Moultrie, Georgia. El niño se encontraba de pie junto a la ventana con sus puños apretados, viendo caer una fuerte lluvia sobre el jardín. Se encuentra en la Casa Guadalupe. Tres meses antes, el chico de cinco años y su padre habían huido hacia Estados Unidos debido a las amenazas de muerte recibidas en su país, Guatemala.

Los agentes de la Patrulla Fronteriza enviaron a su padre a una cárcel especial de inmigración mientras que al niño, de nombre Adonías, lo llevaron a un albergue para niños en Chicago.

Durante 10 semanas estuvieron separados. Ahora, el padre le pregunta a Adonías qué le sucedió durante ese tiempo.

Sabía, gracias a la existencia de algunas denuncias, que a Adonías le habían inyectado algo que le producía sueño cuando se portaba mal: acusaciones que las autoridades estatales y federales están investigando.

La administración del albergue llevó a cabo su propia investigación y niega rotundamente cualquier acto de este tipo, y los registros médicos del niño, proporcionados por su abogado con el permiso de sus padres, no muestran inyecciones de nada excepto vacunas.

Pero una evaluación psicológica que se le aplicó de manera independiente antes de su liberación del albergue, reveló que estaba “exhibiendo signos de trauma cuando observa una jeringa (de juguete)”.

El caso de Adonías es emblemático porque representa las preocupaciones sobre el trato que se le da a miles de niños migrantes, especialmente los que fueron separados de sus padres en la frontera de México.

En las últimas dos semanas se presentaron dos demandas de abuso sexual a niños de seis y 14 años en albergues de Arizona. Por otra parte, un juez federal ordenó a los administradores de un albergue de Texas suspender la aplicación de medicamentos psicotrópicos sin la autorización de sus padres o de un tribunal.

¿Adonías pudo haber sido drogado?, se pregunta su padre, un albañil de 30 años que pidió no ser identificado por temor a represalias.

Pero el niño de 20 kilos y de nombre bíblico no ha querido hablar sobre su estancia en un albergue de Chicago. Ahora se encuentra junto a su padre en la Casa Guadalupe, un espacio habitacional tipo refugio. Mientras miraba hacia el jardín, le brotaron lágrimas de sus largas y oscuras pestañas. De repente, levantó un pequeño puño y golpeó el cristal con fuerza.

“Adoníaas, no”, dijo su padre.

Pero el chico golpeó la ventana de nuevo.

“Adoníaas, no”.

Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo.

“Todavía estoy demasiado triste”, dijo entre sollozos. “Quiero estar solo”.

Adonías gritó y golpeó con sus puños a los agentes de la Patrulla Fronteriza, recordó su padre, cuando fueron separados dentro de un centro de detención de Arizona.