Buscar
Geopolítica

Lectura 7:00 min

Un Chocó de damnificados y héroes: el epicentro del terremoto y el olvido se levanta con la voluntad de sus víctimas

Tras poco más de una semana del desastre, la región acumula ejemplos de miles de personas que luchan por otros, mientras intentan superar una tragedia en la que ellos y sus familias también resultaron afectadas.

Quibdó, Chocó. El terremoto arrasó con la habitación de Luz Yaciris Córdoba, dos minutos después de levantarse de la cama en el barrio El Reposo, al norte de Quibdó. El pasado lunes 10 de agosto, la mitad de su casa se convirtió en escombros y, a las 7:35 am, salió con la certeza de haberse quedado sin hogar. “Estaba sola porque mi marido trabaja fuera de la ciudad. Somos solo él y yo”, cuenta la mujer de 32 años, frente a la fachada gris que, a puerta cerrada, oculta la devastación interior. La pérdida de su espacio la devolvió a la casa materna y la tragedia colectiva le impidió paralizarse.

A la mañana siguiente, se inscribió como trabajadora social voluntaria en la alcaldía. Desde entonces, Luz recorre las calles vecinas junto a otros jóvenes profesionales para registrar los daños del sismo de 7.4 grados, que ha acumulado más de 19,000 damnificados y 93,000 personas afectadas en Chocó, según registros de la Gobernación. La región, ubicada al margen oeste de Colombia e históricamente marginada, ahora se levanta con las manos de sus propias víctimas. Entre la atmósfera de calor y humedad que cubre la tragedia en la capital de Quibdó, la mayoría se aferra al sentido de comunidad que ha construido para salir adelante.

“No podía quedarme sin hacer nada”, dice Córdoba, mientras camina por calles sin pavimento ni acueducto junto a Deimer Rivas, un arquitecto de 27 años, y José Diego Moreno, quien cursa el último semestre de Ingeniería Civil. El joven de 25 años también dejó el apartamento del tercer piso en el que vivía, al concluir que la estructura era inhabitable. “No era seguro quedarme”, sostiene Moreno, mientras revisa una de las viviendas que visita el grupo. “No hay nada grave. Solo hay daños en la pintura”, le dice Moreno a una anciana que vive sola, apuntando a la esquina de una pared con la linterna de su celular. La casa ha permanecido sin luz la mayoría del tiempo desde el sismo, y es la primera vez que alguien va a revisar el estado del concreto y de la ocupante.

Los voluntarios hablan con sus vecinos sin mencionar el inventario de sus propios daños. La mujer les pregunta a los habitantes de las viviendas sobre el estado de salud de sus familias, las afectaciones económicas y los impactos personales del desastre. “¿Han podido dormir?, ¿alguno necesita asistencia médica?, ¿solicita apoyo psicológico?”, señala Córdoba con preocupación genuina. A mano, registra las respuestas en formularios, mientras sus compañeros evalúan las grietas y los huecos en las paredes para determinar si debe haber evacuaciones.

El equipo sabe que, a pesar de las advertencias, muchas de las personas no abandonarán sus casas ante el miedo de renunciar a lo que han construido, la imposibilidad de encontrar otro hogar y la resistencia de permanecer en un albergue. “¿A dónde van a ir estas personas?”, se pregunta Deimer Rivas en voz alta, después de ver a un grupo de jóvenes habitando una casa que podría caerse con el próximo soplo del viento. Las paredes rotas pegadas a la cama y el suelo cubierto de cartón en el que descansa una mujer embarazada parecen dar una respuesta no manifiesta al arquitecto: nadie planea salir de ahí.

En recorridos por sectores con nombres opuestos a la realidad como El Silencio, El Reposo y La paz, los voluntarios apaciguan el sudor y el cansancio con la hospitalidad de los residentes de Quibdó, que no dudan en ofrecer los asientos y las últimas existencias de sus neveras, a cambio de la atención de los profesionales. El fenómeno sucede de forma simultánea por toda la ciudad con cuadrillas de cientos de voluntarios que hacen un recuento de los daños en los vecindarios.

