Hace algunos años (estaríamos por el 2001. He llegado ya a esa edad en la que una década ya no parece tanto tiempo) hice mi primera entrevista periodística. No exactamente: estaba haciendo un trabajo para la universidad. El director de teatro, dramaturgo, periodista y neurótico favorito Sergio Zurita, que entonces trabajaba en el programa de radio La taquilla, fue lo bastante amable para dejarse entrevistar por un grupo de alumnas de primer semestre de comunicación.

De ese proyectito escolar tengo muy buenos recuerdos; primero, porque fue divertido y exitoso (mis amigas y yo sacamos 10). En segundo lugar, porque fue el comienzo de mi relación con Sergio, de quien ya era fan pero desde entonces soy amiga. Y tercero, por varias cosas que Sergio nos dijo que se me quedaron grabadas como una forma de ética creativa o mejor, una ética de la apreciación.

Recuerdo muy bien que Sergio nos dijo que él, que entonces tenía 30 años, esperaba nunca convertirse en uno de esos viejos que se la pasaban hablando de cómo en sus tiempos todo era mejor, cómo la música tenía más sentido y el arte era producto de verdaderos artistas.

Le pregunté entonces que él, como crítico musical, oía música nueva, si sabía de los Strokes y los White Stripes, si le interesaba la música electrónica, si tenía alguna opinión de Massive Attack, Goldie y Tricky; si había leído al entonces novedoso Roberto Bolaño y si le interesaba la instalación y los nuevos medios de las artes visuales. A todos los conocía y de todo eso tan fuera de su tiempo tuvo alguna opinión informada, hasta de los que dijo no entender (especialmente a los DJ que además, tienen nombres tan raros ).

Sé que llegará el momento , nos dijo Sergio, en que ya no me sentiré en contacto con la música o el arte que se está haciendo, pero ése será problema mío, no de los artistas jóvenes .

Estaba recordando aquella conversación hace unos días, cuando escuchaba a personas de mi edad, gente de veintimuchos y treintaypocos, que se quejaban con verdadera amargura de la música pop de ahora. Después, estiraron sus quejas para abarcar prácticamente a cualquier manifestación creativa hecha por artistas jóvenes o dirigida al público adolescente. Se quejaban lo mismo del grupo pop One Direction y de la cantante Taylor Swift que del nuevo arte urbano y el éxito del reguetón, de la serie Glee y de la prevalencia de los hipsters. ¡Cómo si nosotros no hubiéramos visto Dawson’s Creek y no nos supiéramos al menos de oídas una de los Backstreet Boys!

Definitivamente, no hace falta tener muchos años para ser viejo, pensé. El en-mis-tiempos-todo-era-mejor (aunque tus tiempos hayan pasado hace cinco años. Vaya nostalgia por adelantado. Es un asunto del que vale la pena escribir en otra ocasión) es una actitud que va de la mano con el conservadurismo; una forma de la nostalgia que ancla la perspectiva (y, peor aún, el placer) al pasado.

Quizá Sergio tenga razón: llega un momento en que uno se ve arrasado, superado por el paso del tiempo, y llega un momento en que dejas de estar en contacto con los nuevos creadores.

Pero la ética de la apreciación fundamental me parece esa misma que Sergio expresó: no porque sea algo sea muy nuevo o estrepitosamente juvenil habrá que dejar de apreciarlo. Y me refiero al verbo apreciar en su sentido más puro, no sólo a aplaudir todo lo reciente, sino a reconocer su mérito. Igual de tonto que es aplaudir todo lo que es nuevo por el mero hecho de serlo es descartarlo por la misma razón. Algo nos dicen esas nuevas expresiones sobre nosotros y nuestro tiempo.

Y sí, si resulta que el arte y la cultura van demasiado rápido para nosotros, peor para nosotros.

Por eso, y nada más por ponerme rebelde, he decidido dar de vez en cuando en esta columna un espacio para discutir lo que podríamos llamar juvenilia. le interesa saber no sólo qué están haciendo los creadores jóvenes, también lo que les gusta a los adolescentes y a los veinteañeros, porque creo que en ello, en tratar de entender el flujo de la sensibilidad nos debería de ir la vida.

Así que mi primera opinión de esta juvenilia se la dedico a la serie Glee que va ya por su cuarta temporada: interesante que haya una serie estadounidense cuya misión principal es al parecer reforzar una visión diversa y multicultural de su sociedad, especialmente, en estos tiempos en que ese país pasa por una era de radicalización social.

En Glee hay adolescentes gays, transgénero, afroamericanos (inclusive un afroamericano transgénero), asiáticos, cristianos, judíos, blancos con prejuicios, negros con prejuicios y latinos con prejuicios. Al final de cada capítulo, consiguen todos llevarse bien. Visto desde mi perspectiva mexicana, me parece que falta a la serie presencia de más personajes latinoamericanos y tocar el problema de la inmigración. Por lo demás, me parece una serie entretenida y nada más. Échele un ojo, el máximo peligro que corre es que se quede picado.

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