“En el conurbano bonaerense y otras zonas del país, de cada cuatro chicos que se sientan a la mesa, solo uno come todos los días”. La frase desgarradora, pronunciada por el titular del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina, Agustín Salvia, exhibe un drama cuyos orígenes van mucho más allá de los tiempos del coronavirus, aunque en situación de pandemia y, a partir de las disposiciones oficiales, encuentra su máxima expresión.

Ahora nos preparamos para el fin del otoño y las primeras semanas de invierno, luego de aplicar un confinamiento interrumpido que contrajo la segunda ola de contagios en el Área Metropolitana de Buenos Aires —ahora expuesta con virulencia en Córdoba y Santa Fe, entre otros distritos—, pero que devolvió a la superficie las dificultades socioeconómicas que generan las restricciones a la actividad.

El levantamiento de la prolongada cuarentena que el año pasado derrumbó al Producto Interno Bruto un 9.9%, permitió que el país iniciara un lento proceso de recuperación, particularmente en el sector industrial. Etapa que se interrumpió el mes pasado con el país instalado un escalón más abajo y ahora muestra señales de nuevo retroceso, según las consultoras privadas.

Un rebote que en su trayecto ascendente no alcanzó a todos, dado que algunas actividades no tuvieron la posibilidad de dejar atrás la etapa de restricciones, tales los casos del turismo, el entretenimiento, la hotelería y la gastronomía, con el terrible resultado que eso trajo aparejado.

Por las restricciones, solo entre hoteles y establecimientos gastronómicos se cerraron 11.800 fuentes de trabajo hasta el mes pasado. Y el turismo perdió 226 empleos por día, según informes de las cámaras del sector.

Más aún, el empleo formal en el sector privado mostró hasta marzo último una reducción interanual de 100,000 puestos con algo de recuperación incorporada, por lo que la cifra que podría agravarse con las nuevas restricciones.

El dato exhibe uno de los orígenes del crecimiento de la pobreza en el país. Hoy el sector privado tiene poco más de 5 millones 800,000 empleados formales, la misma cantidad que hace 10 años. Y el salario pierde contra la inflación.

“La pobreza sin IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) y Tarjeta Alimentar (un programa alimentario para niños y adolescentes) hubiera llegado al 50%, pero su incidencia la reduce al 44%. Ningún programa social va a sacar a la gente de la pobreza sino el trabajo”, remarcó Agustín Salvia del Observatorio Social. Sin embargo, la mayor presión impositiva a nivel nacional, provincial y municipal en momentos en que la posibilidad de generar ingresos se ve restringida por el covid-19 atenta contra ello.

Las industrias, empresas y comercios paran o reducen actividad cuando el Gobierno lo dispone o se produce algún contagio entre empleados. Y con mayores obligaciones fiscales y costos crecientes por la inflación, la posibilidad de tomar nuevos trabajadores y aumentar salarios corren desde atrás. Es necesario cambiar esa realidad para tener un futuro. Si no sólo la “fábrica de hacer pobres” seguirá funcionando a toda capacidad.