¡Tal vez al actuar de manera tan “aspiracional” y acumulativa, mis padres incurrieron en un exceso de codicia individualista, insolidaria!

Mi padre fue un modesto médico egresado de la UNAM. De sol a sol, se desempeñaba durante las mañanas en trabajos de medicina social y por las tardes atendía en su consultorio a su clientela particular. Con un gran sacrificio personal y austeridad matrimonial, a los pocos años la familia logró adquirir su casa propia, dejando el departamento con renta congelada en que había vivido durante los años previos en el hoy emblemático Edificio Condesa. Siempre admiré ese despliegue de entrega familiar, hasta que la semana pasada el presidente López Obrador me ofreció un nuevo marco de referencia de filosofía social para evaluar ese pasado y me asaltaron las dudas. ¡Tal vez al actuar de esa forma tan “aspiracional” y acumulativa, mis padres incurrieron en un exceso de codicia individualista! ¡Quizá debimos ser más solidarios socialmente y quedarnos indefinidamente en nuestro apartamento con renta congelada!.

El caso de mi madre es también digno de evocación. Había tenido que abandonar sus estudios a la edad de 13 años para cuidar en calidad de enfermera a su mamá, gravemente enferma. Décadas después, ya casada y con hijos, decidió reemprender su formación escolar desde el propio nivel de preparatoria. Una vez graduada de Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, al poco tiempo logró establecer una pequeña escuela que con mucha dedicación y talento empresarial consiguió hacer prosperar. Para mi esa saga era motivo de orgullo y admiración, pero ahora el presidente López Obrador ha despertado en mi profundas dudas, con su extraña filosofía de crítica en contra de la clase media, a la cual acusa de “aspiracional” y también de trepadora. Es decir, intenta progresar. Pero de pilón, en el caso de mi madre había un agravante adicional: las ganancias que producía la escuela derivaban de la apropiación de plusvalía que creaban los maestros y que no se les remuneraba íntegramente en sus salarios. Es decir, mi ilustre madre además de actuar con aspiracionismo acumulativo tiene también que cargar póstumamente con el estigma de explotadora social.

Como los ejemplos anteriores, tan cercanos y entrañables, podría yo llenar páginas enteras con otros ejemplos de aspiracionismo acumulativo que se concretó en progreso familiar y colectivo. Pero el anatema flamígero ya se lanzó como centella desde Palacio Nacional: clase media, individualista, acumulativa, egoísta, insolidaria. Y además, también insurrecta toda vez que se atreve a tener ideas políticas propias y votar de manera autónoma.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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