Hace unos cuantos días tuve el gusto de conocer a Diego Fonseca, columnista de The New York Times, El País y de El Confidencial de España. Si yo creía que había leído casi todo sobre el inexplicable fenómeno del populismo, en verdad que estaba muy equivocada. Finalmente, siempre se confirma que uno es muy ignorante.

Amado Líder, la más reciente publicación para la casa editorial Harper Collins de este destacado periodista argentino me apasionó, horrorizó, me ilustró y al mismo tiempo me divirtió muchísimo. Pero vamos por partes.

En un poco menos de mil páginas (el libro es gigante), el autor nos lleva de la mano hacia una descripción detallada, documentada y al mismo tiempo muy sencilla sobre las características y las razones de ser del populismo en este siglo XXI que tanto estamos (al menos yo) padeciendo.

Uno de los datos que llamó más mi atención es que, de acuerdo a una investigación del periódico británico The Guardian, el número de gobernantes populistas en el mundo se duplicó a partir del año 2000. Y ahí van solo algunos de los nombres más conocidos de este selecto grupo: Trump, Orbán, Putin, Erdogán, Chávez, Maduro, Duterte, Bukele, Evo Morales…y aquí es donde se pone más sabrosa la cosa: López Obrador. 

Lo más asombroso es que siendo el origen de estos personajes muy variopinto, lo mismo hay populistas de y en cualquier parte del mundo ¡todos sin excepción tienen orígenes sociopolíticos semejantes y se comportan básicamente igual! Ahí les van algunas de sus características comunes:

Todos surgen del deterioro de un sistema de partidos del que la población está harta y cansada; los gobiernos anteriores a su llegada eran en términos generales corruptos y no habían dado atención suficiente a las clases más vulnerables y la desigualdad (o desatención a ciertos grupos sociales) era ya intolerable a su arribo. Resultan ser, entonces, una especie de mutación política derivada de los malos gobiernos. Encarnan a un gobernante justiciero que representa una esperanza para esa entidad indefinible e inasible que ellos llaman “el pueblo” (que en México además es bueno y sabio).

Se trata de individuos carismáticos (en sus múltiples advocaciones) con un lenguaje sencillo y manipulador; conjuntan rápidamente una feligresía que los sigue y adora (literal) ciegamente. Es muy interesante, también, el hecho de que todos los populistas son nacionalistas, tienen un discurso beligerante contra las elites políticas, económicas o raciales que han tenido y tienen la culpa de lo que le sucede a los buenos que son sin duda el pueblo que los aclama.

Absolutamente todos los amados líderes polarizan, jamás buscan acuerdos ni tienden puentes con los despreciables “otros” (conservadores, neoliberales, oposición o fifís), más aún…solo puedes formar parte de los buenos si tienen lealtad absoluta y fe ciega en dios, o sea en el caudillo. Para el populista la realidad es la que ellos deciden y nada puede ser ni estar, a menos que él de su aprobación (tengo otros datos, vamos bien, etc.).

Lo anterior conlleva algo muy importante: despreciar la opinión de los expertos, no escuchar a la opinión pública ni a la publicada y desconocer el conocimiento científico y las expresiones culturales que no se adecuen al pensamiento e ideología del mesías (sea este tropical o invernal).

Una de las acciones que este tipo de gobernantes valora mucho y de lo que depende en buena medida su control absoluto sobre todo y todos, es que no les gustan para nada los intermediarios. El populista tiene que otorgar sus dones y beneficios directamente y haciendo a un lado (o mejor aún desapareciendo) a las instituciones o a cualquier fundación órgano autónomo o grupo social que se oponga a sus designios. Con ello se garantiza significativamente el objetivo del autócrata, o sea, la adoración enfebrecida de sus fieles.

A lo largo del libro de Fonseca, como ustedes han visto por los párrafos anteriores, nos vamos metiendo en ese mundo misterioso y para mi, desde el punto de vista psicológico, todavía inexplicable de la enorme popularidad y aceptación (prácticamente el 50/ o más) de las poblaciones que respectivamente, estas excéntricas personalidades gobiernan. ¡Pobre mundo! Como diría Mafalda.

En fin, como siempre me sucede después de leer un gran libro, al terminarlo, reconozco que sé más y al mismo tiempo que entiendo mucho menos. Paradójicamente algo muy parecido me sucede cuando, con disciplina estoica, termino de ver la llamada mañanera. 

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

Lee más de este autor