Uno de los costos más importantes del desempleo juvenil no tiene una traducción económica fácil: las rasgaduras en el tejido social.

México tiene una tasa de 12.3% de desempleo juvenil. Esto es una cuarta parte de 50% que registra España y Grecia. Un tercio de la cifra que corresponde a Italia. Casi la mitad de 25% de Francia. En el mundo, somos de los menos peores, podríamos decir. Eso es cierto, siempre y cuando no nos comparemos con Corea y Singapur, que tienen menos de 4%, ni con Alemania, Holanda y Austria, que están debajo de 8 por ciento.

Ser de los menos peores no basta porque se trata de un tema crucial. Una tasa de 12.3% en desempleo juvenil quiere decir que 1.6 millones de mexicanos que tienen entre 16 y 29 años no tiene un lugar en el mercado laboral. Tenemos más de 1 millón de dramas individuales.

Desde otro punto de vista, tenemos un gran drama nacional: estamos desaprovechando el bono demográfico.

En el desempleo juvenil se encuentran los grandes retos de la política social y la estrategia económica de largo plazo. El desempleo juvenil está asociado a problemas de salud mental como depresión, vulnerabilidad ante enfermedades físicas y mayor riesgo de caer en manos de la delincuencia.

Un país que no tiene oportunidades para sus jóvenes está desperdiciando uno de sus activos más valiosos. Los jóvenes construirán con su trabajo e ideas nuestros puentes con el futuro.

Vamos dejando las metáforas en paz por un momento. Cada sociedad paga un precio por tener a su juventud en una situación no productiva. Este precio puede ser calculado.

De hecho, la Fundación Europea para el Mejoramiento de las Condiciones de Vida y Trabajo ha concluido recientemente la primera medición de ese tipo en una muestra de 21 países.

La cifra oscila entre 0.7% del PIB para Alemania, que tiene amplios esquemas de amortiguamiento del paro y bajo desempleo, hasta 2.6% del producto nacional para Bélgica. En este caso, se trata de una nación que tiene 20.3% de desempleo juvenil, y además ofrece grandes apoyos a los que no tienen empleo.

El porcentaje del PIB puede parecer bajo a primera vista. El estudio se enfoca principalmente en los costos que pueden ser medidos a través de algún tipo de transferencia económica: inversión gubernamental en entrenamiento profesional, gasto público en salud o seguridad.

A esto añade cuánto ganarían en el mercado laboral los jóvenes desempleados. No son cifras importantes, tratándose de personas que, en su mayoría, habrían perdido su primer o segundo empleo.

Uno de los costos más importantes del desempleo juvenil no tiene una traducción económica fácil: las rasgaduras en el tejido social. Tampoco es fácil medir el valor de la desesperanza. No pienso en ésta como algo poético e inasible. Sino en algo que se materializa en problemas sociales de difícil solución como la delincuencia, el vandalismo, drogadicción o algunas formas de enfermedad mental.

México tuvo en el 2011 una amplia discusión en torno del desempleo juvenil y el caso de los ninis. La mezcla de urgencia y entusiasmo llevó a definir presupuestos antes de tener claro el diagnóstico. No sabemos cuántos ninis hay ni se ha tipificado con claridad su problemática.

Eso no impidió asignar miles de millones para ampliar la capacidad de atención de los bachilleratos y cientos de millones para subsidiar el primer empleo. ¿Es eso lo que necesitaban los ninis o el país? Podríamos empezar otra vez y hacer un diagnóstico en serio de la situación.

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