Nunca habían tenido a su cargo una obra de esa magnitud y menos siendo de carácter civil, pero el llamado a construirla no fue del todo una sorpresa.

“Como ingenieros militares constructores, estamos conscientes de que hacer planes personales al margen de la vida militar es complicado. Hoy estamos aquí y mañana no lo sabemos, no sabemos cuál será la nueva obra que nos será encomendada y a dónde nos llevará”, relata el teniente coronel ingeniero constructor Raúl Roldán, residente del frente 19 de la obra del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), en la base aérea militar de Santa Lucía.

Sin embargo, el teniente Roldán, responsable del frente encargado de la construcción de la pista militar del AIFA, sabe que levantar un aeropuerto civil de esa envergadura no es cosa de todos los días y menos para el ejército.

Reconoce que la construcción del aeropuerto es algo nuevo para el cuerpo constructor castrense —regularmente concentrado en infraestructuras militares—, pero eso no significa que el trabajo sea imposible y menos aún que vaya a ser ejecutado con demoras o baja calidad.

“Cumpliremos la misión. El aeropuerto estará listo en tiempo y con la calidad que se requiere”, repite con aplomo cada vez que se le plantea el escepticismo sobre la idea de terminar la primera fase de la obra el 21 de marzo del 2022, como ha prometido el presidente Andrés Manuel López Obrador.

“Cumpliremos la misión” es el lema del Agrupamiento de Ingenieros Santa Lucía. La frase está plasmada en el escudo que, ex profeso, se diseñó para identificar al grupo de militares que tiene a su cargo la edificación del Aeropureto Internacional Felipe Ángeles.

En la tradición militar, los agrupamientos tienen un lema con el propósito de sintetizar en una sola frase la filosofía del grupo y el ánimo de su función.

En sus reuniones, es prácticamente una regla que, tras la arenga de un mando militar, los miembros del agrupamiento respondan coreando vigorosamente el lema al unísono, lo que sirve para afirmar la identidad y cohesión del grupo, además de alentar el desempeño de las tareas encomendadas.

Mientras muestra a El Economista los avances de la pista militar del aeropuerto, en una fría mañana de diciembre, el teniente coronel Roldán explica que los horarios de trabajo normales de la obra son de las 8 de la mañana a las 6 de la tarde, pero abundan las horas extra y turnos dobles, pues “tenemos el compromiso y la responsabilidad de terminar la obra en el periodo que nos ordenó el señor presidente”.

“No habíamos tenido una obra de esta magnitud. Para mí es muy gratificante estar considerado en este tipo de proyectos, que la Sedena nos escoja, es un honor. Estamos aprendiendo muchas cosas de nuestro general y de coroneles que nos transmiten su experiencia para sumar al proyecto”, asevera.

Al insistirle sobre la limitada experiencia del ejército en obras aeroportuarias, el teniente Roldán refiere la tradición de la ingeniería militar como un activo: “los constructores militares eran los grandes constructores de este país antes de la consolidación de las escuelas civiles (…) muchas de éstas, como el Instituto Politécnico Nacional, contaron en su fundación con ingenieros militares”, remata.