Este 15 de marzo, se conmemora el Día Mundial de los Derechos del Consumidor, declarado por la ONU en 1983, a partir de las necesidades de proteger los derechos de los consumidores.

Es un lugar común afirmar que actualmente vivimos en una sociedad de consumo. Pero desde que nacemos hasta que morimos, nos convertimos automáticamente en consumidores no sólo de bienes y servicios, sino también de ideas, de cultura, de símbolos. En este sentido, nuestras identidades están sumamente moldeadas a partir de lo que consumimos.

Hoy una misma persona es mamá, papá, profesionista, miembro de un club o de una asociación, corredor, comensal, aficionado de la música, consumidor, ciudadano... Todos estos elementos van forjando nuestra identidad, que es un vaivén entre lo que nosotros construimos de nosotros mismos y las influencias sociales y culturales del contexto en el que vivimos. Pero lo que sucede en la realidad es que no podemos disociar hoy en día el consumo de nuestra identidad con otros aspectos igual de importantes.

Por ejemplo, en lo que se refiere a la alimentación, consumir o no consumir carne o comer exclusivamente alimentos producidos localmente denota entonces una posición política. El consumidor no es sólo eso, sino que, en tanto que está eligiendo comer sólo lo local por cuestiones de convicciones políticas, es comensal y  ciudadano. El rol y la identidad de padres están en muchas ocasiones dados por los consumos que se hacen para los hijos: si se compra sólo alimentos orgánicos, si no se consume alimentos industrializados, o si por el contrario, el consumo de alimentos listos para comer es parte de su cotidianeidad. De esta forma, la identidad no sólo viene dada por el producto que se consume, sino por las implicaciones sociales que esto tiene sobre la percepción de esa maternidad o paternidad “responsable”.

El típico ejemplo del consumo por aspiraciones es aquel en el que se busca pertenecer a cierto nivel socioeconómico, por tanto, lo que comemos, lo que vestimos, lo que oímos, lo que hacemos en los tiempos libres, todas, aunque sean actividades, implican un consumo. Pero hoy no sólo existe esta parte de aspiración socioeconómica, hay otras identidades que se delimitan a partir de nuestros consumos. Por ejemplo, en lo referente a nuestros consumos culturales, muchas veces nuestras identidades se adjudican socialmente a partir de lo que oímos (si tal o cual música es para Godínez, si tal o cual tipo de personas escuchan reggaetón). De esta manera lo que consumimos nos identifica y posiciona hacia los demás como ciudadanos, comensales, activistas, profesionistas, etcétera. El conflicto de un consumo que define nuestras identidades es que en ocasiones el consumidor se siente a merced de este hecho. Aunque el marketing de alimentos, productos y servicios sea una herramienta que en diversas ocasiones las personas son capaces de identificar más como propaganda que como verdaderas propiedades de los productos, en la práctica el consumidor está enfrentado a otro tipo de variables por las que va a seguir consumiendo tal o cual producto.

En esta época del consumo, a partir de estas delimitaciones, no podemos dejar que nuestras identidades se depositen en torno a esto. Y aunque tenemos un margen de maniobra como consumidores responsables, tenemos que repensar el consumo como un elemento importante que define muchas otras esferas de la vida en sociedad, que no enteramente una responsabilidad individual.

@Lillie_ML