y qué vas a decir si nos detienen?” “¡Que mi papá es general de División!” , contestó, Jorgito con el pecho henchido de orgullo.
Además de su fama por haber estudiado bel canto, su matrimonio con Gloria Marín, su agraciado físico —alto, guapo y elegante— dicen los que lo conocieron que tenía un temperamento rabioso, no soportaba la debilidad de su hermano mayor, azuzaba a sus hermanas a “rezongarle” a su madre y que fue, a golpes de mandolina (instrumento que tocaba su padre), y cantando las canciones que su abuela Jovita le enseñaba que adquirió su disciplina para música.
Dicen que un día Jorge Negrete le pidió a su madre que lo inscribiera en la academia militar porque temía “volverse malo”. Lejos estaba de imaginarse que escalaría las doradas cumbres del cine nacional convirtiéndose en objeto de envidias y deseos y que uno de sus más notables personajes se llamaría Jorge Bueno. Tampoco supo que sería clave en la educación sentimental de la nación y que un día, los apegos, los valores y el espíritu de todos los mexicanos se iba a dividir en dos: los que adoran a Pedro Infante o los que prefieren a Jorge Negrete.
Tal división en la semejanza todavía permanece y la nostalgia es una y para ambos: que digan que están dormidos y que los traigan aquí. (Aunque sea de regalito de diciembre).