ATENAS – Había una vez, en el antiguo reino de Lidia, un pastor llamado Giges, quien encontró un anillo mágico que, cuando lo hacía girar en su dedo, lo volvía invisible. Giges entró entonces sin ser visto en el palacio real, sedujo a la reina, asesinó al rey y se instaló como soberano. ¿Si descubrieras un anillo como ese, u otro dispositivo que otorgara un poder exorbitante, preguntó Sócrates, sería sensato usarlo para hacer o tener todo lo que se te ocurra?

El reciente anuncio de Mark Zuckerberg de un fabuloso metaverso digital que nos aguarda a los seres humanos otorga nueva pertinencia a la respuesta de Sócrates: La gente debiera renunciar al poder excesivo y, específicamente, a cualquier dispositivo que pueda concedernos demasiados de nuestros deseos.

¿Estaba Sócrates en lo cierto? ¿Renunciaría la gente razonable al anillo? ¿Debiera hacerlo?

Los propios discípulos de Sócrates no estaban convencidos, Platón cuenta que pensaban que casi todo el mundo sucumbiría a la tentación de manera muy similar a lo que hizo Giges. ¿Pero pudo haberse debido eso a que el anillo de Giges no era lo suficientemente poderoso y, por lo tanto, no inducía suficiente temor? ¿Podría el mero hecho de pensar en usar un dispositivo mucho más poderoso que un anillo que solo nos vuelve invisibles darnos escalofríos, como recomendaba Sócrates? En ese caso, ¿qué haría ese dispositivo?

El anillo le permitía a Giges derrotar a sus rivales físicamente, eliminando así muchas restricciones que se interponían entre él y sus deseos. Pero si bien la invisibilidad le permitió matar a los guardias del rey, distaba mucho de eliminar todas las restricciones que enfrentaba Giges. ¿Qué pasaría si hubiera un artefacto, llamémoslo el Dispositivo Liberador, que eliminara todas las restricciones que nos impiden hacer lo que se nos ocurre? ¿Cómo sería la existencia sin restricciones cuando activáramos ese Dispositivo Liberador?

Podríamos volar como los pájaros, viajar a otras galaxias en un instante y realizar hazañas que experimentaríamos dentro de los universos diseñados por talentosos desarrolladores de videojuegos... pero eso no sería suficiente. Una de las restricciones más crueles es el tiempo: nos obliga a renunciar a leer un libro mientras nadamos en el mar o miramos una obra de teatro. Entonces, para eliminar todas las restricciones, nuestro Dispositivo Liberador teórico debiera permitir experiencias infinitas y simultáneas. Persistiría, de todas formas, una restricción final (tal vez la más desconcertante): otra gente.

Cuando Jill quiere hacer montañismo con Jack, pero Jack ansía una caminata romántica por la playa, Jack es una restricción para Jill, y viceversa. Para quitarles las restricciones, el Dispositivo Liberador debiera permitir a Jill ir a la montaña acompañada por un dispuesto Jack, mientras Jack pasea con una versión de ella, contenta, por la playa. Nos permitiría habitar el mismo mundo virtual, pero experimentar nuestras interacciones mutuas de manera diferente. No solo crearía simplemente un universo de dicha sino, de hecho, un multiverso de placeres infinitos, simultáneos y superpuestos.

En otras palabras, no solo nos liberaría de la escasez, sino de lo que otra gente nos hace, y espera o desea de nosotros. Cuando eliminemos todas las restricciones, solucionemos todos los dilemas y erradiquemos todas las alternativas mutuamente excluyentes, tendremos satisfacción ilimitada al alcance de la mano.

No es muy difícil imaginar a Zuckerberg salivando ante la idea de un dispositivo de ese tipo. Sería la versión definitiva del metaverso en el que quiere sumergir a los más de 2,000 millones de usuarios de Facebook. Puedo imaginarlo dejándonos probar una cornucopia de placeres por un instante, gratis... apenas lo suficiente como para que queramos más. A partir de ese momento cobraría a los usuarios en consecuencia. Cada nanosegundo de inmersión en este multiverso produciría enormes placeres múltiples, por los que nos cobraría una y otra vez. Antes de que pasara mucho tiempo, la capitalización de Meta, la empresa que ahora es dueña de Facebook, eclipsaría a las de todas las demás corporaciones juntas.

Que nuestros tecnólogos estén a punto o lejos de inventar el Dispositivo Liberador es irrelevante, como lo es el hecho de que el anillo de Giges fuera mítico. La pregunta de Sócrates, que descansa sobre estos dos dispositivos de ciencia ficción, uno antiguo y otro moderno, sigue siendo central: ¿Es sensato ejercer un poder exorbitante sobre los demás, y sobre la naturaleza, para satisfacer nuestros deseos?

A las grandes empresas de tecnología y los defensores del libre mercado no les molesta: ¿cuál es el problema con la alegría? ¿Por qué nos opondríamos a experiencias simultáneas que satisfagan nuestros deseos más profundos? ¿Por qué está mal que Mark Zuckerberg gane dinero si hay quienes quieren pagarle para que los libere de todas las restricciones?

La respuesta de Sócrates sigue siendo tan adecuada hoy como hace 2,500 años: el precio que se paga por ejercer un poder excesivo es un alma desordenada, esto es, la infelicidad extrema. Independientemente de que seas un cliente en busca del control absoluto de tus sentidos dentro de un multiverso creado por algún dispositivo, o Zuckerberg en pos de apropiarse del reino digital en el que pronto habrá miles de millones de personas sumergidas, tu miseria está garantizada. Para tener una vida exitosa debemos poder superar nuestra sed de poder. Esto presupone entender que el poder, en manos de seres contradictorios como nosotros, es una peligrosa espada de doble filo.

El poder excesivo atenta contra sí mismo y hasta es contraproducente, porque ansiamos la interacción con otras mentes a las que no podemos controlar, aun cuando ansiemos controlarlas.

Cuando otros hacen lo que no queremos que hagan, nos sentimos desilusionados, enojados o tristes; pero en el instante en que los controlamos por completo, su consentimiento no nos ofrece ningún placer y su aprobación no aumentaría nuestra autoestima.

Aprender a entender que el control es una ilusión es difícil, especialmente cuando estamos preparados para sacrificar casi todo y pagar casi cualquier precio para controlar a los demás. Pero, si queremos evitar que otros -Zuckerberg, por ejemplo- nos controlen, es una lección que debemos aprender.

Sócrates estaba muy interesado en evitar que cayéramos en la tentación del anillo mágico y por eso señalaba la infelicidad de Giges. En la actualidad, con el tecnofeudalismo y varios metaversos inmersivos en camino, su advertencia es más relevante que nunca. Como en la antigua Atenas, la tarea complicada es empoderar al demo sin sucumbir a la tentación del poder.

*El autor es exministro de Finanzas de Grecia, es dirigente del Partido MeRA25 y profesor de Economía en la Universidad de Atenas.