En el sector de los Puentes, Luz Mudelina Herrera, de 54 años, espera con paciencia que los voluntarios recorran las casas vecinas para ir a la suya. La mujer, que construyó un hogar para su hijo y sus tres nietos, trabajando como empleada doméstica en Bogotá, no espera que le digan que puede recuperar su vivienda. “Yo sé que mi casa ya se perdió, pero si termina de caer, va a tumbar las tres casas que tiene al lado”, señala con la mirada ausente. Luz Mudelina ha aceptado la pérdida de su único patrimonio y su miedo principal es dejar a sus vecinos sin casa o sin vida, a causa de un desplome súbito de su vivienda. Su intención es que se ordene una demolición supervisada y segura de la casa que terminó de construir hace apenas mes y medio, con un préstamo que aún les debe a sus patrones.

La arquitecta de 41 años Leída Valencia y su equipo confirman las sospechas de Herrera. Su casa tiene una inclinación hacia el lado izquierdo que podría afectar hasta a tres casas vecinas y hay que demolerla cuanto antes. El equipo llena formatos con las observaciones, pero desconoce cuándo la administración de la ciudad pueda ocuparse del asunto. La gobernación del Chocó registra más de 26,000 viviendas afectadas por el terremoto, un número que no dejó de crecer desde el 10 de agosto, y que se ha agravado con el impacto de las lluvias sobre las casas averiadas.

“Ahora todos tenemos que ayudar”, indica Valencia con convicción. Desde la convocatoria de personal voluntario cualificado, la mujer llega desde la mañana a la alcaldía junto a decenas de profesionales que recorren las oficinas. Tras reunir a la cuadrilla, recorre zonas muy afectadas por el sismo como Medrano y Las Palmas sin quejas y sin mirar el reloj. Entretanto, sus hijos de 13 y 16 años están en casa con las clases suspendidas, y uno de sus tíos se ha quedado sin hogar. Mientras responde al llamado de todas las personas que le piden una valoración de sus casas, lo personal se ha quedado a un lado.

Cuando se alista para cerrar una de las jornadas, se devuelve a otra vivienda. “Ya dimos la palabra, tenemos que ir” les dice a sus compañeras. Sin prisa, observa las columnas, los muros y los acabados de las edificaciones haciendo observaciones. “La viga canal es el problema”, “aquí debería haber una columna”, “puede sacar sus cosas con cuidado”, “tiene que irse”, “hay que derribar este muro, pero se puede arreglar”, apunta con los ojos puestos en su interlocutor. La gente la escucha y asiente. Más allá del desastre, todos aprecian sentirse vistos, aunque sea a través de muros rotos. “Gracias” es la palabra que más se repite.

Los dueños de las casas hechas pedazos son los mismos que traen agua para los vecinos y los voluntarios. Junto a los escombros del suelo, varios grupos de mujeres preparan ollas comunitarias sirviendo arroz y sancocho en medio de los estrechos corredores de Quibdó. Los vecinos abren paso para aparcar las motos de los profesionales, mientras los más jóvenes cargan bolsas de mercado que van entregando a los residentes de las zonas más afectadas. Los ancianos ofrecen palabras de aliento y rezos inteligibles. La gente regala su sonrisa a los extraños, y en medio del caos, la humanidad emerge con nitidez.

En El Silencio, Sixto Córdoba empieza a trabajar en la reconstrucción de una parte de su casa con amigos y familiares a los que también ayudó a edificar sus hogares. El lugar en el que habitaba con su esposa y sus dos hijos ha quedado cubierto de polvo y su hogar se ha reducido a un par de colchonetas en una casa vecina. No hay quejas ni reclamos al más allá. Sixto piensa en voz alta si habrá chance de reclamar un seguro que estaba pagando en el banco y los pasos a seguir para reparar las paredes y la cocina rota. Su filosofía es simple y parece resumir a la de la mayoría en la región: “Uno viene aquí a vivir una aventura y hay que enfrentarse a lo que venga”.

tracking reference image

Últimas noticias

Noticias Recomendadas

Suscríbete