Le decían el Cocodrilo, pero su nombre completo y verdadero fue Efrén Huerta Romo. ( lo de “Efraín” fue un cambio de nombre sugerido por sus amigos poetas, “por ser más armónico y más digno de un escritor”). Nacido en Silao, Guanajuato, el 18 de junio pero de 1914; murió en la Ciudad de México en 1982.

Hoy que ya es lunes hablar del ayer 30 de mayo, parece inútil. Todavía no acaba mayo pero el tiempo se nos terció hace tiempo. Estamos a la mitad del año aunque apenas sea mañana cuando se cumpla el plazo. Las cuentas no son claras y los asuntos muchos. Muy tarde abrimos el Diccionario de los políticos de Juan Rico y Amat para encontrarnos que bajo el rubro “Elecciones” dice: “el prólogo de una comedia; como tal no se respetan en él las reglas de acción, tiempo y lugar. Es la elección una batalla campal donde se vence, no por el número de los soldados sino por la estrategia de los generales.(...) Desde que se preparan hasta que se terminan, la intriga y el movimiento están a la orden del día. (...) es también el sepulcro de las ilusiones de unos y la cuna de las esperanzas de otros: ¡qué de proyectos han autorizado las elecciones! ¡Qué de desengaños han producido!”. Si seguimos hojeándolo resulta que critica las estructuras que llevan al engaño lo mismo a liberales que a conservadores, igual a los de derecha que a los de izquierda. A los políticos los califica de demagogos, retóricos, especialistas en el autoelogio y el drama teatral”. Y al llegar a la intención verdadera de su texto escribe: “¿No causan indignación y asco al mismo tiempo los viles medios de que se han valido hasta hoy los partidos políticos para falsear a cada instante las principales bases del gobierno representativo?”  Y quizá la tristeza nos invada cuando averigüemos que “elector” está definido como “una masa suave y blanda que se presta a toda clase de formas” y cuyo nombre es “un sarcasmo sangriento” porque es tan cándido y bonachón “que no se da cuenta que hace todo menos elegir”. Valga esta libresca referencia de gozo o lamentación y quizá también para convencernos que si de elecciones se trata, es mejor la poesía que la política.

Es por ello, lector querido, que si de elegir se trata, nada como celebrar por anticipado a uno de nuestros más queridos poetas de junio.

Le decían el Cocodrilo, pero su nombre completo y verdadero fue Efrén Huerta Romo. (Lo de “Efraín” fue un cambio de nombre sugerido por sus amigos poetas, “por ser más armónico y más digno de un escritor”). Nacido en Silao, Guanajuato,  el 18 de junio pero de 1914; murió en la Ciudad de México en 1982. Su lista de premios, datos, publicaciones y textos, es larga e impresionante pero dice poco de su obra y no nos comparte que leer a Efraín Huerta es develar una página gloriosa e inaudita la poesía mexicana, ni que fue un poeta de colores e imágenes indescriptibles. “Creo que cada poema es un mundo”, escribió alguna vez. “Un mundo y aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los huecos, los desapasionados, los líricamente desmadrados”.

Poeta imprescindible

De Efraín Huerta se cuenta que luego de  trajinar, entre Silao, Irapuato, León y Querétaro  llegó a los 16 años a la capital mexicana y se estableció en una casa se encontraba en el número 39 de la calle Paraguay. Primero quiso estudiar dibujo en San Carlos pero hubo de cursar el primer año del bachillerato en Filosofía y Letras, en la famosa “Perrera” de San Pedro y San Pablo, para después  irse a estudiar a San Ildefonso. Allí su destino se torcería para después enderezarse. Se puso a escribir y conoció a personajes como Octavio Paz, Enrique Ramírez y Ramírez y Rafael López. Este último, en un texto  titulado “Sí, Efraín, me acuerdo...”  aparecido en La Cultura en México en 1974, contó la siguiente historia sobre el poeta:

“Efraín, Enrique y yo fuimos a pie desde la calle de San Ildefonso hasta el departamento donde vivía el primero con su familia. En un pequeño cuarto con vista a los árboles, tenía Huerta sus libros y una mesa con papeles escritos con esa esbelta letra suya. Allí estaba, inédito, “Absoluto amor”, poemas de los veinte años, pero de expresión segura y relámpagos originales, a veces oscuros, a veces amarillos. Enrique y yo los leímos, cada uno en silencio; Efraín fumaba interrogante. Ramírez y yo nos vimos a los ojos y, casi al mismo tiempo, dijimos uno y otro: debes publicar este libro inmediatamente. Efraín sonrió entre dudoso y entusiasta. Insistimos. A poco, el libro salía de la imprenta y el nombre de Efraín Huerta empezó a ser conocido”.

Calificado como un poeta suave, vehemente, colérico y surrealista, pero también como un creador inmerso en una "estética de la impureza" , contrapuesta a su "poesía pura", Efraín Huerta demostró, en libros como Absoluto amor, Línea del alba, La rosa primitiva, Los hombres del alba y Estampida de poemínimos, que su obra es imprescindible para el espíritu de cualquier lector .

No obstante, si de elegir se trata - y para cerrar hoy- comparto su poemínimo titulado “Salvajez”:

Todos/ Los lunes/ Descubro/ Que llegué/ Muy tarde/ A mi / Fin/ De/ Semana.