Una de las mayores inquietudes generalizadas en tiempos pandémicos es la búsqueda del bienestar en general. El estrés, la ansiedad y la salud mental han sido puestos bajo el reflector durante todo el tiempo que ha durado la pandemia.

El bienestar mental sucede a nivel cerebral a través de una compleja interacción entre emociones, sensaciones y pensamientos. Y hoy más que nunca los estudios sobre las funciones cerebrales nos permiten vislumbrar formas de mejorar estas funciones por medio de acciones simples de nuestra vida cotidiana. Una de estas acciones está representada por el hecho de cocinar. No es coincidencia que muchas personas en el confinamiento hayan volteado a ver esta actividad, a veces ignorada, o dejada de lado por las tribulaciones de la vida cotidiana.

Evolutivamente, los científicos han analizado que el crecimiento del cerebro humano está directamente vinculado con la innovación en la cocina. Cuando el homo erectus empezó a cocinar sus alimentos, el cerebro duplicó su tamaño. El uso del fuego para cocinar los alimentos ayudó a que el cuerpo humano pudiera metabolizar los alimentos de una manera más eficiente, ayudó también a que la experiencia de comer fuera más placentera y se involucraran los sentidos en la percepción del sabor, de la textura, de los olores. Por un lado, esto desarrolló otras partes del cerebro, y además, las personas pasaban menos tiempo masticando alimentos, lo que les permitía ocupar sus cerebros en otras actividades que involucraran la creatividad.

Por otro lado, el hecho de cocinar entrena a nuestros cerebros en funciones esenciales en la cognición. Para cocinar, se ponen a prueba diferentes habilidades esenciales en el cerebro, como la capacidad de organización, la de resolución de problemas, la concentración y la diversificación de la concentración, la memoria, la psicomotricidad, el estar más sintonizados con nuestros sentidos. Todas estas actividades se encuentran en la zona prefrontal de nuestro cerebro, que a su vez está interconectada con otras regiones del cerebro. Finalmente el hecho de cocinar no solamente es cortar o incorporar ingredientes en una cazuela. Para cocinar hay que anticipar lo que se va a hacer, poner a prueba la creatividad para buscar recetas. La organización espacio- temporal de los procesos necesarios para completar una receta resulta un buen ejercicio para poner a prueba nuestra eficacia. Muchas personas expresan disgusto por cocinar porque usualmente no tienen los ingredientes necesarios para preparar una receta, pero este hecho también pone a prueba nuestra capacidad de resolución de problemas y al mismo tiempo, nuestra creatividad, ya sea para sustituir ingredientes, o para poder llegar a establecer de manera ordenada patrones sobre los ingredientes básicos que mantenemos en nuestra cocina, independientemente de que sepamos o no qué receta vamos a cocinar. La capacidad de adaptación también se pone a prueba en la cocina cotidiana.

Cocinar permite que el cerebro se centre en la actividad del momento presente, o sea, el hacer consciente la actividad como una forma de meditar. Este tipo de activación de función cerebral es especialmente útil para la relajación y para el tratamiento de trastorno de déficit de atención, ansiedad y depresión. Los beneficios cognitivos del hecho de cocinar no dependen del resultado final en cuestión de la comida. El cerebro se entrena, incluso, para descubrir la falla y no repetir el error en una próxima ocasión. Evidentemente todos estos beneficios dependen del contexto en el que se realiza la actividad.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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