Székesfehérvár, Hungría. Dos días antes de las elecciones del domingo pasado, Víktor Orbán pronunció una letanía familiar contra los migrantes, la Unión Europea y George Soros, su pera favorita a quien le pega cada vez que puede.

Lo hizo en la misma ciudad donde Hungría alguna vez coronó a algunos de sus reyes, Székesfehérvár.

El entorno del mitin resultó ser kitsch en el que se podían ver banderas de plástico, crucifijos difíciles de cargar y letras de canciones pop ensalzando las virtudes de la sangre y el suelo. Es Europa 2018.

Orbán fue preparando el terreno de su reelección meses o quizá algunos años atrás. Sobre la Unión Europea, la equipara con un ente desdibujado por burócratas que, desde lejos, han subvertido los intereses nacionales de los ciudadanos húngaros. Se trata, según Víktor Orbán, de una conspiración financiera, una línea retórica que, para algunos, se trata de un remake moderno de ideas antisemitas.

En la mente de muchos partidarios de Orbán, la elección del pasado domingo no se trató de una especie de plebiscito en contra de la Unión Europea como un ente burocrático, más bien, se trató de una batalla contra visiones europeas. Una batalla cultural.

A pesar de las fanfarronadas de Orbán, Hungría no es particularmente un país euroescéptico. Antes de la votación del Brexit en junio del 2016, las encuestas revelaban que los votantes húngaros, segundos después de los polacos, fueron los que más apoyaron a Bruselas entre los 28 estados miembros.

Los análisis más recientes sugieren que ese apoyo ha disminuido; sin embargo, la confianza en las instituciones europeas se sitúan por arriba del promedio de los 28 países, y más de la mitad de la población está a favor de la introducción del euro.

“Sí, Hungría es parte de Europa”, dijo Nandor Holl, un estudiante de 20 años de una escuela de negocios quien espera ingresar a la política algún día.

Los oponentes de Orbán, incluidos los exmiembros del partido al que ahora dirige, Fidesz, ven su mandato como un giro preocupante hacia una autocracia de “estilo oriental” incompatible con los valores europeos contemporáneos de transparencia, tolerancia y democracia.

Para ellos, Orbán, quien en los últimos ocho años en el poder ha modificado la constitución y tomado medidas duras contra medios de comunicación, entre otras medidas, se encuentra sobre una línea similar a la de Vladimir Putin de Rusia, y no sobre las que siguen Angela Merkel y Emmanuel Macron.

Casado y padre de cinco hijos, Viktor Orbán es muy aficionado al futbol, deporte que practica. Históricamente ha dirigido una políticas públicas económicas hacia la izquierda y hacia la derecha lo cultural.

El antiguo militante antisoviético no oculta su admiración por Putin. En el 2010 el escritor húngaro György Konrad lo describía de la siguiente manera: “Orbán es un Putin menos violento, y un Berlusconi menos capitalista. Es un estadista que quiere dirigir él solo la política, la economía, los medios de comunicación, todo”.

De sus sombras surgen dos argumentos contra los inmigrantes procedentes de Oriente Medio: o son unos aprovechados o son terroristas en potencia.

Lo que viene

“Lo que Hungría se jugó en las elecciones era optar por una democracia o un realineamiento con Putin y los autoritarios ascendentes del siglo XXI”, dijo Michael Ignatieff, presidente y rector de la Universidad Central Europea de Budapest, una institución respaldada por George Soros que Orbán ha amenazado con cerrarla repetidamente.

La nostalgia es una de las especialidades de Orban, por lo que apelar a un pasado cristiano blanco y desaparecido ha sido durante mucho tiempo uno de los pilares de su retórica.

En el imaginario retórico de Orbán se encuentra una invasión extranjera por turcos, austríacos y rusos, dijo Imre Kovách, un experto en dinámica social doméstica en la Academia Húngara de Ciencias en Budapest.

Los detractores temen que Orbán aproveche su tercer periodo consecutivo y el control de dos tercios que el partido Fidesz tenga en la legislatura nacional de Hungría para intensificar sus ataques contra la inmigración y fortalecer su autoridad sobre la estructura centralizada del poder en el país.

Entre los posibles objetivos de Orbán figuran los restantes medios de comunicación independientes, los tribunales que han emitido fallos que han disgustado al gobierno y una universidad financiada por el multimillonario Soros.

Fidesz logró junto a su pequeño socio demócrata cristiano más de dos tercios del Congreso. Así que tiene el camino libre para pregonar su odio a los inmigrantes.