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Se casa Arcadio, soltero que creíamos eterno
La felicidad de mis amigos es mi felicidad.
Hace dos semanas, palabras más, palabras menos, escribí en mi muro de Facebook: hoy no es día de mi cumpleaños, pero sí lo es de mi amigo Arcadio. Yo no sé ustedes, pero yo lo voy a celebrar porque sé que mi felicidad es su felicidad, ¿verdad, Arca?, y viceversa. Aunque tampoco estaría mal festejar juntos.
Arcadio, por supuesto, ni leyó el mensaje y, cuando por la tarde nos echamos una llamada telefónica, tanto él como yo ya teníamos un plan mejor que agarrar la fiesta juntos: cada uno estaba con una señora más simpática y guapa que nosotros.
A la mañana siguiente, sin embargo, nos vimos como todos los sábados en el Ajusco para jugar futbol: él de defensa central; yo, en la dirección técnica. Y luego de que un equipo de imberbes nos goleara, en el tercer tiempo el de las quesadillas y los mezcales , Arcadio y Liora, su novia desde hace un año, su prometida desde hace tres meses, la señora con la que disfrutó su cumpleaños y futura esposa a partir del sábado próximo, nos hablaron de los preparativos de su boda.
Observé entonces a Arcadio con sus 43 años recién cumplidos, con su aún soltería que muchos creíamos eterna, la calva prematura, los ojos vivaces, la piel blanca, flaco correoso, nariz libanesa, sonrisa burlona, y me dije: Liora se está llevando a un partidazo.
Y lo pensé sin ironía y lo sigo pensando porque, además de que la felicidad de mis amigos es mi felicidad y, en estos momentos no tengo a un amigo más feliz que Arcadio, quién llega a sus 40 y tantos viviendo sin problemas en casa y con sus padres, que de su carrera de ingeniero químico sólo le queda el gusto por destilar licores y que siempre o por lo menos desde que yo lo conozco está a una llamada de distancia, ya sea para resolver un problema, ya sea para la fiesta.
Les cuento: hará poco más de una década, un amigo de nuestro círculo sufrió una tragedia y, aunque todos le queríamos echar la mano, no encontrábamos la forma. Decidimos entonces hacer una vaca y que Arcadio le resolviera los problemas más mundanos: cambiar las llantas del coche, hacer el súper, comprar pañales a media noche o lo que se ofreciera en una realidad que, de ser normal, tales acciones podrían ser una tontería, pero que cuando alguien está superado por las circunstancias, esas nimiedades son una tabla de salvación.
Pero, ¿por qué escogimos a Arcadio de ángel guardián? Primero, porque lo sabemos noble, bravo, encastado y fuerte como toro de lidia; segundo, porque después de estudiar su licenciatura universitaria tomó varios cursos en finanzas, tanto así que lo nombramos el tesorero de nuestra escuadra de futbol con la certeza de que, como sucedió en varias temporadas, de faltar dinero para cubrir la inscripción del equipo, las canchas, los árbitros, etcétera, él lo pondría de su bolsa y, tercero, porque aunque sufre de narcolepsia, de nuestro círculo es el más animoso, solidario, emprendedor y no ha perdido la curiosidad que cree que este mundo puede cambiar para bien.
A todo esto quise escribir de Arcadio no sólo para decirle a Liora y a Tania, hija de Liora y ahora también de Arca y de sus amigos y amigas, que van a vivir con un hombre íntegro, por quien yo pongo la mano en el fuego aunque me queme. No, mi intención era más perversa: la realidad es que les quería contar unas anécdotas divertidas en las que aparece por lo menos uno de los siete pecados capitales, historias en las que Arcadio ha sido protagonista, comparsa, extra e, incluso, público. Pero al escribirlas me di cuenta que nada de eso pudo ser verdad, que la memoria me estaba jugando trampas, por lo que decidí mejor utilizarlas en una obra de ficción, una novela o varios cuentos, sí, un poco lujuriosos, sí, sólo un poco.
Felicidades.