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29 de septiembre de 1938- el 80° Aniversario del Acuerdo de Múnich
El 29 de septiembre de 1938 se celebró la Conferencia de Múnich, cuyos participantes fueron el Reino Unido, Alemania, Italia y Francia. Como resultado, fue firmado el Acuerdo de Múnich que estipulaba la desmembración de Checoslovaquia (sus representantes ni siquiera habían sido invitados a este “evento”) y traspaso de una parte de su territorio, la región de Sudetes, principalmente poblada por las personas de origen alemán, a Alemania. Este acontecimiento fue uno de los eventos clave para el desarrollo de los procesos internacionales que dieron impulso a la realización de los planes agresivos del Tercer Reich. En esencia, llevó al inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa.
El Reino Unido y Francia respondieron al expansionismo hitleriano con una política de “apaciguamiento del agresor”. Al mismo tiempo, son los británicos los que jugaron el papel principal al presentar el concepto de la “neutralización” de Checoslovaquia. Entonces dejaron en claro que les convenía cualquier escenario de la crisis checoslovaca y que Londres no impediría la expansión alemana hacia el Este. De esa manera el Reino Unido buscaba incitar al régimen nazi en Berlín a una confrontación militar con la Unión Soviética, permaneciendo al margen del conflicto principal. Finalmente, esa idea en gran medida fue realizada.
En aquel momento la Unión Soviética abogaba enérgicamente por la creación en el continente europeo de un sistema de seguridad colectiva que pudiera ayudar a prevenir los posteriores enfrentamientos militares y sus consecuencias catastróficas. Esa línea se defendía por nuestro país también en el transcurso de la crisis checoslovaca: en septiembre de 1938 las considerables fuerzas del Ejército Rojo, encaminadas a proteger a Checoslovaquia de la intervención militar alemana y su posterior desagregación, se adelantaron hacia las fronteras occidentales. Sin embargo, nunca fue recibida la autorización para el tránsito de nuestras tropas a través de territorios de Polonia y Rumania (debido a que no existía en aquella época frontera común entre la URSS y la República de Checoslovaquia) por parte de los líderes de dichos Estados.
Polonia jugó un papel muy reprobable en la situación después del Acuerdo de Múnich, el país que pretende presentarse como pacífica “victima de los regímenes totalitarios”. Polonia no sólo se abstuvo de pronunciarse en contra del vergonzoso Acuerdo de Múnich, sino aprovechó sus frutos, cortando a su favor una parte de territorio checoslovaco por acuerdo con los alemanes. Injustamente se silencia el hecho de que los polacos fueron unos de los primeros, aún en 1934, en concluir un pacto de no agresión con los nazis.
Sólo al asegurarse que las potencias líderes occidentales no tenían interés en garantizar la seguridad colectiva en Europa y actuaban en contra de los intereses del Estado soviético, la URSS se vio obligada a normalizar las relaciones con Alemania. Para nuestro país el motivo para firmar el 23 de agosto de 1939 el acuerdo de no agresión con los alemanes no era el expansionismo sino la intensión de ganar tiempo y espacio en previsión de un enfrentamiento militar con el Tercer Reich que ya se hizo inevitable. La prueba de esto fueron los acontecimientos posteriores como la agresión de Hitler contra la Unión Soviética. Moscú se vio obligada a firmar esos acuerdos con Berlín, documentos de carácter de compromiso político temporal, en primer lugar, por la postura evasiva de Londres y, en menor grado, la de París en materia de apoyo militar mutuo en caso de una agresión de gran escala por parte de los nazis en Europa.
Fue el pacto de Múnich que se convirtió en un preludio de la Segunda Guerra Mundial, que llevó a un alejamiento de los aliados eventuales en la lucha contra el nazismo, lo que provocó desconfianza mutua y sospecha entre ellos. Las acciones de los “actores de Múnich” muestran la imposibilidad de crear un sistema eficaz de seguridad colectiva sin participación de todos los países europeos, incluyendo a Rusia. La falta de comprensión del pasado lleva únicamente a la aparición de nuevas líneas divisorias en nuestro continente. La belicosidad de la OTAN cerca de nuestras fronteras resucita a los fantasmas peligrosos del pasado.
Tenemos ante nuestros ojos un claro ejemplo histórico de que son contraproducentes los intentos de “aislar” a Rusia, negarse a cooperar con nosotros en la lucha contra desafíos y amenazas comunes. Los países occidentales necesitan aprender de la historia: sólo en una interacción estrecha con la Federación de Rusia se puede construir un espacio común de paz y prosperidad en Europa y más allá.