Por el título en español, Pantano de sangre, y por la portada, unos árboles entre un lodo rojizo y un atardecer en el mismo tono, quien esto suscribe jamás hubiera comprado este libro. De hecho no lo hizo, lo mandaron a la redacción de este diario.

Pero los comentarios de la contraportada (donde se asegura que se trata del mejor libro en años de la famosa pareja de autores de novelas de detectives Preston and Child) y las primeras dos páginas fueron suficientes para iniciar una de esas lecturas donde cualquier interrupción parece, más bien, un agravio. Y ha de ser el mejor porque Pantano de sangre, que en realidad tiene el mucho más delicado nombre de Fever Dream (¿qué de verdad Sueño febril no es un buen nombre?), no es un caso más para el detective Aloysius Pendergast, sino que esta vez es personal .

Pendergast es un tipo frío y lógico (para enfatizar este carácter, los autores lo pintan, más que de colores, de tonos de blanco), pero no siempre ha sido así, de hecho, estuvo enamorado y casado.

Pero un día, casi por casualidad, encuentra una pista que le permite saber con toda seguridad que su amada esposa Helen, la cazadora, la médica altruista, fue asesinada 12 años atrás (esto hace que en todos los libros anteriores Pendergast sea un viudo).

Decir que el rastro está frío, después de 12 años, es quedarse corto, aunque el inicio de la novela y del caso suceda bajo el abrasador sol africano… ¿En un pantano? Desde luego que no, en un pastizal a mitad de la sabana.

El pantano aparece al final y ciertamente no es protagónico ni se llena de sangre. De hecho, la sangre, como posible atractivo para morbosos (al menos así parecen considerarla los editores en México), aparece poco en esta novela.

Lo que sí aparece, y muy bien desarrollado, son un par de ganchos para amantes de la naturaleza y la ciencia ficción.

El primero porque la muerte de Helen, a pesar de lo que parece en el principio, tiene más que ver con las magníficas ilustraciones de aves que hizo John James Audubon (consideradas aún los mejores ejemplos de los nexos entre ciencias y artes) que con los leones de la sabana, y el segundo porque el propio Audubon parece ser el indicio para un descubrimiento que revolucionaría, más que las neurociencias, a la mente humana en general.

Así, mientras nos enteramos de la vida del gran ilustrador y de algunos detalles de las neurociencias, el misterio de la muerte de Helen se nos antoja cada vez más oculto y fascinante.

Tal vez los propios Preston y Child se dieron cuenta de que habían logrado el mejor caso de Pendergast, ya que al final avisan que (sin olvidarse del viudo) están trabajando en un nuevo detective.

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