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Opinión

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Ahora toda la ira contra la SCJN

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El mandatario y sus operadores han dejado ver de lo que están hechos cuando las cosas no salen como quieren. El día de ayer fue otro de tantos ejemplos de la ira, que se apropia del presidente y sus cercanos, cuando se pierde el control, que pudiera poner en riesgo su “proyecto de nación”, y lo que se disputa para el 2024. Y es que, en últimos meses, los corajes han estado a flor de piel, ahora dirigidos contra la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Las razones para el grupo en turno son claras, primero por detener la iniciativa del Plan B, para reformar al Instituto Nacional Electoral, posteriormente por el revés al proyecto de militarización para que la Guardia Nacional dependiera administrativa y operativamente de la Secretaría de la Defensa Nacional, y ahora, otro golpe más, esta vez contra los procesos de gestión legislativa que se promovieron la semana pasada en las cámaras para pasar al vapor, sin discusión, deliberación y aprobación en comisiones por parte de los miembros del congreso.

Varias de estas iniciativas incentivadas por el ejecutivo, -entre estas, la desaparición del Conacyt, la centralización de compras por parte de la Secretaría de la Función Pública, reforma a la ley de Aeropuertos y Aviación Civil, a la Ley minera, entre otras- mismas que a decir de la SCJN -que no es un poder derivativo- evidenciaron falta de capacidad de deliberación y discusión legislativa, acción elemental y necesaria, en una democracia constitucional, y principio elemental que sustenta y protege toda certeza jurídica contenida la Constitución.

Hoy la ira se expande como veneno contra la Suprema Corte de Justicia y contra algunos de sus miembros, que ante todo, están ahí -la mayoría de ellos- para defender lo más valioso que tenemos, nuestras garantías constitucionales, que van más allá de un proyecto de partido, los intereses de unos cuantos, o las creencias -individuales o colectivas-. El insultar, violentar, denostar a nuestras instituciones, implica a su vez, que directamente nos faltamos al respeto a nosotros mismos, y esto es lo que todos los días presenciamos en la arena política: insultos, calumnias, incurias y descalificaciones, que son muy peligrosas, ya que no solo muestran una incapacidad de gestión, sino una falta de respeto constante a nosotros como ciudadanos, que participamos de una democracia, en donde la división y equilibrio de poderes ha costado mucho trabajo, y la historia está ahí para recordarlo.

No confundamos lealtades con capacidades. Podrán existir diferencias, muy válidas, pero no se pueden empapar con calumnias y descalificaciones, que, sin fundamento y diálogo, pueden llegar a radicalizaciones y daño graves. Los poderes ejecutivo, judicial y legislativo tienen una responsabilidad primordial que se debe y nos debe, y esta parte del respeto, cuando este se deshonra, todos perdemos. Parece que este gobierno en turno, pierde de vista que ha dejado de entender las razones mismas de sus luchas emancipadoras, que están terminando por convertirse en políticas narcisistas, las cuales han cegado en su agenda las necesidades primordiales de los ciudadanos: seguridad, salud, educación, y la capacidad de construir una vida sin miedo, llena de oportunidades no para someterse, sino para poder decidir, porque poder elegir, implica construir oportunidades, donde todos tengamos espacio, a pesar de nuestras perspectivas y diferencias.

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