Muchos hombres de tu tiempo te juzgaron un maniático exaltado o un santo simulador, muchos de los tiempos siguientes un profeta mártir, digno de ser colocado en los altares. Quisiste tentar a Dios con la prueba del fuego y al final te retrajiste, pero el fuego, por mano de tus enemigos, quemó igualmente tu cuerpo.

Amenazaste a los hombres con las llamas del cielo y luego no supiste huir de la pira. Elegiste a Cristo rey de tu pueblo, pero con el tácito acuerdo de que tú sólo habías de ser su virrey. Así escribió, de deshonor y desgracia, Giovanni Papini. En un texto llamado "Apóstoles y profetas". Y que no fue escrito en la cruenta época cuando su personaje, Girolamo Savonarola, fue consumido por las llamas de la Inquisición, sino entre 1940 y 1956.

A lo menos dos delitos gravísimos de Savonarola fueron de pública notoriedad, dijo Benito Jerónimo Feijoo, en su Carta sobre la Causa contra Savonarola , 200 años después del mortífero castigo. Uno fue su inobediencia, y desprecio al precepto, otra su solicitud para que el rey de Francia invadiera Italia. Nunca he pretendido, que fuese infalible la justicia de aquella sentencia., concede Feijoo. Fueron hombres los que testificaron la culpa, fueron hombres los que decretaron la pena; por consiguiente no incapaces, ni unos, ni otros de error, o dolo. En toda sentencia contra cualquiera delincuente hay esta absoluta falibilidad.

Pero Savonarola no tuvo disculpa. Nacido en el mismo mes y año que Leonardo, el 12 de mayo de 1452, en el seno de una familia adinerada de Ferrara, abandonó los estudios de medicina cuando tenía 22 años para entrar en secreto, sin el consentimiento de sus padres, en la orden de predicadores y mendicantes de los dominicos en Bolonia. Ahí fue donde empezó con su mal comportamiento. Intolerante y siendo ya miembro de la orden escribió diversos tratados acerca de la decadencia de la Iglesia y sobre los textos de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino.

Empezó a hablar sobre el Apocalipsis y el fin del mundo. Ensayó la prédica y la flagelación por la corrupción moral, la degeneración, el lujo, el derroche y el afán de placeres en los círculos de la Iglesia oficial y de la ciudad. Fue el organizador de las célebres hogueras de la vanidad, donde los creyentes estaban invitados a arrojar sus objetos de lujo y todo libro malicioso. Al final, coronado de intolerancia, fue excomulgado y condenado a morir quemado vivo. La hoguera hubo de prenderse más de tres veces para que de su cuerpo no quedara ni una reliquia. Todo fue como eso, igual que todo lo que predicaba: sin perdón, sin condescendencia, sin arrepentimiento.