Recordando el natalicio de Jorge Luis Borges.

En un mundo ideal, tal y como se lo imaginó Borges, el paraíso sería una biblioteca. Los árboles y las flores puros libros, los animales hablarían sólo palabras y los frutos prohibidos serían los ejemplares situados en el anaquel más alto, los volúmenes únicos, los más antiguos y extraordinarios los tomos cuya lectura no puede hacerse aprisa porque cambian la vida rápida e irremediablemente.

Dicta el Cronoscopio que una de sus personas es Jorge Luis Borges porque se le parece: gustaba de viajar por todas las fechas, tiempos, locaciones e universos a través de la palabra escrita y la frase leída. Y dado que su cumpleaños sería el 24 de este mes de agosto merece todo texto y homenaje.

Como sucede con todos los genios, Borges comenzó a cumplir con su glorioso destino más pronto que tarde: a los cuatro años ya sabía leer y escribir, a los seis escribió su primer relato, “La visera fatal”, inspirado en páginas del Quijote; al año siguiente esbozó en inglés un ensayo sobre mitología griega y a los nueve tradujo “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde. Aquel texto salió publicado en el periódico argentino El País, firmado simplemente con su nombre: Jorge Luis Borges.

Tanto se ha dicho de Borges que el rosario de pretextos para justificar la ignorancia o indiferencia hacia sus libros es largo. (“Es muy complicado”, “no me interesa la poesía”, “odio a los argentinos”). Pero ya sabemos. La verdad es que nos provoca una combinación de miedo, indolencia y flojera de la más pura y buena. Pero le aseguro, no tenga ninguna duda, que cuando se acerque a Borges las cosas antes aterradoras adquirirán belleza y gracia. Los tigres, los espejos y los laberintos ya no serán amenazantes. La referencias a culturas en otros idiomas tampoco. A partir de ahí no será difícil darse cuenta de otros amores de Borges y de que su suprema pasión fueron los libros por supuesto y definitivamente, no sólo por su contenido, ni por aquella obsesión que tenía de leerlo todo... por más chocante que parezca.

No me queda más remedio, lector querido, que citar a Augusto Monterroso en su cuento “Beneficios y maleficios de encontrarse con Jorge Luis Borges”, que a la letra dice:

“El encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias. He aquí algunas de las cosas que pueden ocurrir, entre benéficas y maléficas: 1. Pasar a su lado sin darse cuenta (maléfica); 2. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qué hace (benéfica); 3. Pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre (maléfica); 4. Descubrir que uno es tonto y que hasta ese momento no se le había ocurrido una idea que más o menos valiera la pena (benéfica); 5. Descubrir que uno es inteligente, puesto que le gusta Borges (benéfica); 6. Deslumbrarse con la fábula de ‘Aquiles y la tortuga’ y creer que por ahí va la cosa (maléfica); 7. Descubrir el infinito y la eternidad (benéfica); 8. Preocuparse por el infinito y la eternidad (benéfica); 9. Creer en el infinito y en la eternidad (maléfica); 10. Dejar de escribir (benéfica)”.

No ha faltado quien haya dicho que si existiera la paradisíaca biblioteca de Borges , el primer libro del primer estante sería El Aleph , una de las obras más ilustres del argentino y además la primera letra del abecedario hebreo, el signo que indica la primera reunión de todo lo existente y la pretensión de cualquier universo que se respete. Un espejo que refleja todo, vamos.

También los críticos hablaron mucho sobre El Aleph : que si era una metáfora de las posibilidades del hombre para alcanzar conceptos metafísicos, una receta para encontrar un sistema de inventarios de todo lo que es, lo que hay y lo que habrá... En fin, ni más ni menos todo lo que nos ofrece el conocimiento entero.

Borges, al respecto, era indiferente. Le parecía insuficiente el acto de nombrar las cosas con palabras, porque creía que “el todo” era inabarcable: “Si acaso sólo podíamos hacer informes parciales”, dijo alguna vez. (Y entonces uno se pregunta: ¿cómo es que entonces Borges hizo en sus cuentos, poemas y ensayos tan perfectas combinaciones de palabras? ¿Cómo, estando ciego, pudo hablarnos de tantas luces y matices? Pero no hay que pensar demasiado en ello, podríamos asustarnos otra vez).

No fue en un texto, pero sí en una plática donde Borges se hizo de cientos de nuevos lectores. Tomó la palabra y dijo:

“En el transcurso de mis muchas, de mis demasiadas conferencias, he observado que se prefiere lo personal a lo general; lo concreto a lo abstracto. Por consiguiente, voy a empezar refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, ceguera parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde, puedo descifrar el azul. Sobre todo hay un color que no me ha sido infiel, que me ha sido leal, que me ha acompañado siempre y es el color amarillo. Recuerdo que de chico (si mi hermana está aquí, lo recordará también) yo me demoraba ante una de las jaulas del jardín zoológico en Palermo y era precisamente en la jaula del tigre y la del leopardo. Yo recuerdo que me demoraba ante el oro y el negro del tigre hasta el atardecer y, aún ahora, el amarillo sigue acompañándome. Y he escrito un poema titulado ‘El oro de los tigres’ en que hablo de esa amistad del amarillo conmigo, como siempre estuvo el amarillo conmigo. Precisamente, uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el color negro y el color rojo. Esos son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en ese mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad. Y el rojo también —que se supone que es un color más vivo— ha desaparecido para mí; lo veo como un vago marrón.

De modo que el mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre, de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos y sonrientes y valerosos y yo espero morir así también. Pero no sé, se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor y yo sé que fueron más valientes que yo”.

Dicen que cuando terminó la conferencia todo era diferente. Muchos se fueron a comprar libros de Borges y alguien oyó que el escritor decía: “El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto”.