La semana pasada, en varios medios de comunicación se dio a conocer que, a casi tres años de su fallecimiento, el cantante de zulú Khulekani Mgqumeni Khumalo regresó a casa de sus abuelos en KwaZulu-Natal, Sudáfrica, quienes lo reconocieron de inmediato -al igual que dos de sus viudas.

El músico dijo haber sufrido brujería y que un grupo de zombis lo mantuvieron en cautiverio durante su ausencia. Sin embargo, no aclaró si él mismo es un muerto-viviente ni por qué sus huellas digitales no coinciden con las de su cadáver antes de que fuera resucitado.

Los zombis, hoy tan de moda como los vampiros, tienen sus primeras huellas en una de las religiones más antiguas que se conocen, el vudú, que llega de África a América con el tráfico de esclavos negros -la esclavitud misma, el poder que ejerce el esclavista sobre el esclavo es, posiblemente, el origen del mito de que alguien se apodera de la voluntad de un semejante, sea por el medio que sea-, en donde, por ejemplo, durante la dictadura de François Duvalier se convierte en la religión oficial en Haití, mientras que en Cuba se transforma en santería y, en Brasil, en candombé, cada cual con menos o más sincretismo tanto con religiones locales como importadas. A decir de las creencias populares, el zombi es un muerto resucitado por un sacerdote vudú que, a partir de entonces, se apodera de su alma o voluntad para convertirlo en su esclavo.

Así, son muchas las leyendas que hablan de hordas de zombis que trabajan de sol a sol y, seguro, de luna a luna, en equis o ye granja agrícola, o de zombis que de repente vagan perdidos en un pueblo cualquiera en busca de sus familiares.

Una práctica común entre quienes no desean que su difunto sea transformado en muerto-viviente consiste en cortarle la cabeza antes de enterrarlo o llenar el cadáver de agua de mar.

En este punto, lo de la decapitación parece más o menos obvio, pues se puede pensar que es en la cabeza (en el cerebro, propiamente) en donde reside la voluntad tanto del muerto como del vivo, aparte de que, a la postre, a ciertas personas les debe de resultar extraño ver a un decapitado o a un grupo de decapitados sembrando hectáreas de maíz, frijol o jitomate.

No obstante, en torno del porqué se llena al cadáver con agua de mar, sólo se puede aventurar una hipótesis, aunque más teórica que científica: entre los antiguos griegos el alma era el aire que el ser humano mantenía en el interior de su cuerpo y, tal creencia, fue heredada, de alguna u otra manera, al cristianismo. De aquí, por ejemplo, proviene lo del voto de silencio: no se habla para no perder partes del alma. Y si ello lo incorporamos a la religión vudú, cuando se llena al cadáver de agua, también se está expulsando lo poco que le queda de aire al cuerpo, de manera que el sacerdote no tendrá alma que someter, lo que daría al traste a la resurrección. Y de mar, porque dicho líquido es salado, y echar la sal sirve para que algo se seque y perdure, pero sin vida.

El canadiense Wade Davis, estudioso del tema de los zombis y que, incluso, ha escrito un par de libros al respecto, dice que existen dos tipos de polvos (drogas, no como los españoles gustan llamar al acto sexual) para convertir a un vivo en un muerto-viviente.

Uno es la toxina del pez globo, conocida químicamente como tetradoxina, que aplicada en la cantidad exacta a quien se desea esclavizar, es la mayor hacedora de zombis del planeta; el otro es el estramonio -que pertenece a la misma familia que el toloache-, fórmula también magnífica para apoderarse de la voluntad del otro.

Por cierto, la carne del pescado globo, cocinada por manos inexpertas puede causar la muerte, mientras que, cocinada por manos expertas, es uno de los manjares más deliciosos que el humano tenga memoria, casi tan sabrosa como las manzanas del árbol prohibido.