Todas las personas vivimos de manera distinta y tenemos diferentes sentimientos y emociones hacia el dinero. Por lo tanto, las decisiones de inversión son muy personales y únicas.

Sin embargo, existen algunos principios básicos de inversión que se aplican a la mayoría de las personas, como son:

1- Tener liquidez para afrontar una emergencia: Todas las personas deberían tener una reserva o fondo para contingencias en instrumentos de alta liquidez, mucha seguridad, y que paguen rendimientos por encima de la inflación.

Idealmente este fondo debe contar con un mínimo de tres meses de gasto familiar corriente, aunque dependiendo de nuestra situación debería contener un mínimo de seis meses para cubrir cualquier contingencia.

2- Elegir instrumentos de inversión que estén de acuerdo con nuestros objetivos: Las metas definen el horizonte (plazo) de nuestra inversión, nuestras necesidades de liquidez y el riesgo (volatilidad en el valor del portafolio) que podemos asumir. Es tan malo invertir de manera agresiva para el corto plazo, como hacerlo de manera demasiado conservadora para metas de muy largo plazo.

3- En inversiones de muy largo plazo (más de 10 años): conviene tener una pequeña porción (por lo menos la décima parte de nuestro portafolio), inversiones en empresas (acciones). Ellas nos protegen de la inflación y hacen crecer nuestro portafolio a un ritmo acelerado.

4- Monitorear de forma constante el desempeño de sus inversiones y efectuar cambios cuando sea necesario: Nuestro plan financiero es dinámico y las necesidades que tenemos van cambiando. Sin embargo, hay que hacerlo bien, manteniendo en todo momento la perspectiva. En estrategias de inversión a largo plazo, el hecho de que el precio de una acción o que el índice inflacionario baje, no es una razón por sí misma para vender. Pero sí lo es el hecho de que las variables las cuales nos hicieron elegir esa inversión hayan sufrido modificaciones que nos permitan determinar que es mejor no tener más ese instrumento en nuestro portafolio.

5- Invertir de acuerdo con la etapa de vida: No es lo mismo estar iniciando nuestra vida laboral, que estar al borde de nuestro retiro. No tenemos las mismas necesidades cuando estamos disfrutando nuestra juventud, que cuando nos casamos. Es decir, en qué etapa de nuestra vida nos encontramos, y qué necesidades surgen a partir de ella.

Pensemos por ejemplo, que vamos a tener a nuestro primer hijo. La vida cambiará radicalmente y esto implica reasignar nuestro presupuesto hacia los gastos que implica el pequeño: pañales, biberones, ropa, vacunas, alimentos etcétera. Pero no sólo eso: en un mediano plazo el niño comenzará a ir a la escuela y más a futuro, esperemos, irá a la universidad.

Para muchos padres, entonces, es posible que en ese momento les surja una nueva meta de vida: el garantizar que, llegado el momento, tengamos fondos disponibles para pagar su carrera universitaria. Esto se puede lograr de muchas formas: desde la contratación de un seguro para la educación, hasta la formulación de un plan de ahorro específico para tal efecto.

Por otro lado, simultáneamente puede darse una oportunidad para comprar un departamento y dejar de pagar renta. ¿Podremos con ambos compromisos, sin nuestro ahorro para el retiro? ¿Tendremos que posponer una de esas metas?

Ese es el tipo de decisiones que las distintas etapas de nuestra vida nos obligan a tomar y que influyen de manera determinante en la forma como invertimos nuestros recursos.

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