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Bistronomie

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Oreo y su receta global que se ajusta al paladar mexicano sin perder identidad

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Detrás de una de las galletas más vendidas del mundo hay paneles de consumidor, reformulaciones técnicas y una estrategia que permite que un producto global se adapte a cada mercado sin romper su ADN.

Diego López

En la industria global de alimentos, pocas marcas logran el equilibrio entre estandarización y adaptación local. El reto es mayor cuando se trata de productos icónicos que forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. La pregunta es inevitable: ¿cómo mantener intacta una receta centenaria y, al mismo tiempo, ajustarla a los gustos, regulaciones y tendencias de cada país?

En el caso de Oreo, la respuesta está en la calibración. “Una Oreo es una Oreo: galleta de cacao con crema sabor vainilla. Lo que hacemos es ajustar notas, encontrar el balance perfecto entre chocolate y vainilla, pero sin tocar el ADN”, explica Miguel Merino, Director de Marketing Excellence en Mondelēz International México, en entrevista exclusiva con Bistronomie.

Lo que parece una simple galleta es, en realidad, el resultado de una maquinaria global que produce cerca de 40 mil millones de unidades al año —equivalentes a 92 millones de galletas al día— distribuidas en más de 100 países. Si se colocaran una sobre otra, podrían rodear el planeta cinco veces. Y, sin embargo, ninguna es exactamente igual en todos los mercados.

Ajustar el azúcar sin perder el ADN

El consumidor contemporáneo ya no es el mismo que hace 20 años. Las etiquetas frontales, la discusión pública sobre el consumo de azúcar y la búsqueda de equilibrio nutricional han transformado el entorno competitivo de la industria de snacks. México no es la excepción.

En ese contexto, Oreo lanzó el año pasado lo que denominó “la Oreo más deliciosa jamás probada”. El cambio no fue cosmético. Se revisó la fórmula, se ajustó el balance entre cacao y vainilla y se optimizó la experiencia sensorial, con base en paneles de consumidores locales.

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Galletas OreoCortesía

“La experiencia empieza en el producto. La comunicación amplifica, pero el centro siempre es la galleta”, señala Merino. “Siempre estamos escuchando al consumidor. Si hay algo que mejorar, lo hacemos”.

En términos técnicos, esto implica microajustes en percepción de dulzor, textura de la crema y notas aromáticas. No es una transformación radical, sino una ingeniería de precisión que busca responder al paladar mexicano sin romper la identidad global. Porque el dulzor no es sólo una variable química; es una construcción cultural.

El ritual como activo de marca

En un mercado saturado de galletas, Oreo posee un diferenciador poco replicable: el ritual. “Oreo es la única marca de galletas que tiene un ritual. Abrirla, separarla y sumergirla en leche. Muchas marcas matarían por tener algo así”, afirma Merino.

El ritual no es un detalle anecdótico. Es un activo de marca que ha permitido que la galleta se mantenga vigente durante más de un siglo. El próximo 6 de marzo cumplirá 114 años desde su lanzamiento en Nueva York, donde aún se conserva en la primera fábrica una barda con el primer anuncio original.

Incluso su nombre tiene una historia: proviene de una flor llamada Oreo Dafne. Más allá del origen, el ritual ha sido el puente entre generaciones. Es el punto donde convergen nostalgia, experiencia sensorial y cultura popular. En términos de negocio, es un diferenciador estructural.

 El gigante de los snacks que piensa en clave local

Mondelēz International se posiciona hoy como la compañía de confitería más grande del mundo por ventas netas. Su liderazgo es transversal dentro del mercado global de snacks: ocupa el primer lugar en galletas, el segundo en chocolate, el tercero en bocadillos horneados y el cuarto en barras de snack, consolidando un portafolio que domina múltiples categorías estratégicas a nivel internacional.

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Miguel Merino, Director de Marketing Excellence en Mondelēz México.Cortesía

Dentro de ese portafolio, Oreo es su marca insignia y una de las más rentables. Genera alrededor de 100 millones de dólares en ventas anuales y es considerada la galleta favorita del mundo. Sin embargo, la escala no significa homogeneidad.

“Tenemos marcas globales, pero buscamos que tengan una relación íntima con el consumidor mexicano. No imponemos; interpretamos”, explica Merino. “Lo que funciona en un mercado puede necesitar ajustes en otro”.

En México, eso se traduce en innovaciones puntuales, ediciones especiales y campañas que reinterpretan el ritual de la leche desde códigos culturales locales. La receta base se mantiene, pero el diálogo con el consumidor es distinto. 

Innovación sin ruptura: cómo se mantiene vigente un ícono

En una industria donde la innovación constante es una exigencia, la línea entre evolucionar y perder identidad es delgada. Oreo ha optado por una estrategia dual: mantener la receta clásica como columna vertebral y, al mismo tiempo, lanzar variaciones y colaboraciones que renuevan el interés.

Ediciones especiales, sabores temporales y alianzas estratégicas permiten ampliar la conversación sin diluir el producto original. “Lo lindo de Oreo es que tiene una base muy clara, pero al mismo tiempo una flexibilidad enorme para innovar”, señala Merino.

En términos de mercado, esta estrategia permite ampliar audiencias: mantener a los consumidores tradicionales y atraer a generaciones más jóvenes que buscan novedad. 

De Nueva York al paladar mexicano

Desde su origen en Nueva York hasta su presencia actual en más de 100 países, Oreo ha logrado algo poco común en la industria alimentaria: ser profundamente global y, al mismo tiempo, local.

Cada ajuste de dulzor, cada calibración en la intensidad del cacao, cada innovación responde a una lectura específica del consumidor.

En un entorno donde la regulación, la presión social y la competencia exigen adaptación constante, la permanencia de un producto de 113 años no es casualidad.

Porque al final, la verdadera globalización gastronómica no consiste en que todo sepa igual en todas partes, sino en que todo sepa cercano. Y en México, esa cercanía se mide en un gesto sencillo: abrir la galleta, separarla y sumergirla en leche.

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