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Arte e Ideas

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Te odio, FIL (te perdono por El pequeño Nicolás)

De la FIL regresé enferma, malhumorada y con menos amigos, pero también reencontrándome con El pequeño Nicolás. Gracias, FIL.

Me fue mal en la FIL. Se supone que los reporteros no debemos contarles a los lectores cómo es nuestro trabajo, a quién diablos le importa el reverso del trabajo reporteril, etcétera. Pero como la autora del Garage Picasso es vanguardista, les voy a contar eso, que me fue mal cubriendo la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Te odio, FIL.

La FIL me pareció un encuentro literario adormecido, estreñido, prescindible. Fui sólo un par de días, escuché a algunas luminarias, vi presentaciones de libros de distintos temas. Nada: puras frases hechas, todo tan estéril y falto de vida. Hay más corazón en la humilde Feria del Libro de Minería y más inteligencia en el joven Hay Festival mexicano.

Cuando le digo a mis amigos y conocidos del mundo de la culturita que la FIL me pareció horrible se me quedan mirando como quien confiesa que le hace a la orinoterapia. Cómo te atreves a hablar mal del más importante encuentro editorial, no digamos de Iberoamérica, sino del mundo, cómo. Que no viste a Vargas Llosa, a Baricco, a Etgar Keret. Que no platicaste con Bellatin, con Herbert, con Mejía Madrid. No fuiste de chismosa a la presentación de la porn star Sasha Grey.

Y es que la FIL es intocable, venerada hasta la ceguera. Ir a la FIL se parece a ir al súper la noche del 24 de diciembre: uno se siente muerto por dentro pero tiene que sonreír, sonreír, sonreír porque es Navidad. Es por los niños.

Para acabarla de amolar, de la FIL regresé enfermísima. Pasé en cama toda la semana pasada, por eso este Garage estuvo cerrado. Les aviso para que dejen de mandar flores a la redacción de El Economista: estoy bien.

En fin, que no concibo a alguien saliendo de la FIL con ganas de leer a esa panda de avestruces pavorrealizadas que son casi todos los invitados.

Creo que para lo único que sirve la FIL es para comprar libros porque, eso sí, los puestos de las editoriales están surtidos con casi todo su catálogo.

Bueno, yo voy para otro lado. Les decía que estuve enferma la semana pasada, amarrada a mi cama. Mi única compañía fueron los libros que me traje de mi malhadado viaje tapatío. De todos ellos, uno me hizo tan feliz que me obliga a perdonarle la vida a la FIL.

Encontré ¡Diga! Historias inéditas del pequeño Nicolás en el puesto de Alfaguara. Si no conocen la aventuras de El pequeño Nicolás, por los dioses, búsquenlas. No son fáciles de conseguir. Alfaguara ha publicado unos cinco tomos de los cuentos. A veces se les encuentra en librerías, a veces no, pero siempre búsquenlos. No teman ser ese adulto medio siniestro que husmea en la sección infantil.

El pequeño Nicolás narra las peripecias cotidianas de un niño de unos ocho años que vive una infancia feliz en los años 50 en Francia. Sin mucho oropel ni nada, sólo un niño inocente, sus amigos de la escuela y sus padres. Nada de sentimentalismos ni moralejas, pura diversión.

Sin que rezumen ácido, los cuentos protagonizados por Nicolás están llenos de ironía. Los adultos hacen cosas raras que Nicolás interpreta como iguales a las que él vive en el recreo: por supuesto, tiene razón. Por ejemplo, cuando su papá ve llegar a los nuevos vecinos lo primero que hace es notar, complacido, que su coche no es más nuevo que el suyo. O cuando Nicolás y su mamá visitan la oficina del papá y todos los empleados fingen estar muy ocupados hasta que se dan cuenta de que el jefe no está.

Nunca he leído mejor recreación del punto de vista de un niño. La primera vez que leí al pequeño Nicolás era yo misma una niña y no sólo me parecían muy chistosos, sino que me resultaban muy ciertos. Ironía, gracia y verdad: ¿qué más se le puede pedir a una obra para considerarla grandiosa?

El creador de El pequeño Nicolás es uno de los grandes comediantes del siglo XX: René Goscinny, el mismo genio detrás de Astérix y Obelix. De todos sus trabajos para niños, Nicolás siempre fue su consentido porque le permitía ver a la gente de una manera más real y más bondadosa .

De mi viaje a Guadalajara regresé enferma, con menos amigos y con cierta decepción. Pero también riéndome con el pequeño Nicolás y reencontrándome con mi infancia. Gracias, FIL, por los favores recibidos.

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