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Geopolítica

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Reconozco que soy adicta a Facebook

Que sepan de uno y saber de otros en medio de una depresión emocional se puede volver un infierno

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Estamos obsesionados con Facebook y con los efectos que provoca esta red social. Hay algo innegablemente totalitario en la combinación de medios de comunicación e Internet ha reiterado ese gran cascarrabias de las redes sociales que es Jonathan Franzen.

Sus entusiastas usuarios son ridiculizados como alienados, descontentos, envidiosos, narcisistas. Muchos han acusado a Facebook de ser el enemigo de una profunda reflexión , que provoca que toda una generación pierda su camino .

Operadores profesionales en Twitter han arruinado carreras tanto mediáticamente como en la vida real. Este mes mi madre se convirtió en la más reciente de las personas en mi lista de conocidos que anuncia que hará un paréntesis en las redes sociales, explicando que se había sentido hipnotizada por las redes y quería vivir un estado más consciente de la mente . A estas alturas, todos hemos recibido el mismo mensaje fuerte y claro: ten miedo de las redes sociales. Ten mucho miedo.

Hay mucho que temer en este nuevo mundo de las redes sociales. No es sólo la dopamina adictiva que sacude nuestro cerebro cuando vemos con una marca roja el ícono de notificaciones, que nos hace sentir que estamos cediendo el control de nuestra química y física corporales a una corporación codiciosa. Peor aún, Facebook traduce nuestra obsesión humana de juzgar a los demás en la forma más dolorosa y transparente imaginable: con un algoritmo. Resalta cuando molestas a gente que te gusta cuando te distancian de su muro lleno de aduladores.

Estaba segura de que el único modo de salvarme, por autorrespeto, era cerrar mi cuenta. Pero los robots me recordaron que si me iba me extrañarían .

He sido testigo de colapsos agonizantes en la red, desde emos de 15 años de edad a amantes enfurecidos, a escritores de éxito, a matriarcas altivas, que sufrieron los mismos espasmos de terror que yo he vivido. Puedo carecer de conciencia como para sufrir la humillación pública de buscar ser validado por una diversidad de gustos. De manera perversa, lo único que puedo hacer para aliviar ese dolor es dejar de seguir a esas personas, intensificando mi filtro.

¿Cómo hago la paz con este fenómeno altamente problemático que causan las redes sociales?

DEL AMOR A LA PSICOSIS

Como casi todos mis compañeros, me uní a Facebook en el 2005, tan pronto como apareció en la red de mi universidad, Kentucky Wesleyan College. Me enamoré de inmediato de la red. Facebook no era entonces tan molesto porque sólo aparecían fotos de compañeros de estudio en el extranjero, en lugar de memes sobre el Tea Party.

Mi adicción a la red social alcanzó su punto culminante cuando me convertí en asistente de investigación para un economista prominente de la ciudad de Washington. Mi principal labor consistía en dedicar horas a la busqueda de menciones de mi jefe. Me llevaba a la comida los mejores argumentos en mi muro de Facebook. Era como una inyección de estimulación continua en mi ecosistema intelectual, dejándome enojada después de cada dosis.

No fue hasta que empecé a escribir profesionalmente, con el interés de la autopromoción que podría obtener, que mi relación con la comunidad de Facebook se convirtió en una tortura. Yo estaba escribiendo entonces acerca de las agonías de establecer una relación no monógama estable, una experiencia que me había llevado al límite de mis nervios. Necesitaba autopromover estos contenidos en un foro público, que incluía los casos de mi madre y mis dos abuelas, así como varios ex profesores y ex amantes.

Hay una escena en mi novela favorita, The Golden Notebook (El cuaderno dorado), en la que el personaje principal, Anna, envía a su hija a un internado, y luego se queda mirando las paredes de su casa, obsesionada con los titulares de prensa que ha pegado en los muros, que reflejan sufrimiento y muerte .

Hay una escena en mi novela favorita, The Golden Notebook (El cuaderno dorado), en la que el personaje principal, Anna, envía a su hija a un internado y luego se queda mirando las paredes de su casa, obsesionada con los titulares de prensa que ha pegado en los muros que reflejan sufrimiento y muerte, rumiando lo que vuelve a leer para tratar de encontrar el hilo conductor que une todo y guarda el secreto de alcanzar la paz mundial.

En el punto más bajo de una relación, cuando mi pareja y yo nos separamos y yo había optado por enfrentar mi temor a la soledad y la locura en una cabaña en lo alto de los Andes, Facebook se convirtió para mí en lo que Anna veía en los periódicos, pero aún peor. Como he rastreado titulares y comentarios, estuve obsesionada por la idea de que cientos de amigos y usuarios de Facebook veían mi muro como caía en picada hasta rozar con una psicosis.

Una noche, después de pasar casi una semana encerrada en mi cuarto, sentí que ya me había convertido en una maniaca, convencida de que el mundo está irremediablemente mal y que no tenía sentido resistir el pesimismo, la depresión y el odio a una misma. Me sentí como si mi alma fuera a explotar. Estaba segura de que el único modo de salvarme, por un mínimo de autorrespeto, era cerrar mi cuenta de Facebook en ese momento. Pero cuando quise hacerlo, los robots de Mark Zuckerberg amablemente me recordaron que si me iba de Facebook mis amigos Aaron, Nan y Camilo, entre otros, me iban a extrañar.

Y era cierto.

Entonces escribí en el muro de Aaron. Le dije que me sentía muy mal y le pedí ayuda. Y él me la dio. Yo siempre estaré aquí cuando necesites hablar con alguien , me escribió. Y le creí.

ATENDER LA ADICCIÓN

Me he podido levantar desde la baja de la que me levantó Aaron en agosto pasado. Mi promesa del reciente año nuevo es practicar la autoaceptación radical para resistir el autoodio que tengo dentro de mí desde que era niña, cuando mi padre, pastor, y mis maestros de religión me enseñaron que las mujeres han sido la fuente del mal desde que la serpiente apareció en el Jardín del Edén.

Yo no soy mucho de recurrir a técnicas de autoayuda, pero he tenido la suerte de encontrar una guía intuitiva de la maestra Panache Desai, que busca que las personas mejoren su propio juicio. Sostiene que la única manera de lograrlo es dejar de luchar por uno mismo y aceptar incluso los ángulos de personalidad que se ocultan a los demás, las debilidades y adicciones, incluida la que se tiene con Facebook. Sólo entonces, dice, se puede desarrollar cierto autocontrol.

Nunca me salí de Facebook. De hecho, las redes sociales se han convertido en el crisol donde pruebo mi propia capacidad de desarrollo para la autoaceptación, con todo y mis defectos. Me niego a condenar mi propio cerebro por su gusto a la dopamina. He podido aprender a ignorar la adicción, dejando de lado el estímulo y optar por dar un paseo.

Como Octavio Paz escribió cuando nuestro mundo luchaba con la ola visual de los primeros medios masivos:

Hay que apagar la televisión e ir a dar un paseo; perdernos en la ciudad o en nuestros pensamientos. Para escapar necesitamos estar quietos y en silencio por un tiempo, para dejar de ser imágenes, para volver a ser lo que somos: hombres y mujeres, la sangre y el tiempo .

mac

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