No se dude: la sangre española corre por nuestras venas mexicanas. De algún lado, tuvimos que sacar esa violencia para gritarle insultos al televisor y esa capacidad para sentirnos derrotados.

Estoy en el Centro Histórico, en un restaurante español donde todo es rojo. Rojas las playeras, rojo el vino mañanero, rojos los rostros achispados por el alcohol y la furia.

Tomemos la estampa del segundo después del silbatazo final del España-Suiza. Congelemos la cámara: dos jóvenes güeros y cachetones forman la sílaba jo , un tipo gordo (que todo el partido estuvo aupando a la Furia) estrella la taza de café, una mesa de viejos conocedores se ve tranquila pero todos con la cabeza baja (quizá para ellos la sorpresa era que ahora sí España fuera protagonista).

Si hubieran visto este lugar dos horas antes, habrían visto a 40 personas con acento ibérico haciendo un despliegue nacionalista digno de guerra. En este sitio está la ieja guardia, sobrevivientes del exilio y españoles de segunda generación. Hoy, aquí hay una mezcla de jóvenes, hombres de mediana edad y ancianos.

Pedro, español, dice que esto es nuevo. Antes ver a la Selección era cosa de viejos, pero eso cambió con la Euro . ¿Van a ganar hoy? Seguro llegamos a la final con Brasil o con Alemania y vencemos , dice.

Al final del juego, Pedró justifica: Qué te digo, Suiza nos ha destruido. Espero que no encontremos a Brasil en octavos .

Hoy Suiza le dio chocolatito a los ibéricos. Un buen jarabe de palo con salsa de ubicatina. Para ser campeones, tendrán que sobreponerse a este ambiente ominoso.