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Ciencia a 4,581 metros de altura
En Twitter @NellyAcosta
Nos advirtieron ir bien abrigados. Una noche antes, la recomendación fue nos desvelarse demasiado. La preventiva general era que no cualquiera aguantaría llegar a la cima del Volcán Sierra Negra, ahí, a esa punta a la que siglos antes seguramente sólo los chivos llegarían.
La aventura era llegar a 4,581 metros de altura, la que se presume es la región más alta del país. Y la precaución de alcanzarla, era resistir la presión atmosférica en una zona en donde el oxígeno se reduce 40% de lo cotidiano.
No subíamos a pie. Llevábamos la ventaja de ir en camionetas equipadas. De ir dormitando en el camino casi tres horas partiendo desde Puebla y de estar respaldados por una buena dosis de dulces y chocolates que se saborearían al llegar.
Alguien refirió la metáfora del Everest. La metáfora misma del éxito. Es un lugar tan alto más de 8,800 metros de altura que quienes alcanzan a subir no pueden pasar más de 10 minutos en la cima, pues morirían asfixiados: se entrena toda una vida sólo para permanecer unos cuantos minutos.
Pero los que subíamos ese día al Sierra Negra debíamos aguantar una mañana en la cima para constatar un logro mayor.
Al subir el camino dibujado por mulas un camino aún de piedras y tierra, que sólo el conductor reconocía pudimos ver cómo las nubes quedaban debajo de nosotros. Era como ir en un avión y ver desde arriba todo lo que se deja a los pies. Detrás de nosotros estaba una gran punta blanca que parecía custodiarnos: era el Pico de Orizaba.
Alguien dijo sentirse mareado. Otro más aseguró sentir que los oídos se le tapaban. Todos los demás resistíamos, callados y adormilados.
Pero al llegar a la cima nos esperaba un espectáculo aún mayor: el Gran Telescopio Milimétrico, un robot gigantesco de casi 50 metros de altura, construido en su mayoría por manos mexicanas.
Conocer cómo había llegado hasta arriba una construcción de esa magnitud era parte del encanto: como el haber tenido que ser armado ahí arriba, a cero grados de temperatura o menos tornillo por tornillo, porque ningún tráiler o ballena habría sido capaz de subir las piezas completas. Incluso, las mismas grúas y maquinaria que le dieron vida habían subido por el mismo camino de tierra empinado, desarmados en partes.
Sí. El frío era impresionante. Aún con ropa térmica, piyama debajo y chamarras y guantes, se sentían las manos y pies helados. No era el frío, era la sensación de estar a un paso del cielo.
Nadie dejaba de tomar fotos. De asombrarse de la altura. De sentirse heroico por estar tan arriba.
Ninguno de los casi 15 periodistas que ahí estábamos habíamos alcanzado algún heroísmo al subir, pero sí revivíamos la experiencia de un puñado de científicos mexicanos que subieron por primera vez hace 18 años para conquistar el más grande de sus sueños: tocar las estrellas en tierra propia.
NOTA
Para quienes conocer un poco más de este Telescopio, pueden visitar la Galería de Fotos y la Infografía en El Economista.
http://bit.ly/bNIPHb
http://bit.ly/9BUgmJ
http://bit.ly/9NanRL
