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Arte e Ideas

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Vestidas desvestidas y otras quimeras en la Bienal

Esta vez la Bienal es puro color. No sé si es que el jurado del certamen se ha vuelto más desenfadado, o si es que estamos ante un importante cambio generacional de la fotografía mexicana.

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La Bienal de Fotografía es una tradición de trámite tortuoso. Esa frase anterior parece trabalenguas, así ha sido la historia de la Bienal: revuelta. Empezó en 1980 como un modo de que la cultura oficial reconociera a una escena fotográfica que crecía y crecía (algunos, más perversos, dirían que la intención era controlar desde arriba a la fotografía). De entonces para acá solo 15 ediciones del concuerdo se han celebrado. Su mayor continuidad se ha logrado desde la creación del Centro de la Imagen en los años 90.

¿Ha servido la Bienal? ¿Se han formado nuevos fotógrafos, se ha difundido la fotografía entre el público, se ha ampliado el discurso fotográfico? Esas preguntas darán para otro texto. Lo que importa este año es que tenemos la XV Bienal y estamos ante una de sus mejores ediciones.

Normalmente recorrer la Bienal era un encuentro con los temas usuales: revisiones sociales, fotos en blanco y negro, formatos tradicionales, en fin: material que podía ser políticamente comprometido y técnicamente correcto, pero muy aburrido y predecible. Los fotógrafos eran muy solemnes y el jurado demasiado institucional.

Esta vez la Bienal es puro color. No sé si es que el jurado del certamen se ha vuelto más desenfadado, o si es que estamos ante un importante cambio generacional de la fotografía mexicana. Cualquiera que sea la razón, la XV Bienal es un maravilloso equilibrio entre discursos comprometidos y un sentido de la diversión que cada autor adopta de manera muy personal: lo mismo fotos de familias en Oaxtepec que en la playas del DF que indios tzetzales de Chiapas sonrientes o ensayos sobre la vida en departamentos donde viven padres, hijos y perros, muchos perros.

DE CÓMO HACER DENUNCIA SOCIAL DE OTRA MANERA

La obra que inicia el recorrido es la serie Zapata vive de Natalia Fregoso, una de las menciones honoríficas de la Bienal. Fregoso paso un año convocando mediante un anuncio en el periódico a hombres que se parecieran a Emiliano Zapata para retratarlos (la historia de los que le contestaron debe ser de antología). La serie da cuenta de hombres de diversas edades y oficios a los que une el uso de bigotazo y esos ojos recónditos que nos miraban desde los billetes de 10 pesos. Zapata es un héroe nacional, pero sobre todo es un tipo físico.

La denuncia va con ingenio. Car-pooling del dominicano Alejandro Cartagena retrata de manera muy novedosa el problema de los barrios dormitorio y de la vida cotidiana de la clase trabajadora de Monterrey. Desde lo que supongo fue un puente peatonal Cartagena tomó imágenes de los trabajadores que van de aventón en la parte de atrás de las trocas de trabajo.

Otro ejemplo de ese evitar los discursos viejos y saltarse el cliché es Espacios de control de Eduardo Jiménez Román, una obra políticamente cargada. Jiménez Román fotografió unos lugares horribles: los comedores industriales, donde los obreros de distintas plantas de ensamblaje deben pasar el supuesto tiempo de descanso de la comida. Para acentuar lo deprimente de esos lugares están fotografiados vacíos.

Para estos XV años de la Bienal, una reinas. Porque la obra Desvestidas del guerrerense Luis Arturo Aguirre es verdaderamente regia: una serie llena de sensualidad y color (es tan colorida que nada más entrar a la sala seduce) de hombres travestis en todo esplendor, con maquillaje, peinados y poses pero desnudos. Tiene razón Aguirre en su texto introductoria: estos vestidos son mujeres muy bellas.

concepcion.moreno@eleconomista.com

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