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Finanzas Personales

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Angus Deaton y la dificultad (y conveniencia) de cambiar de opinión

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Raúl Martínez Solares | Economía conductual

Raúl Martínez Solares

“La dificultad no reside en las ideas nuevas, sino en escapar de las viejas”. John Maynard Keynes, economista.

Es una constante de la conducta humana que nos cueste trabajo admitir que estamos equivocados. Fenómenos como el sesgo de confirmación y la incomodidad que nos provoca la llamada disonancia cognitiva, nos llevan a sostener una postura aun cuando la evidencia apunta en contra.

Precisamente por ello, resulta de suma relevancia una publicación de Angus Deaton, quien fue galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2015 por sus contribuciones al análisis del consumo, la pobreza y el bienestar.

En el ensayo “Rethinking My Economics”, publicado en la revista Finance & Development del Fondo Monetario Internacional, Deaton (quien es, en términos académicos, un economista ortodoxo) revisa creencias o posturas que hoy ya no considera válidas, enumerando, una por una, las ideas económicas en las que ha cambiado de parecer.

La lista es larga y, por cómo la desarrolla Deaton, es una reflexión incómoda. Reconoce primero que la profesión económica no previó la crisis financiera de 2008 y que quizá contribuyó a ella por una fe excesiva en la eficiencia de los mercados. Conviene recordar que el propio Ben Bernanke, quien presidió la Reserva Federal de Estados Unidos entre 2006 y 2014, reconoció que las fallas de regulación y supervisión permitieron las conductas del sector financiero que desembocaron en la crisis. Y fue Alan Greenspan, su antecesor, quien admitió ante el Congreso en 2008 el error de haber confiado en que el propio interés de las instituciones financieras bastaría para protegerlas: una sobrevaloración casi dogmática de su racionalidad y autocontrol.

También admite que los economistas se centraron fundamentalmente en la eficiencia y, con ello, dejaron de pensar en la ética y en qué significa realmente el bienestar económico de una sociedad, confundiéndolo con el ingreso o el consumo. De acuerdo con su reflexión, el análisis económico tradicional dejó fuera algo decisivo: el poder. Cuando se da por hecho que los mercados son libres y competitivos, se pierde de vista quién fija en realidad los precios y los salarios; y sin entender el poder, la desigualdad resulta casi imposible de explicar.

En otros temas concretos, Deaton reconoce que durante años vio a los sindicatos como un estorbo para la eficiencia y celebró su declive; pero ahora reflexiona sobre cómo su desaparición ayuda a explicar la caída de la participación salarial y la brecha creciente entre niveles altos y bajos en las empresas y organizaciones.

Fue un entusiasta del libre comercio, pero ahora duda de que sus beneficios hayan alcanzado a los trabajadores, y eso explica por qué en las últimas décadas se cuestiona la distribución de los beneficios de la expansión económica.

En el caso de México, conviene recuperar esa visión en un debate de las últimas décadas: la posibilidad de elevar el salario mínimo. Durante décadas, el consenso de los economistas ortodoxos fue que subir los salarios de golpe dañaría el empleo formal. Sin embargo, entre 2018 y 2025, el salario mínimo general pasó de 88.36 a 278.80 pesos diarios, un aumento superior al 100% en términos reales, sin que se manifestaran muchos de los temores inflacionarios y el problema de informalidad existente desde hace décadas no creció de forma significativa.

En el estudio “Efecto del salario mínimo en el empleo en México (2018-2024)”, de Campos Vázquez y Chiguil-Rojas, no se encontró evidencia de pérdidas significativas de empleo formal después de los aumentos al salario. Ello no implica que el salario mínimo pueda subir sin fin sin generar efectos adversos, pero lo que mostró es que desequilibrios muy profundos pueden ser corregidos parcialmente sin que automáticamente se presenten los efectos negativos que anticipa la economía ortodoxa.

La reflexión de Deaton reivindica el efecto del poder en la distribución del ingreso; también merece ser analizado para nuestro país, donde la remuneración de los asalariados apenas representa el 30% del PIB (de acuerdo con el INEGI), una proporción baja que solo en años recientes ha comenzado a recuperarse.

La reflexión que podemos sacar de esta revisión de Deaton no es que el incremento permanente del salario mínimo no genere potencialmente otros efectos (cuando no está relacionado de alguna manera con incrementos en la productividad), ni que los mercados siempre se equivocan. Ello implicaría, como ocurre con frecuencia, cambiar un dogma por otro. Sostener las convicciones con firmeza, pero conservar la disposición a revisarlas cuando los datos insisten en lo contrario, es quizá la actitud más sensata frente a fenómenos que cambian sin aviso.

En política económica, donde cada visión de la certeza económica impacta los empleos y los salarios, y tiene un efecto directo sobre el bienestar de los hogares, esa disposición a rectificar no es una debilidad. Es la forma más madura de mantener el rigor en el análisis de los fenómenos económicos.

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Raúl Martínez Solares

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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