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Un narrador sin cabeza
El libro de Mario Bellatin "La clase muerta" se compone de dos relatos, los cuales siguen una pauta de escritura parecida a la que el autor ha desarrollado en sus últimos textos.

Uno de los signos que más corresponden con nuestra época es el de la decapitación: desde la masacre sistémica que se opera en un país como el nuestro, en donde se podría levantar una estructura de similar tamaño al de la Torre Mayor con las cabezas de los sujetos decapitados en el actual contexto bélico que mancha al país con la sangre de 50,000 personas, hasta la afirmación política de que un país como el nuestro no tiene cabeza.
Mario Bellatin, uno de los escritores más innovadores y necesarios que existen en nuestra lengua, tal vez sin toda esta explicación o lectura social, exploró en su más reciente libro La clase muerta (Alfaguara) en una idea: la conciencia de un individuo sin cabeza, y para ello desarrolla una especie de teoría libre sobre las posibilidades de la existencia en plataformas inéditas, y también sobre las posibilidades de la escritura más allá de los cánones cerrados, aceptados y redistribuidos en nuestras sociedades.
Con un talento inigualable, Bellatin se ha dejado llevar por su filosofía de vida, el sufismo, una corriente del Islam que busca el cultivo del corazón para rozar la divinidad. Por eso, en su literatura la prosa es sencilla y se mueve con rienda suelta, una escritura que surge de la intuición y desde ahí activa una imaginación que se sale de toda norma.
La clase muerta es un libro que se compone de dos relatos, los cuales siguen una pauta de escritura parecida a la que el autor ha desarrollado en sus últimos textos, principalmente en el libro de relatos publicado recientemente por la editorial Sexto Piso y que lleva por nombre Disecado.
En La clase muerta, Bellatin se anda por las ramas, como buen artista es capaz de fundir su estado vital natural con los ecos que provienen de sus lecturas, de sus deseos, de sus miedos, de sus sueños y sus pesadillas. En tiempos en los cuales reina la novela en cuanto a formato y reina el realismo en cuanto a estilo Bellatin es un rebelde que preconiza el siguiente paso que la literatura debe dar sobre todo porque hoy en día la realidad se nos presenta cada vez más moldeable, menos sólida, más oblicua, y por lo mismo menos representable. Los relatos de Bellatin en este libro son un ejercicio de imaginación relacional.
Desde la amputación traumática
Los relatos de este libro, Biografía ilustrada de Mishima y Los fantasmas del masajista orientan a Bellatin en una cartografía de lo inminente, un discurso sin orden en el cual se escalonan identidades desdobladas (el como Mishima o Mishima como un sujeto vivo pero muerto), mentes que transitan por diferentes bardos hacia otros niveles de conciencia (una madre que reencarna en un loro), conversaciones con entidades divinas ( Mishima vio a Dios en el fondo de una piscina ), universos paralelos que dialogan por medio de fabulosas interferencias (el ralato narrado se continua con una bitacora personal compuesta por fotografías del Bellatin que nos parece el real), y en todas esas posibilidades: los vestigios, los ecos y las posibilidades de seres humanos cuya consistencia gravita entre la sequedad de una piel desangrada y la humedad de un cuerpo decapitado.
La clase muerta obedece al epígrafe del libro, una frase de Tadeusz Kantor que a la letra dice: cualquier intento de representar una forma imposible, es de por sí una clase muerta . ¿Qué otra cosa si no esa es la literatura? La representación de una forma imposible. ¿Qué otra cosa si no esa es la identidad humana? La vida misma es una forma imposible.
En el primero de los relatos, Biografía ilustrada de Mishima, no importa tanto el argumento como las metáforas, las descargas de ideas y las existencias que se sugieren: Mishima vivo después de la muerte busca una cabeza adecuada porque es insoportable cargar con esa oquedad, ese vacío que, al final de cuentas, se dice en el libro, es lo único que existe: un hueco.
Bellatin juega e ironiza pero también guiña. Juega del modo más serio, como aconsejaba el escritor argentino Julio Cortázar: como lo hacen los niños. Por eso, el relato se divide en dos partes: el texto y una serie de imágenes que parecen sacadas del álbum personal de Bellatin pero a las cuales el autor otorga puntillozos pies de foto que resultan humorísiticos, sarcásticos y hasta paródicos.
En el segundo texto del libro, Los fantasmas del masajista, el relato habla de Joao, masajista que trabaja en un sanatorio especializado en aliviar a quienes han perdido algún miembro del cuerpo: un brazo, una mano, una pierna, una oreja, un dedo. La amputación es una metáfora de la propia vida de Joao porque cuando su madre muere le queda un vacío difícil de llenar y por razones extrañas que solo con la lectura pueden ser comprensibles, cree que su madre ha reencarnado en un loro.
En ambos textos, las obsesiones y las pasiones de Bellatin se desbordan a cada frase. Por el lado de las obsesiones: el cuerpo despedazado, la persecución del vacío y la proximidad de lo escatológico. Por el lado de las pasiones: el mundo de los animales, la reelaboración narratológica de sus propios textos, la vida como un continuum insondable.
En estos relatos, Bellatin utiliza la palabra como un conducto y no como un fin en su escritura, un ducto por el cual la imaginación se destila en oraciones que se construyen con base en una técnica orgánica que respira, palpita, siente y también refleja las motivaciones y los desvaríos de una mente atormentada y honesta, una mente que es capaz de formular sus sueños y sus ocurrencias con tal de indentificar lo humano, lo que aún puede llamarse así.
La clase muerta
Autor: Mario Bellatin.
Editorial: Alfaguara.
Páginas: 144.
Precio: $209.
aflores@eleconomista.com.mx