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La noche que Mike Patton hizo hervir Bellas Artes
Dueño de un rango vocal único en el mundo, el cantante estadounidense puso al público de la Sala Principal a punto de ebullición, sobre todo cuando sorprendió con versiones de “La llorona” y “Hasta que te conocí”. Ésta es una crónica de una noche para la memoria.

La noche es diferente. La ciudad anda por las nubes. Anda nefelibata porque la bruma se estacionó, bajita y espesa, sobre la Alameda Central y Bellas Artes, que hoy especialmente es un palacio amurallado, recluido y distante de la experiencia estética que aguarda para las cerca de 1,400 personas afortunadas que en julio pasado agotaron el boletaje en menos de un día para apreciar el proyecto Mondo Cane, del cantante californiano Mike Patton.
La noche es una paradoja en sí misma, es efectivamente producto de un “mondo cane”, algo parecido en nuestro español mexicano a argumentos como ¡perro mundo! o ¡maldita sea! Los italianos también la usan como expresión de frustración, una especie de despresurizador coloquial y hasta visceral.
Aunque Mike tomó el nombre de la cinta homónima de 1962, las vallas de metal que rodean no solamente el inmueble sino la mayoría de los edificios del centro, confirman a gritos que éste ha sido un “mondo cane”. Mañana es 2 de octubre y la policía ya está instalada en los alrededores.
Con desfachatez mexicana, los revendedores gritan a todo pulmón, no que están vendiendo, sino que están comprando boletos porque ya no tienen. Hay demanda. En el único resquicio de ingreso al Palacio entre tantos armatostes de metal, un individuo busca “un boleto que le sobre” con evidente desesperación. Porta un cubo de KFC en la cabeza, al estilo de Buckethead, guitarrista con el que Patton sostiene una amistad y con quien ha colaborado en distintos proyectos.
El público va ingresando de a poco a través de ese único acceso, que está flanqueado por la policía capitalina. Y al interior del inmueble, frente al iridiscencia del telón de cristal Tiffany, con todo y sus volcanes, desfilan pantalones de cuero, chongos y flequillos, zapatos de plataforma, greñas largas, piercings, chamarras de piel y bermudas con herrajes; pelos a rapa y de colores. Un ecosistema diferente al que suele visitar el Palacio de Bellas Artes un jueves por la noche.

Un piano en las cuerdas vocales
“Il cielo in una stanza” (el cielo en una habitación). Así dice la balada de 1960 interpretada originalmente por la cantante italiana Mina y desde 2010 por Patton. Con ese tema para arrancar, comienzan a transformarse la Sala Principal de Bellas Artes y su público en un líquido en ebullición.
La potencia vocal del artista en cuestión es capaz de inducir un trance desbocado. Con sus seis octavas y media —un caso considerado extremadamente excepcional—, la voz de Mike Patton tiene el rango más amplio en la historia de la música popular en el mundo. Para ponerlo en perspectiva, es capaz de emitir casi todas las notas que tiene un piano tradicional. Eso es prácticamente el doble de lo que alcanza en promedio un cantante profesional.

Y Patton no lo desaprovecha. En sus cuatro décadas de trayectoria, ha llevado su calidad interpretativa por terrenos tan distantes entre sí como el metal, el funk, el hip hop, la balada y el hardcore punk.
El pop italiano: entre violines y gritos
Hay varias particularidades que hicieron de la música pop italiana de los 50 y 60 un referente global: sus orquestas con grandes secciones de cuerdas y metales, típicas de las big bands de jazz, a las que en los 60 se sumaron los instrumentos predilectos del rock: la guitarra, el bajo y la batería.
La música psicodélica también contagió a los movimientos pop y beat italianos, y éstos empezaron a incorporar los primeros sintetizadores, las técnicas de pedal, la reverberación o los órganos distorsionados. Todo eso tuvo un maridaje perfecto con la tradición operística y lírica italiana, por sus interpretaciones vocales potentes y dramáticas. De allí el éxito de los llamados “urlatori” (gritones), aquellos jóvenes cantantes que cambiaron la voz melodiosa y aterciopelada por cantos ásperos, abundancia gutural y confrontación vocal.
De todo eso se nutre lo que está sucediendo sobre el escenario, con un enorme ensamble de instrumentos acústicos, metales y muchos tipos de percusiones comulgantes con tecnología digital. Todo al servicio de la voz de Mike Patton, un experimentado showman que sabe de su rango y es capaz de estremecer al público hasta los escalofríos, pero que es sabio para no abusar del recurso y resultar zalamero.

No es una coincidencia que Patton haya elegido temas tan endémicos del eclecticismo italiano como “L'urlo negro”, canción de 1966 interpretada por The Blackmen, tema que contrasta radicalmente con otro de ese mismo, pero mucho más meloso, “Dio, come ti amo”, con el que Gigliola Cinquetti describía un amor casi divino por la otredad y que Patton interpreta en Bellas Artes con maestría.
Ofrece una seguidilla de temas que exigen entonaciones distantes, pero el californiano lo hace ver sencillo. Ni qué decir de la interpretación del tema “Storia d'amore”, cantada por Adriano Celentano en 1969 cuya letra dice algo así como “llorando, soñé con ella”, para la que Patton imita con perfección el llanto de alguien que trata de sobreponerse para seguir cantando, pero tropieza con los espasmos, murmura y flaquea por la falta de aire. Así, el estadounidense dota de un relieve dramático magistral a la pieza.
Mike usa un micrófono estrictamente con cable. Hay una razón de ser. A diferencia del inalámbrico, el cable permite una señal de audio más estable y limpia, no presenta pérdida de frecuencias ni compresión de la señal. Es la alternativa más nítida para la voz más privilegiada.

Foto: Cortesía.
Juan Gabriel vuelve a la vida
Con todo esto sumándose con el pasar de cada canción, quedan nulos remanentes de solemnidad en el comportamiento del público. Está desbordado. Brinca de la butaca y se sienta más veces que en misa. Éxtasis es lo que se percibe. Le gritan, le chulean, le aman, se lo expresan, le dicen “salud” y le vuelven a gritar.
“¡Bellissimo!”, expresa, bromista, un individuo desde la parte frontal de la luneta. “¡De grande quiero ser como tú”, le grita alguien que a todas leguas no es más joven que Patton desde su butaca en el anfiteatro. “¡Papi chulo!”, arguye una voz femenina desde alguna parte de esta ebullición.
Termina su presentación de Mondo Cane, hace como que se retira, pero vuelve para eso que llaman encore y arrebata del público los gritos más estruendosos de la noche con tres temas profundamente mexicanos y el acompañamiento del Mariachi Gama 1000: una versión cruda y gutural de “La llorona”, una pulcra interpretación de “Luz de luna” y, el cúlmen, “Hasta que te conocí”, de Juan Gabriel, con tanta fidelidad que por segundos todo el mundo piensa que el mismísimo Divo de Juárez ha vuelto a la vida.
Es curioso cómo una voz tan privilegiada puede tocar tantos estribos de emoción. Más encomiable es aún que alguien que se sabe tan privilegiado no abuse de las capacidades de su voz, pero no por eso se prive de cautivar, como Mike Patton lo hace en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes y tenga a bien despedirse con parsimonia: “Ok, mis carnales”.

La actuación cumple con lo indispensable para acreditar todos los méritos como uno de los acontecimientos de máximo interés en la historia del recinto más importante para las artes en México.
El cantante norteamericano es el encargado de abrir la edición 54 del Festival Internacional Cervantino, la noche de este sábado 3 de octubre, en la Explanada de la Alhóndiga de Granaditas, en la ciudad de Guanajuato.
