El presidente de México ha desaparecido de su entorno el discurso internacional, o viceversa, su discurso carece de rasgos globales.

México, como centro del mundo sin la existencia del mundo, aislado: es la impronta de la cuarta transformación.

Hoy, el presidente mexicano cumple 277 días al frente del gobierno, y hasta el día de ayer tenía 276 días sin haber realizado un viaje al exterior.

López Obrador enmudece frente a la guerra civil siria; nada tiene que decir sobre los inmigrantes de Eritrea y Afganistán; mira hacia otro lugar cuando escucha hablar sobre la guerra arancelaria entre China y Estados Unidos; nada tiene que agregar sobre el Acuerdo (climático) de París; no propone nada sobre las acciones de Jimmy Morales en contra de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG); no le interesan las protestas sobre la corrupción en Honduras; no condena las dictaduras de Daniel Ortega y Nicolás Maduro.

El presidente se siente cómodo, y hasta orgulloso, por haber desaparecido el contexto internacional de la política doméstica porque, para él, siempre representa una carga para el erario.

El anuncio sobre la muerte de la política exterior es emotivamente aterciopelado: primero los mexicanos, después los mexicanos y, finalmente, los mexicanos. Sin embargo, la realidad es revelada por las interacciones de México con el mundo, el comercio internacional y la dependencia multisectorial que tiene el país con el exterior.

Desde la venta de la flotilla de aviones hasta los viajes de funcionarios al exterior, el cierre de oficinas que promovían la inversión extranjera en México o la cancelación de comisiones del Congreso en África. Todo se anuncia como algo positivo. Son buenas noticias desgajar a México del mundo.

La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) se ha convertido en una misión encargada de responder los tuits de Donald Trump.

Sin un liderazgo articulado desde la Presidencia (constitucionalmente la encargada de esbozar la política exterior), la SRE gestiona administrativamente los oficios del día: “Atiéndase, instrúyase, impleméntese, comuníquese”. Todo parece que funciona con normalidad. El problema reside en la ausencia voluntaria del liderazgo presidencial en el mundo.

Llama la atención la inconsistencia del presidente. Por un lado ondea la bandera de la “no intervención” sobre la violación a los derechos humanos por parte del dictador Nicolás Maduro, y al mismo tiempo puja y gana un sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU para intervenir en los asuntos más complejos del mundo.

El presidente no viajó a la Cumbre del G20 en Osaka y tampoco lo hará a la Asamblea General de Naciones Unidas, el foro político más relevante del mundo. “No, no voy a acudir. Pero voy a estar muy bien representado por Marcelo Ebrard”, en Nueva York, dijo el presidente.

Como pocos políticos, el presidente conoce muy bien el sector de los medios de comunicación; entiende que la cobertura internacional de todos los medios de comunicación mexicanos se apega más a la broma que al profesionalismo. La información internacional (sin sangre ni muerte) no vende ni genera audiencias. Y donde no existen las audiencias, el presidente mexicano no se para.

A la corte intelectual del presidente y los personajes zalameros de las mañaneras tampoco les interesa el mundo. #DiNoalosMapamundi.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.