China trata de convertirse en una especie de ONG que ayude a paliar el azote del nuevo coronavirus en el mundo. Es la intención del régimen de Xi Jinping. Todos los días despegan aviones desde aeropuertos chinos, rumbo a varias regiones del mundo, cargados de mascarillas y equipo médico.

Las espadas ya están en lo alto. En China surge el nuevo coronavirus y en Estados Unidos ya ha provocado la muerte de más de 40,000 personas.

En China no existe la transparencia y Estados Unidos aprovecha el vacío de información para crear teorías de conspiración. En China se pude ajustar la cifra de muertos en 50% cinco meses después de haberse detectado el virus, y en Estados Unidos el presidente escribe en Twitter: “China acaba de anunciar una duplicación en el número de sus muertes por el enemigo invisible. ¡Es mucho mayor que eso y mayor que el de Estados Unidos, no está siquiera cerca!”

Lo que sí se vislumbra son desplazamientos geopolíticos en los epicentros del poder. China intuye que vendrán varios años de ataques de desconfianza en su contra en detrimento de su política exterior. El costo será elevado.

Las reacciones apenas inician.

En Países Bajos y Reino Unido ya son varias antenas de transmisión de internet 5G que han sido destruidas porque una de las teorías de conspiración les atribuye efectos de propagación del nuevo coronavirus. Mucho antes de que estallara la crisis del Covid-19, Nigel Farage, amigo de Trump y animador antieuropeísta durante el referéndum del Brexit, señaló a Boris Johnson como aliado de los chinos por negociar el ingreso de la tecnología 5G de Huawei a Reino Unido, en contra de la opinión de Estados Unidos. Ahora, después de que el virus ha matado a más de 16,000 personas en Reino Unido, no será difícil conocer las conclusiones de Farage sobre Huawei y su 5G.

Pero más allá de la manipulación a través del manejo de teorías de conspiración nos queda la diplomacia: Reino Unido le avisa a China que la relación no podrá ser la misma que la que existía antes de la crisis que ha desatado el nuevo coronavirus: “No hay duda de que no podemos hacer negocios como de costumbre después de esta crisis”, indica Dominic Raab, ministro de Exteriores y encargado de hacer las funciones de Boris Johnson mientras se recupera del Covid-19.

Trump señaló el sábado que el nuevo coronavirus “podía haberse detenido en China antes de que comenzara y no se hizo, y ahora todo el mundo está sufriendo debido a eso (...) Si fueron conscientemente responsables, entonces debería de haber consecuencias”.

Por lo pronto, Trump canceló las aportaciones financieras a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Intuye que su director, Tedros Adhanom Ghebreyesus, es cómplice de China. Taiwán revela que el director ignoró sus alertas tempranas sobre el virus por el veto de Pekín. Sus defensores, en cambio, insisten en que el organismo tiene poderes limitados sobre cualquier gobierno.

Lo que es cierto es que la OMS no ha cuestionado la versión china sobre el origen del nuevo coronavirus, pero queda en Twitter un gravísimo mensaje del 14 de enero, afirmando que el virus no se transmitía entre humanos.

Entre las teorías de Fox News, el paciente cero de la pandemia podría haber sido un científico infectado por una variedad del virus de un murciélago que estaban estudiando en ese laboratorio. La viróloga Shi Zhengli, subdirectora del Instituto de Virología de Wuhan, reveló a Scientific American que la secuencia del genoma del patógeno no coincidía con ninguno de los coronavirus de murciélago que su centro había recogido y estudiado previamente.

Regresa la “diplomacia Bannon”: contra China.

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Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.