En la teoría económica clásica, una persona que se enfrenta a una decisión que implica elegir entre varias opciones, cuando tiene a su alcance la información necesaria, siempre tomará la decisión que le genere el máximo beneficio.

Pues como en otros casos que hemos comentado, eso casi nunca es así. ¿Por qué? Porque los seres humanos enfrentamos muchos obstáculos cuando tomamos este tipo de decisiones.

Por ejemplo, la información puede ser perfecta en abstracto pero ello no implica que todos siempre la entendamos y la podamos valorar de manera adecuada, conforme a nuestra circunstancia particular, al tomar una decisión. Eso ocurre, por ejemplo, cuando a un inversionista se le pide que, dentro de una serie de opciones, elija para determinar el tipo de portafolios que requiere. En la mayoría de los casos, la realidad es que la decisión es finalmente tomada por quien representa al medio de inversión, ante la incapacidad técnica real de la mayoría de nosotros para decidir.

En un estudio que se realizó por los economistas Cronqvist y Thaler sobre la reforma y privatización al sistema de pensiones en Suecia, se encontró que las decisiones de las personas respecto de a qué administradora de pensiones pertenecer, estuvieron motivadas más por factores externos a la información ideal -como la publicidad- que por un análisis puntual de los datos que se pusieron a disposición de las personas.

Para aquellos que a veces me dicen que eso aplica para otras partes del mundo, porque en México somos diferentes , lamento decirles que somos mucho menos diferentes que lo que nuestro exacerbado nacionalismo nos hace creer, y muchas de las conclusiones del estudio sobre Suecia podrían haber sido extraídas de un estudio sobre las afores en México.

El principio económico clásico supone además que las personas sabemos lo que nos conviene, y ello tampoco es verdad la mayor parte del tiempo. Todos estamos sujetos a sesgos en nuestra decisión, producto de nuestra percepción de lo que es correcto o incorrecto, y de elementos del entorno que inciden en nuestra visión de lo que es bueno o malo. Un ejemplo lo constituye el fuerte apoyo de ciertos sectores de ingreso medio y bajo de la población en Estados Unidos -que son base del movimiento ultraconservador conocido como Tea Party- a políticas contrarias al establecimiento de impuestos a los más ricos o a la creación de programas sociales a cargo del gobierno que directamente serían en su beneficio. Más allá de discutir la viabilidad de estas políticas en abstracto, existe un sesgo ideológico que los hace oponerse a medidas que serían en su beneficio.

Cuando tenemos enfrente varias alternativas, existe además un sesgo que nos lleva a postergar las decisiones. El exceso de información y la imposibilidad para digerirla y asumir un compromiso a través de una decisión genera un efecto de, si se me permite la expresión, conejo lampareado a mitad de la carretera . Ello se encuentra vinculado con lo que en economía conductual se conoce como sesgo de status quo, que se refiere a que las personas, en caso de duda, preferimos dejar las cosas como están aunque el estado actual de cosas no nos convenga.

MÁS ATENCIÓN A LO MÁS VALIOSO

En nuestro país, además, se presenta un fenómeno detectado también en el estudio sueco: el tamaño de la contribución que realiza cada persona y el tamaño de su cuenta están directamente relacionados con el nivel de análisis e involucramiento con la decisión. Las personas ponemos más atención y analizamos más aquello que percibimos que vale mucho y menos a lo que no le asignamos un valor significativo. Y como en México es evidente que el nivel de aportaciones que se hace a las afores es sumamente bajo, ello contribuye a generar una percepción de que pertenecer a una afore es una venta sin desembolso ; aparentemente, la decisión de estar en una u otra afore no nos costó. No me declaro contrario al sistema privado de pensiones, por el contrario, creo que es la única alternativa viable, pero debemos conocer en qué entorno de decisión realmente opera si queremos mejorarlo.

*El autor es politólogo, mercadólogo y especialista en economía conductual. Es Director General de Mexicana de Becas, Fondo de Ahorro Educativo.