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Acapulco, de mis amores

Acapulco y la costa grande de Guerrero fueron azotados por “Otis”, un huracán devastador que dejó a su paso una estela de destrucción: calles inundadas, viviendas destrozadas y la infraestructura hotelera y comercial aniquilada.
En el icónico destino turístico de México se vive un infierno, una pesadilla.
“Otis” llegó cuando la gente apenas empezaba a recuperarse de los efectos de una pandemia mortal y buscaba cómo salir adelante, pese a los embates del crimen organizado, las ejecuciones a mansalva, las extorsiones y los cobros de piso.
Después de vivir en carne propia la furia de la naturaleza, la población hoy es víctima del desabasto de agua, alimentos y medicinas; sufre los efectos de la rapiña en tiendas y centros comerciales; padece los asaltos a automovilistas y la invasión ilegal de propiedades.
El ruido ensordecedor de los vientos huracanados ha sido reemplazado por los gritos de ayuda de quienes claman por comida para alimentar sus hijos, de los que buscan a sus familiares desaparecidos, de quienes miran con estupor los cuerpos putrefactos de los seres queridos que no sobrevivieron al desastre.
Naturalmente, hoy resulta urgente atender las necesidades primarias de alimento y agua potable para la población damnificada. Cuando empiecen las tareas de limpieza y retiro de escombros, miraremos otra dimensión de la tragedia, serán horas difíciles al descubrir el considerable aumento de pérdidas humanas.
Algunos estiman que la reconstrucción de los grandes hoteles, los restaurantes de lujo y las residencias de descanso de “foráneos” será relativamente rápida. Operarán las indemnizaciones por las pérdidas y afectaciones en las propiedades cubiertas con una póliza de seguros.
Desafortunadamente, el escenario para la población local no es igual. Se trata de más de 800 mil habitantes cuyo sustento depende de la actividad turística, para quienes las cuotas para cubrir pólizas de seguros para desastres naturales no es opción, porque hay prioridades y antes hay que comer, pagar la renta, el gas, la luz, el agua, el transporte público y la educación de los niños.
¿De qué vivirá una población que depende en su mayoría del turismo? ¿Cuánto tiempo tardarán en volver los turistas para reactivar la economía local? ¿Cuánto costará reconstruir Acapulco?
Para calcular el costo de la reconstrucción se requiere un diagnóstico preciso. Lo que sí podemos es recordar que, en 2005, en Quintana Roo se invirtieron más de cuatro mil millones de dólares para la reconstrucción, después del paso destructor del huracán Wilma.
En 2013, el ciclón Manuel, también en Acapulco, provocó daños en la infraestructura carretera y en las viviendas, por más de 900 millones de dólares.
Hoy, sólo contamos con los 18 mil millones de pesos en el Presupuesto del Fonden 2023. ¿Serán suficientes para atender las necesidades de los damnificados?
La historia juzgará la falta de prevención para alertar a la población con el sentido de urgencia que ameritaba la fuerza de “Otis” y la población enjuiciará la respuesta insuficiente del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, para afrontar la emergencia.
Más allá de la grilla y de cálculos electorales, ahora mismo lo primordial es el rescate de personas, la localización de cuerpos y el restablecimiento de servicios esenciales como agua, electricidad, telefonía y brigadas médicas.
Así como prevenir una eventual emergencia sanitaria y el riesgo de que proliferen el dengue y otro tipo de enfermedades ante la acumulación de basura y todo tipo de desperdicios.
Después, lo deseable no sólo es la reconstrucción de Acapulco, sino el renacimiento turístico de esta joya mexicana. Que Acapulco vuelva a brillar con la auténtica cocina mexicana, los restaurantes de renombre, la riqueza histórica, las excursiones ecológicas y la generosa alegría de su pueblo, porque estoy segura que por lo menos los capitalinos, los que nacimos en la Ciudad de México tenemos una historia, un recuerdo, una imágen hermosa de ese Acapulco al que visitamos con amor.

