Si hoy alguien lee que Randy Arozarena no pensaba en ser beisbolista, pensaría que es una broma.

Pero quienes lo conocieron en su infancia en la localidad de Arroyos de Mantua (Pinar del Río, Cuba), saben que Randy pintaba para ser figura en el futbol. También practicaba atletismo y gimnasia, debido a su potencial físico.

“No creí que iba a ser beisbolista, yo solamente me desempeñaba en varios deportes en Cuba y jugaba muy bien”, relató el ahora jugador de los Rays de Tampa Bay en una entrevista para un medio digital del sur de Sonora en diciembre de 2017.

Con la mirada en el cielo y un tono de voz tímido, cuenta que su ingreso al ‘rey de los deportes’ se dio porque un entrenador lo vio jugando futbol y lo invitó: “el equipo de pelota me pidió prestado para acompañar a los beisbolistas. El entrenador de futbol me cedió y desde ahí el beisbol me gustó mucho”.

Así empezó, representando a su provincia hasta ascender a una selección nacional. Tenía apenas 16 años cuando jugó su primer mundial, justo en México, el país al que, nueve años después, anhela poder representar.

Y es que para ser nombrado Jugador Más Valioso (MVP) de la Serie de Campeonato 2020 de la Liga Americana, Randy tuvo que naufragar entre incertidumbre y nostalgia, partiendo de su país natal en un viaje de ocho horas en lancha. Era el 2015. Su edad: 20 años. Su salario: cuatro dólares mensuales. Su sueño: las Grandes Ligas. Su primera parada: Isla Mujeres, México.

El inicio de una nueva patria

Se estableció en Mérida, Yucatán, y ahí reactivó sus dotes en el beisbol, enrolándose primero con Oxkutzcab de la Liga Naxón Zapata y luego con Senadores de la Liga Meridiana de Beisbol. “Es un gran ser humano, siempre busca ayudar a los demás y esa humildad seguramente le dará más éxitos en su vida”, comentó Raúl Ortega, un scout que lo conoció en Mérida, vaticinando los logros de Randy.

Fue en Yucatán cuando Guillermo Armenta, director de ligas menores de los Toros de Tijuana, quedó impactado con el cubano: “corría como un rayo, desde que lo vi supe que tenía las cualidades para llegar a Grandes Ligas”, recuerda en entrevista para la Liga Mexicana de Beisbol (LMB).

Lo invitó a la academia de los Toros, pero Randy no estaba convencido por la diferencia de clima entre Mérida y Tijuana:  “si quieres evolucionar y ser parte de un programa de alto rendimiento, tenemos que ver la forma de que llegues a Tijuana”, le advirtió Armenta. Así que en ese mismo 2015, Randy viajó de Yucatán a California, pero ya no en lancha. El horizonte eran las Grandes Ligas.

El ‘cohete cubano’, como se le conoce en la actualidad, destacó entre ligas juveniles hasta que llegó su contrato el 24 de septiembre de 2016. Tijuana le sirvió para madurar el físico, la técnica, pero sobre todo para que “todos los equipos lo vieran”, recuerda Armenta, por eso alineaba los sábados y domingos: “No tenía el poder que estamos viendo. Siempre tuvo una habilidad para batear pero no con esa fuerza”, agrega.

Así, en 2017 llega a los Mayos de Navojoa de la Liga Mexicana del Pacífico (LMP), donde jugó tres inviernos consecutivos y se sintió “como en familia, como un mayo más”. Incluso, ahí le regalaron unas botas que presumió años después en las Grandes Ligas: “muchos me preguntan cuál es mi receta para pegarle duro a la pelota y ya no puedo ocultarlo más. La respuesta son las botas del poder made in Navojoa”, publicó en su cuenta de Facebook.

Se sentía tan cómodo en territorio sonorense que, con 22 años, se definía con la palabra humildad: “voy a ser el mismo siempre, donde quiera que esté”.

En 2019 llegó su ansiado objetivo: el debut en Grandes Ligas con los Cardenales de San Luis y, apenas un año después, se ha convertido en uno de los jugadores estelares de la Serie Mundial, donde su equipo, el modesto Tampa Bay (nómina número 28) enfrentará a los poderosos Dodgers (nómina número 2).

“Emocionalmente siempre ha sido una persona muy estable. Es maestro de educación física, un atleta muy objetivo y razonable, lo que es fundamental para el nivel en el que se encuentra ahora”, señaló Guillermo Armenta, aquel directivo de Toros de Tijuana que le pidió que caminara de manos para darle su primer contrato. Y Randy lo hizo. Quizá con el impulso de perder a su padre de forma inesperada a los 19 años.

Ahora el impulso de Arozarena es su hija Lía, nacida en México en 2018, un impulso que lo ha llevado a iniciar sus trámites de naturalización para ser ciudadano mexicano y representar a su nueva patria en un torneo internacional.

Además de su pequeña y sus botas del poder made in Navojoa, Sonora, se conecta con México porque tiene un hermano futbolista en Chiapas (portero en Cafetaleros, club que disputa la Tercera División) y por el agradecimiento hacia las tres ciudades que confiaron en él antes de llegar a una Serie Mundial: Mérida, Navojoa y Tijuana. El chico que llegó en lancha a Isla Mujeres es una realidad de Serie Mundial.

fredi.figueroa@eleconomista.mx