La mayoría de los indicadores de la actividad económica ha seguido mostrando un deterioro que apunta a un serio escenario de estancamiento económico, por ejemplo, el desempeño negativo de la inversión, la producción industrial, la producción, venta y exportación del sector automotriz, el consumo y la recaudación del IVA y del ISR. Por más que la Secretaría de Hacienda diga que la disminución del IVA se debe al pago de devoluciones, el hecho es que, con el consumo retrayéndose fuertemente, inevitablemente la recaudación tributaria es menor.

Los últimos resultados disponibles de las tres principales encuestas de expectativas (la de los analistas consultados por el Banxico, Banamex y el IMEF) indican un magro crecimiento del PIB en el 2019 de 0.4 por ciento. El consenso es que para el 2020 el crecimiento pueda estar entre 1.2 y 1.5%, tasa muy alejada del pronóstico del gobierno de 2 por ciento.

Esta insuficiencia en el crecimiento ha llevado a una discusión sobre si el país se encuentra próximo a una fase de recesión. Al respecto, son pertinentes algunas consideraciones. Hay que distinguir entre tres términos referidos al PIB: (i) una desaceleración indica que su ritmo de expansión está disminuyendo y se aplica a una tendencia a lo largo del tiempo; (ii) un estancamiento se refiere a que el crecimiento muestra un comportamiento bajo y que tiende a permanecer en ese nivel sin visos de repuntar o reactivarse, y (iii) una recesión, que es una contracción generalizada transversal de la actividad económica que se traduce en caídas del PIB.

La definición clásica de una recesión la dio ya hace casi 100 años, el Buró Nacional de Investigación Económica (NBER) en EU. La define como una contracción generalizada en la actividad económica, que se extiende a los mercados laborales y cuya duración sea de por lo menos seis meses. Una “regla de dedo” derivada de la definición es identificar una recesión cuando en dos trimestres consecutivos la tasa del PIB sea negativa. Pero ese convencionalismo tiene el inconveniente de que no necesariamente es indicativo de una “contracción generalizada”. Es por ello que para identificar una recesión se deben utilizar tanto factores cuantitativos como cualitativos, es decir, elementos de juicio.

En Estados Unidos, para tener un criterio de cuando comienza y termina una recesión, el NBER estableció un comité específico para fijar esas fechas. Dicho comité tiene carácter independiente al estar conformado por cinco académicos y tiene reconocimiento oficial. Existen comités similares en otros países. Recientemente, el Inegi convocó a un grupo técnico para recomendar las bases, reglas y criterios para integrar un “comité de fechado de ciclos económicos” para nuestro país. Se espera su inicio formal en el 2020. Este comité será de mucha utilidad para uniformar el criterio y eliminar ambigüedades sobre cuándo decretar que la economía ha entrado en un ciclo recesivo.