Algunas imágenes son capaces de desplegar un cúmulo de lecturas. Están ahí, en el umbral de lo visible, en lo que se aparece en medio de las sombras o en la luminosidad radiante, son ellas las que sorprenden al ojo alerta. Rogelio Cuéllar, fotógrafo de lo múltiple, descubre aquello que transita por sus inquietudes, fantasías e imaginaciones.

El acto mismo de encuadrar busca, desde un principio, un sentido, una dirección que filtre el espeso líquido de lo vital, de lo que se regodea en la existencia y que forma parte de ella sin más.

Cuéllar, si cabe decirlo, es un fotógrafo de la vida. En sus imágenes queda expulsado el dilema de Walter Benjamin en torno de la falta de aura, de esa condición que vibra como una suerte de alma en las obras de arte.

El filósofo alemán dudaba que aquello que se reprodujera a través de medios mecánicos pudiera conservar esa condición bienhechora. En el caso de Rogelio, está la certeza de que su arte está instalado en el corazón de lo vital. Un aura que late y se manifiesta en sus fotografías.

¿Qué hace un fotógrafo cuando realiza una sesión con alguien que es un invitado próximo al festín de la Parca? Por ejemplo, el pintor Arnold Belkin posa para un retrato de Rogelio Cuéllar cuando su muerte es pronta inminencia debido a un cáncer terminal. En la mirada del pintor canadiense-mexicano hay resignación, una entrega al futuro que se acorta cada día.

La utopía del fotógrafo consiste en prolongar una imagen más allá de lo que depare una realidad áspera. Rogelio concreta la imagen que muestra la mano firme de Belkin que se apoya en el respaldo de una silla, mientras que una parte del rostro está cubierto por la sombra.

El artista parece aferrarse a la vida, tiene el gesto severo de la tristeza porque avista el final de las cosas. La ventaja de la fotografía es que habla en tiempo presente y se anida en este destello temporal. Los múltiples personajes de la cultura nacional e internacional que han posado para Rogelio Cuéllar son insistencias vitales, hombres que están en el mundo y que libran la batalla de la trascendencia, de la obra que les prolongue más allá de las rutinas de la desaparición física.

El artista del retrato sabe que su acto fotográfico le roba un instante, apenas un destello a lo funesto, aunque la paradoja es que cada retrato, según Alfonso Reyes: Nos acerca a la muerte .

Otra de las vías que permite la imagen fotográfica es la memoria vital, la que reconoce al otro por su talento, por sus aportes a la cultura nacional e internacional. Para ello está el discurso de la vida, de la irremediable fuerza que otorga la expresión literaria, fotográfica, cinematográfica o del orden que sea.

Rogelio Cuéllar se ha convertido en el autor de una muy amplia galería de artistas nacionales e internacionales. Tal vez la mayor colección de figuras emblemáticas de la pintura, la escultura, las letras, etcétera. Por ello, el escritor David Martín del Campo ha propuesto, en un acto de justicia, que se haga dentro de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara una iconoteca con las imágenes de Cuéllar, sobre todo, ahora que ha obtenido el Premio de Periodismo Fernando Benítez en este 2012.

La otra forma que llena la actividad fotográfica de Cuéllar es el desnudo y la imagen erótica. El cuerpo trata de mantenerse en sus clausuras, por ello el fotógrafo debe encontrar las maneras en que la piel recobre sus acechanzas y permita mirarla, acto contemplativo que es hecho dinámico, búsqueda de esa otra parte, la que tiene los poderes de la cara oculta de la luna: el misterio de lo invisible que de pronto rasga una parte de sus muchos secretos sin terminar de revelarlos.

Rogelio es un enamorado de los cuerpos, para él, cada uno de ellos es la incógnita que debe describirse para luego descubrirse en esa cubierta de piel y vellos, a veces surcada por un lunar, las huellas de un traje de baño luego de una tarde al sol en la playa, los inclasificables accidentes, los pliegues, las rugosidades, todo ese manto que en sí mismo elabora sus anotaciones existenciales.

El cuerpo es una forma que se desliza ante los ojos del convocado a verlo. Es un testigo que reta al otro con su singularidad, con sus pechos grandes o pequeños, con su vello hirsuto o delicado, con sus ombligos que sobresalen o que casi se pierden en el vientre, en tanto que los sexos a veces parecen huellas tímidas, oquedades que atisban sin apenas vernos, o son expansiones que tienen la socarronería de la razón cínica, del gesto del desafío.

Todo clama al deseo que se cuela por esas imágenes masculinas y femeninas que aspiran los vahos de la belleza. Cuéllar domina la escena. Desnuda los cuerpos al mismo tiempo que les otorga un espacio, un sito de altas significaciones. Entonces la piel habla por sí misma con el lirismo de la luz que lo ilumina, con los bordes que encuadra el fotógrafo para conseguir, como un resultado extraordinario, la presencia del misterio, de lo que sella y de lo que encuentra ese infinito.

Lo más fácil sería caer en la tentación de la obviedad. El camino contrario es asumir el riesgo de la apertura del cuerpo hasta encontrar las sabidurías de sus misterios. Ése es el aljibe creativo de Rogelio Cuéllar, ésa es su posibilidad de diálogo con un espectador desconocido o el que encuentra en la charla con sus amigos y cercanos. El dominio de la imagen en Cuéllar es una realidad apabullante.