Cualquier persona que haya intentado hacer una traducción sabe que muchas veces parece muy fácil, en tanto que otras —la mayoría, sobre todo si se trata de una lengua perteneciente a una cultura muy distinta a la nuestra— parece imposible. La razón es que las lenguas no son sólo distintas en vocabulario, sino también en organización, estructura y forma de segmentar la realidad. Lo que en una lengua es una palabra, en otra no existe o se tiene que decir con dos o más términos; así, un concepto existente en una lengua puede no ser el mismo que en otra, lo que se ejemplifica en el cuadro siguiente:

De ahí la imposibilidad de realizar una traducción buena, o, más que buena, fidedigna, o, todavía más que fidedigna, transparente.

Y es que, queramos creerlo o no, todos pensamos según la lengua que hablamos. Nosotros lo hacemos en español y vemos el mundo en español. Tanto así, que es difícil entender conceptos que no están en nuestra lengua; por ejemplo, aquel tan afamado del nosotros inclusivo y exclusivo del quechua y de otras lenguas indígenas.

Más aún, nosotros no sólo pensamos en español, sino en español mexicano. Así, cuando oímos a un español decir: «me lo monto mal», nos cuesta trabajo entender que eso en mexicano querría decir: «me la estoy pasando de la chingada». Y al revés nos pasa igual.

Diferencias profundas

«Muchas veces, nuestra impresión al estudiar una lengua extranjera nos lleva a pensar que todas las diferencias son ridículas o ilógicas en comparación con el uso de nuestra propia lengua», dice Raúl Ávila. Tomando en cuenta eso, la lengua tiende a lexicalizar y gramaticalizar los conceptos que son relevantes para una cultura denominada. Por ejemplo, los agta de Filipinas «disponen de 31 verbos distintos que significan “pescar”, cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca. Pero carecen de una simple palabra genérica que signifique “pescar”». Esto se debe a que la subsistencia de los agta depende principalmente de la pesca y no necesitan referirse a ella en forma general, sino de manera específica.

Estas diferencias no sólo se dan en lenguas de culturas tan distintas a la nuestra, sino también en lenguas mucho más cercanas. Hay términos que una lengua posee, pero otra no, y eso refleja la forma distinta de pensar y sentir de una cultura determinada. Los mexicanos usamos la palabra itacate y nos entendemos muy bien con ella: «mi tía Rosa te mandó tu itacate de chiles en nogada»; pero este término es difícil de traducir a otra lengua, no porque la misma palabra lo sea, sino porque el uso y costumbre que se refiere a ella requiere toda una explicación, porque tendríamos que decir que es «la provisión de comida que se lleva de un lugar a otro, después de un convivio o fiesta», o algo por el estilo.

La imposibilidad

La gente suele traducir lo que considera más familiar, no nos olvidemos de los mil y un casos de errores garrafales de traducción —pondremos como ejemplo el inglés—; entre ellos, y encabezando la lista, los títulos de películas, donde se pone de manifiesto el desconocimiento de la lengua, del contexto, de los usos y costumbres, de la cultura por parte del traductor. Hay desde traducciones literales, como «low carpet», por «bajoalfombra», o «burning head», por «quemacocos»; casos inventados como «ishotcold», por «escalofrío» o «fresh picture», por «pintura fresca»; y hasta traducciones que no tienen nada que ver con el sentido original, como «eso fue demasiado frío, por «that’s really cool», dejando a un lado el verdadero sentido de cool: «genial», «buena onda». Una amiga que da clases de francés contaba que, en una ocasión, uno de sus alumnos entró tarde al salón y, cuando ella lo saludó con un: «ça va»*,  él le contestó muy seguro: «No, me quedo».

Lengua y cultura

Así, podemos decir que, para aprender francés y traducirlo de forma correcta, no basta con aprenderse un vocabulario y repetir: perro = chien, gato = chat, coche = voiture; hay que adentrarse en la cultura y la forma de pensar de los franceses, para quienes es muy importante la manera en que se pronuncian los fonemas, por ejemplo. Por eso, una academia no enseña lengua francesa, sino lengua y cultura francesas, de la misma manera que para aprender japonés o chino se tiene que aprender la forma en que ellos piensan.

Estudiar una segunda lengua es adentrarse en otra forma de pensar, en otra manera de comprender la realidad. al hacerlo, se descubre todo un mundo nuevo. Por eso, cuando muere un idioma, no sólo mueren las palabras, sino un modo singular de reconocer, segmentar, relacionarse y convivir con la realidad.

*Frase coloquial; significa: «¿cómo te fue?», y que se pronuncia sabá.

Pilar Montes de Oca Sicilia ha traducido varios textos, del inglés y algunos del portugués. Sólo se atreve a hablar inglés —además de, obviamente, español—, porque no se cree lo suficientemente versada en ninguna otra lengua, mucho menos en francés, que asegura: «Es casi una lengua muerta».

El epistolario

En 1948, la autora rusoamericana Ayn Rand recibió la carta de una admiradora llamada Joanne Rondeau. En ella, pedía que le explicara una frase de su novela The Fountainhead —El Manantial— (1943): «Para decir “yo te amo” uno debe saber primero cómo decir “yo”». Ésta fue la respuesta de Rand.

22 de mayo de 1948

Querida Sra. Rondeau:

El significado de esa oración está contenido en el conjunto de The Fountainhead, e indicado en el discurso de la página 400 —en la cual aparece la frase—. El «yo» es una entidad independiente y autosuficiente que no existe para el bien de nadie más. Una persona que existe sólo para el bienestar de un ser querido no es una entidad independiente, sino un parásito espiritual. El amor de un parásito no vale nada. Las tonterías habituales —y en extremo viciosas— predicadas sobre el tema del «amor», afirman que éste significa autosacrificio. El «ser» de un hombre es su espíritu. Si uno sacrifica su espíritu, ¿quién o qué queda para sentir amor? El amor verdadero es profundamente egoísta, en el sentido más noble de la palabra: es una expresión de nuestros valores más elevados. Cuando una persona está enamorada busca su propia felicidad, y no un sacrificio al amado. Y ese ser querido sería un monstruo si deseara o esperara tal sacrificio. Cualquier persona que quiera vivir para otros, para un amor o para toda la humanidad, es una nulidad desinteresada. Un «yo» independiente es una persona que existe por su propio bien. Tal persona no hace ninguna pretensión viciosa de autosacrificio, ni lo exige de la persona que ama. Ésta es la única forma de amar, y el único tipo de relación respetuosa que puede haber entre dos personas.

Ayn Rand.