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Opinión

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Cuando se mueve el piso

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El 19 de septiembre ha quedado marcado en el calendario como fecha fatídica de dos de los sismos más devastadores en la Ciudad de México

Bitácoras perdidas de los antiguos memoriosos registran que uno de los primeros movimientos de tierra que estremecieron nuestro suelo ocurrió en 1475 –año 9 caña– durante el reinado de Axayácatl. Afirman que, en una sola jornada, intensos terremotos dejaron en ruinas todas las casas y edificios del Valle del Anáhuac. Hubo grietas y deslaves. Terror en la población. Silencio de los dioses.

El segundo, que provocó un pánico de igual intensidad, sacudió a la capital de la Nueva España el 21 de abril de 1776 a las cuatro en punto de la tarde. Colapsó la cárcel de la Acordada, sufrieron irreparables daños la Casa de Moneda, la Catedral, el Palacio Real, el Palacio del Arzobispo y los jardines privados del virrey. Los geólogos reportaron una duración de 4 minutos. Frailes y religiosas dijeron que la tierra se había movido más tiempo: quince padrenuestros y casi veinte avemarías. Porque en la Colonia los temblores eran cosa del demonio y se medían mejor con oraciones.

Revoluciones, caudillos, dos emperadores, liberales y conservadores fueron y vinieron y la tierra se siguió agitando. Y por más que de pronto un sismo pudiera parecer providencial –como el del 7 de junio de 1911, ocurrido el mismo día en que Francisco I. Madero entraba triunfalmente a la Ciudad de México– los temblores de tierra no podían adivinarse y se sucedían sin ritmo, cambiando la escenografía de pueblos y ciudades, destruyéndolo todo una y otra vez, insistiendo en la feroz demostración de que, ante la furia de la naturaleza, los hombres no somos nada.

Muchos más, y todos espectaculares, hicieron temblar la tierra y los espíritus. De tan impresionante manera que, cuando los capitalinos creían que ya lo habían visto todo, atestiguaron cómo nuestra Victoria Alada se había transformado en un ángel caído. Fue el 28 de julio de 1957, cuando un sismo, con epicentro en Acapulco, de 7.7 grados Richter, despertó a toda la Ciudad de México. La imagen de nuestra Independencia, bellísima fémina de nueve toneladas de peso cayó desde la eminente plataforma que ocupaba, desde una altura de cuarenta y ocho metros, y se hizo pedazos. Eran las 2:45 de la madrugada y los habitantes de la capital despertaron estupefactos al ver la cabeza dorada tirada en el piso. Y se sabe que el sonido fue tan fuerte y el pánico tan grande que muchos salieron de sus casas en paños menores y ropa de dormir y se quedaron así hasta que el Sol estuvo bien alto. Los trabajos de reparación tardaron casi un año y no fue sino hasta el 16 de septiembre de 1958 cuando la cabeza de Nicté volvió a su lugar y se reinauguró el monumento del Ángel de la Independencia.

Por algunos años, los capitalinos –todavía no chilangos– refirieron sentirse casi arrullados por los vaivenes de la tierra, como viajeros paseando en alta mar. Pero de pronto, llegó el 19 de septiembre de 1985.

Fue un brusco movimiento, porque no fue el ruido lo que provocó el primer susto. Después sí: golpes contra las paredes, el sonido estrepitoso de árboles y edificios que se derrumbaban, un escándalo continuo de mil cristales rotos. Ocho puntos en la escala de Richter a las 7:19 de la mañana. La hora precisa del primer día del resto de muchas de vidas que iban a quedar destrozadas sin remedio.

Nada nos prepararía –ni recuerdos, archivos, techos todavía rotos– para que 32 años después volviera a llegar el horror en fecha idéntica. (Sí, justo un día como hoy, lector querido).

El sismo, de 7.1 en la escala Richter, ocurrió el 19 de septiembre de 2017 a las 13:14 horas.  Su epicentro, entre los estados de Puebla y Morelos. Una duración de más de 90 segundos, que otros corrigieron a 2 minutos, pero que se sintió tan larga como la eternidad misma.

Otra vez hubo destrozos a todo lo largo y ancho. Para nada funcionó, leer que aparte de la fecha, no existía mayor relación entre los dos temblores, porque el de 85 fue a una profundidad de 15 km, mientras que el de 2017 tuvo su epicentro bajo la superficie del país, “donde el proceso de subducción ejecuta un tipo diferente de esfuerzos extensivos entre las placas de Cocos y la Norteamericana y a este tipo de movimiento se le conoce como sismo interplaca”.

“Nadie se salva solo”, leí después. Y el eco de tales palabras, funcionó como condena y desconsuelo. No me acordé quién es el autor de la frase: “No se puede ganar una guerra como tampoco se puede ganar un terremoto”. Pero coincido con Juan Villoro: “los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”. Pero ni aquella vez, ninguna de aquellas tantas veces, nuestro sismógrafo está esperando otra catástrofe. (Tampoco que los libros o la palabra escrita, que asegurábamos siempre nos consolarían, añadan profundidad a la desdicha.)

Pero lo que hay es lo que está y nada más eso: hoy, 19 de septiembre, hay simulacro al mediodía.

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